Me despedí de Esmirna, al final de la primera semana, con nostalgia. En una próxima ocasión conoceré más. Fue allí donde entablé amistad por primera vez con turcos y disfruté de su hospitalidad. Frente al mar que lleva su nombre recordé la leyenda griega del rey Egeo, quien se suicidó lanzándose a las azules aguas. En la pequeña población-balneario de Urla, a poca distancia de la impetuosa ciudad, disfruté del apacible oleaje. En el Hotel Kordon Cankaya, donde estuve hospedado, y en algunos restaurantes citadinos, me enamoré de la gastronomía local, tan exquisita como sana.
Quedé muy impactado por la vida comercial de la urbe: calles y calles repletas de tiendas y restaurantes, con ofertas de todo tipo, algo que se repite en cada ciudad y pueblo. El turco, sin dudas, es comerciante por naturaleza. Y qué decir del Kemeralti Bazar o el Gran Bazar de Izmir, el más grande sin techo del país y posiblemente del mundo, cuya fundación data de la época otomana. No tan famoso como el Gran Bazar de Estambul, que visité en las postrimerías de mi viaje, pero igual de interesante: un laberinto de calles donde es posible encontrar de todo a precios asequibles, pero donde igualmente hay que estar bien enfocado para no dejarse convencer por los proactivos comerciantes que saben hacer muy bien su trabajo.
Me llamó la atención la gran cantidad de tiendas especializadas en ropa para bodas, diseminadas a lo largo y ancho de la ciudad. En particular las novias tienen una vastedad de opciones y estilos a su disposición, desde los vestidos más conservadores al modo islámico, hasta los más apegados a los mandatos de la moda occidental. Los novios también pueden escoger de una amplia variedad de ofertas de elegantísimos trajes y zapatos. Tal parece que las bodas en Esmirna son muy frecuentes. Las tiendas de lámparas, sobresaliendo las de techo, igualmente están por donde quiera.
Dentro de las ciudades (no solo Esmirna) el tráfico se antoja para expertos: cientos de vehículos y motocicletas circulan por calles más bien estrechas o no tan amplias, sorteando exitosamente posibles accidentes. Los tranvías pasan con frecuencia y puntualidad. Las aceras permanecen atestadas de cientos de personas que se mueven en todas las direcciones, como si fuera un impetuoso río humano que pretendiera romper sus diques. Esmirna también posee servicio de metro y un ferry que atraviesa la bahía.
Pero si en el interior de las urbanizaciones el tránsito parece caótico, las autopistas compiten con las mejores del planeta. La infraestructura vial nada tiene que envidiarle a la de los países occidentales; incluso, me atrevo a asegurar que es mejor que la de los Estados Unidos. Miles de millas de carreteras semi vacías, en perfectas condiciones constructivas, que atraviesan valles y montañas, enlazan ciudades y pueblos, y permiten disfrutar de un hermoso paisaje donde predominan los olivares y viñedos. La preocupación del gobierno por mostrar una imagen de primer mundo, es evidente.
(Continuará)
EL PEQUEÑO PAÍS DE LA COSTA OCCIDENTAL AFRICANA, FUE MI DESTINO ESTE VERANO, Y ME ENCONTRÉ CON UNA NACIÓN VIBRANTE Y LLENA DE CONTRASTES. Visitar África no era mi prioridad, otros destinos suelen serme más tentadores y estar más relacionados con mis intereses de conocimiento. Pero sin proponérmelo, el 2025 ha devenido el año de la familia. Primero visité a los míos en Cuba, en abril. Un viaje amargo por las infaustas condiciones que se viven allá. Ni la alegría de compartir con mi anciana madre y demás miembros del clan que permanecen en la Isla, logró espantar la depresión feroz que me atacó y me hizo sentir interminables las dos semanas entre ellos. La oscuridad cubana es más espiritual que física. Ese es el gran éxito de la dictadura: hundir al país en una noche profunda e indescriptiblemente agobiante. Y parte de ello es la consciente división de las familias: nos echaron fuera. Los cubanos andamos dispersos por todos lados. Y a Gambia, el primer país africano que visito, me l...
Hermosa 💖ciudad
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