Turquía (5): ESTAMBUL
El final de mi viaje me llevó a Estambul, donde solo estuve un día y medio. No encuentro adjetivos precisos para describir esta ciudad por la que derramé lágrimas cuando conocí su larga y complicada historia, mucho antes de esta rápida visita. Como comentó un amigo en una de las fotos que compartí en Facebook: es un lugar al que hay que volver una y otra vez. Algo que sin duda haré. No obstante la fugacidad de mi estancia, pude recorrer algunos de los sitios emblemáticos de la urbe: el Bósforo, el Gran Bazar, Santa Sofía o Hagia Sophia, y la Mezquita del Sultán Ahmed o Mezquita Azul.
Por 25 liras turcas -unos tres dólares-, abordé una embarcación que me llevó en un recorrido de 45 minutos por uno de los accidentes geográficos más interesantes y hermosos de la tierra. El Bósforo es un canal natural que separa a Asia de Europa, y al mismo tiempo conecta al Mar Negro con el Mar de Mármara. A ambas orillas la impetuosa Estambul está escribiendo su trayectoria desde el siglo VII a.C. Dos gigantescos puentes enlazan una y otra parte de la ciudad: el Puente Bósforo, inaugurado en 1973, con 1,074 metros de longitud; y el Fatih Sultan Mehmet o Segundo Puente del Bósforo, abierto desde 1988, con 1,090 metros. Le recomiendo a cualquiera que visite la otrora Constantinopla, que realice ese tour marítimo, pues le permitirá una visión panorámica de la indescriptible urbe.
Y si bien las calles son un hervidero de personas, restaurantes, hoteles y tiendas donde se vende todo tipo de cosas, el paradigma de ello es el Gran Bazar, sitio que resume en sí el alma mercantil turca. ¿Qué no podrá encontrarse en esa ciudadela que forma parte del devenir de Estambul desde antes de que Cristóbal Colón llegara en su primer viaje a América? Cientos de tiendas, pegadas unas a otras, atestadas de diversidad de productos: comestibles, joyas, piedras preciosas, telas, ropas, antigüedades, souvenirs, y un larguísimo etcétera. Generaciones de comerciantes han pasado y están allí, tratando de captar la atención de los clientes potenciales, en una reñida competencia.
Algunos datos de interés sobre el Gran Bazar: se trata del centro comercial de su tipo, bajo techo, más grande y famoso del mundo; existe desde aproximadamente 1455; posee unas 61 calles, con más de 4000 tiendas; antes de la pandemia recibía diariamente hasta 400 mil personas; la afluencia de turistas de todo el mundo ha llegado a ser de más de 91 millones en un año, por lo que ha sido considerado la atracción turística más visitada del planeta.
A la antigua Iglesia de Santa Sofía o Gran Mezquita de Santa Sofía o, simplemente, Hagia Sofía, pude entrar confundido entre los fieles que concurrían al llamado de oración, una media hora en que el acceso al turista común es suspendido. Construida entre 532-537 d.C., antes simbolizaba la fe del esplendoroso Imperio Romano del Oriente o Imperio Bizantino, cuya capital era Estambul (entonces llamada Constantinopla); pero desde la conquista de la ciudad por los otomanos y su transformación en mezquita en 1453, devino símbolo de la derrota del cristianismo por el islamismo.
Con la fundación del estado moderno de Turquía, en 1934, Hagia Sofía fue convertida en museo y funcionó como tal hasta 2020, cuando el actual presidente, Recep Tayyip Erdoğan, tal vez buscando el favor del sector musulmán más conservador, decidió retomarla como lugar de culto. A diferencia de la Mezquita Central de Adana, aquí pude hacer multitud de fotografías del interior. Mientras los fieles realizaban sus rezos y rituales, en la parte delantera de la amplia nave y en un salón lateral reservado para las mujeres; en la parte de atrás, separada por un vallado, pude moverme descalzo y en completa libertad.
Bajo la inmensa cúpula y las bóvedas, silenciosas testigos del paso del tiempo, las generaciones y los millones de creyentes que han traspuesto esos umbrales, anhelé una época de brillo, cuando los frescos y mosaicos de techos y paredes no habían sido cubiertos con insignias islámicas, y la única luz era la de las velas, o la natural que aún penetra por los ventanales y vitrales. La pátina de los siglos ha amarilleado ese interior de multitud de columnas y mármoles, dándole un aspecto lúgubre.
La Mezquita del Sultán Ahmed o Mezquita Azul, está separada de Hagia Sofía por una amplia y hermosa explanada que en la época bizantina fue el Hipódromo de los reyes. Para entrar a esta importante construcción de principios del siglo XVII, emblema del arte y la arquitectura musulmanas, hube de esperar que terminara la oración. Lamentablemente el sitio está sometido a obras de restauración, y apenas pude visitar una sala donde por estos días se reúnen para el devocional. Es una tarea pendiente regresar cuando concluyan los trabajos constructivos. El nombre de Mezquita Azul se debe a que ese es el color predominante en los azulejos y frescos que la decoran.
Como ya he dicho, Estambul es una ciudad que amerita ser visitada con tiempo y paciencia, múltiples veces. Caminar por sus calles es sumergirse en un mundo donde la historia y la contemporaneidad se besan. El bullicio, la agitación, el movimiento constante de las multitudes, los vendedores, los restaurantes, las tiendas… son el alma de una urbe disputada desde la antigüedad por quienes pretenden ser los dueños de la puerta de Europa. Lo mismo puedo expresar de todo el país, del cual debo visitar las tierras profundas del este, donde -dicen- la vida es más apacible y conservadora.
(Continuará)
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