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OROS VIEJOS

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Releer 40 años después uno de los libros de cabecera de mi infancia, me ha despertado el fervor por la lectura Ya no leo con la voracidad de antes: he perdido el hábito de lectura. Podría enarbolar una lista de justificaciones en las cuales a veces me escudo para no sentirme demasiado culpable. No vale hacerlo. Amigos en similares circunstancias no han dejado de devorar libro tras libro. Han peleado una batalla que yo he perdido. Me alegro por ellos, me entristezco por mí. La falta de lectura la he notado en mi lenguaje estancado, palabras y significados olvidados o difíciles de recordar. El amor por los libros lo heredé de mi padre, apodado Manolo Tasé, gran lector y escritor nunca publicado. Crecí viéndolo con un libro en las manos, sentado en un taburete recostado a la pared al estilo de los campesinos cubanos. O a la mesa del comedor llenando cuartillas y más cuartillas con su letra puntiaguda. Fue un sagaz intelectual que primero trabajó en las minas de manganeso de Charco Red...

Lector de tabaquería

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Fui de los niños que antes de aprender a leer daba cañonas para que le leyeran cuentos infantiles, y luego de aprenderlos los repetía como si estuviese leyéndolos, incluso con el libro al revés. Eso no lo recuerdo, repito lo que me contaron una y otra vez a lo largo de la vida. La afición sin dudas la tomé de mi padre, gran autodidacto, a quien debo haber visto leer y escribir desde que abrí los ojos por primera vez, y de quien siempre admiré su cultura, memoria y capacidad para filosofar y hablar de hechos de la historia antigua y universal con la precisión del investigador. De modo que crecí entre libros, periódicos y revistas. En mi casa no había tantos, apenas un pequeño estante de madera, pintado de negro, que todavía existe. Pero era lo que me atraía. Recuerdo a Antolín y Graciela, unos ancianos vecinos de la casa donde viví hasta los 11 años, quienes eran lectores empedernidos y tenían muchos volúmenes. Mi sueño era acceder a su biblioteca y heredarla. Al final no supe el destin...