miércoles, 21 de enero de 2009

Señales de humo

En su mensaje de esta noche, el pastor de la iglesia a la que pertenezco usó una anécdota que me gustó mucho. No quise preguntarle de dónde la extrajo, ni si está basada en hechos reales o es una invención. Lo importante es la forma en que ilustra la originalidad divina para favorecernos, aun cuando a nosotros nos parezca que de mal pasamos a peor.
Se trata de un hombre solitario en una isla después de un naufragio, al estilo del famoso Robinson Crusoe, con su choza como posesión más importante y que un día supuestamente aciago se le incendia. Deprimido y sin recursos, renegando del Señor por haber permitido aquello, termina vencido por el sueño en la playa. Al despertar visualiza con perplejidad un barco anclado a la entrada de la bahía y un bote que se acerca al sitio donde se encontraba.
Ya a buen recaudo en el navío, interpela al capitán sobre la manera en que pudo dar con él. La respuesta del marinero no se hizo esperar: “Cuando vi sus señales de humo, supe que necesitaba ayuda…”

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