viernes, 11 de diciembre de 2009

Vilches, como la Loynaz, como Quijote



Como Dulce María Loynaz, la más universal de las escritoras cubanas, mi amigo Rafael Vilches Proenza estuvo de cumpleaños este 10 de diciembre. Cuando la autora de Jardín hubiese cumplido 107, el Vilcho llegó a los 44.
Mientras el recuerdo de ella sobrevoló el planeta (por miles se cuentan los admiradores de su obra, que no pudo ser opacada a pesar del ostracismo que sufrió a lo largo de gran parte de su vida, y de la censura que la hizo ajena por mucho tiempo para las actuales generaciones), él tal vez se limitó a aceptar el íntimo agasajo de su esposa e hijos, sin bombos ni platillos.
Y es que, en jerga popular, ‘el horno no está para galleticas’ para alguien que ha tenido la disloca iniciativa de pensar en Cuba. Las recientes noticias acerca del escritor que nació en un recóndito sitio llamado Las Mil Nueve, no han sido halagüeñas.
Sus últimas fotos me impactaron por la delgadez que luce ahora, anormal para alguien cuya complexión física nada tiene que ver con lo quijotesco. Aunque con el famoso personaje de Cervantes sí tiene en común el afán por querer desenmarañar entuertos sin tener éxito casi nunca.
Quizá esa propensión suya a romper lanzas por los amigos y las causas que devienen molinos de viento, sea la que lo tiene ahora sin empleo. Desconozco los detalles de su expulsión de la UNEAC (Unión de Escritores y Artistas de Cuba) de Holguín, ciudad donde reside. Solo imagino que el suceso se haya convertido en otra ‘mancha’ en su expediente, que es decir nuevos folios engrosando el archivo que con su nombre crece en algún estante del Ministerio del Interior, ese sitio donde nuestras biografías suelen ser muy activas y pormenorizadas.
Mi amistad con Vilches ronda los 16 años, los mismos que tengo de haberme iniciado en las lides profesionales. Lo conocí apenas llegué a Bayamo, por intermedio de la poeta Zoelia Frómeta, a quien también acababa de conocer. A ella debo agradecer el buen tino de presentármelo, entonces escritor en ciernes, todavía con el fango de Vado del Yeso en la suela de los zapatos.
Desde entonces lo vi crecer como literato. En aquella época era de los primeros en leer sus textos, y su novela Ángeles desamparados pasó por mi escrutinio varias veces antes de ir a la editorial. Con sinceridad me enorgullezco de los poemas que me ha dedicado en sus libros.
Esa es la parte intelectual de una amistad profunda que perdura a pesar de la incomunicación de los tres últimos años. Nunca olvido aquel tiempo en que nos veíamos por lo menos una vez a la semana, cuando él iba a Bayamo, y a pesar de eso manteníamos una fluida correspondencia postal.
Son muchas las anécdotas que saltan de mi memoria en este momento, como la única ocasión que lo visité en la casa que habitaba en Vado del Yeso, un derruido caserón de madera cercano a la carretera central. Fue muy impactante verlo viviendo bajo un techo agujereado, que en tiempos de lluvia convertía el interior del hogar en un charco, donde los numerosos libros se salvaban tapados por plásticos. Allí vivía junto a Betsy, su primera esposa, y Verlaine, su primogénito.
Luego lo visité varias veces en la casa de los suegros, en Holguín, donde permanece hacinado en una habitación con su actual esposa Yohenia, sus dos niños menores: Bryan y Andy, y de nuevo los numerosos libros.
La verdadera biografía de Vilches no es la que creen atesorar los oscuros personajillos de la inteligencia cubana. Su auténtica historia es pública, aparece en sus libros, y está llena de dolores, desazones, frustraciones, amores, amigos, lecturas, desgarrones, locuras…
De su volumen ‘Dura silueta la luna’, publicado en 2002 por Ediciones Bayamo, y editado por otro gran amigo común: Michael H. Miranda, es el siguiente poema, dedicado a mí:

Los amigos mueren
pueden dibujar el ataúd
las lágrimas
la casa vacía
presagian el dolor y las flores
no se despiden
no hacen las maletas
nos dejan un golpe de playa y parten
no vuelven los ojos
saben de su permanencia
no estarán presentes en su despedida de duelo
son palabras previstas desde siempre
en el cuerpo abierto sobre la calle
dejan escapar todas las estrellas
sin un sólo grito
ni una palabra de arrepentimiento
Los amigos dejan todos los árboles desnudos
y un sabor en la palabra a la hora del café
con un silencio a voces que espanta
que nos pone a rotar en la cruz.

lunes, 7 de diciembre de 2009

Cada palabra sabe algo sobre el círculo vicioso

Por Herta Müller

Discurso de la escritora rumano-alemana previo al recibimiento del Premio Nobel de Literatura 2009, Estocolmo, 7 de diciembre.


¿TIENES UN PAÑUELO? me preguntaba mi madre cada mañana en la puerta de casa, antes de que yo saliera a la calle. Yo no tenía el pañuelo, y como no lo tenía, regresaba a la habitación y sacaba un pañuelo. No tenía el pañuelo cada mañana, porque cada mañana aguardaba la pregunta. El pañuelo era la prueba de que mi madre me protegía por la mañana. A otras horas del día, más tarde o en otras circunstancias, quedaba a merced de mí misma. La pregunta ¿TIENES UN PAÑUELO? era una ternura indirecta. Una directa hubiera sido penosa, algo que no existía entre los campesinos. El amor se disfrazaba de pregunta. Sólo así podía decirse a secas, en tono de orden, como las maniobras del trabajo. El hecho de que la voz fuera áspera realzaba incluso la ternura. Cada mañana estaba yo una vez sin pañuelo en la puerta, y una segunda vez con pañuelo. Sólo después salía a la calle, como si con el pañuelo también estuviera mi madre.
Y veinte años más tarde estaba hacía tiempo sola en la ciudad, como traductora en una fábrica de maquinarias. A las cinco de la mañana me levantaba, y a las seis y media empezaba el trabajo. Por la mañana resonaba el himno sobre el patio de la fábrica a través del altavoz, durante la pausa del mediodía se escuchaban los coros de los obreros. Pero los obreros, que estaban comiendo, tenían ojos vacíos como hojalata, manos embadurnadas de aceite, y su comida estaba envuelta en papel de periódico. Antes de comerse un trocito de tocino, le quitaban la tinta del periódico rascándola con el cuchillo. Dos años transcurrieron al trote de la cotidianeidad, cada día igual al otro.
Al tercer año se acabó la igualdad de los días. En el transcurso de una semana entró tres veces en mi oficina, a primera hora de la mañana, un hombre gigantesco, de huesos sólidos, con ojos azules centelleantes, un coloso del Servicio Secreto.
La primera vez me insultó de pie y se marchó.
La segunda vez se quitó el impermeable, lo colgó en una percha del armario y se sentó. Aquella mañana yo había traído de casa unos tulipanes y los estaba acomodando en el florero. El tipo me observaba y alabó mi inusual conocimiento del ser humano. Su voz era resbaladiza. Sentí un gran desasosiego. Impugné su elogio y le aseguré que sabía algo de tulipanes, pero nada del ser humano. Entonces me dijo en tono malicioso que él me conocía mejor que yo a los tulipanes. Luego se colgó del brazo el impermeable y se marchó.
La tercera vez se sentó y yo permanecí de pie, porque había dejado su cartera sobre mi silla. No me atreví a ponerla en el suelo. Me insultó tratándome de necia redomada, holgazana, putilla, tan corrompida como una perra vagabunda. Empujó los tulipanes hasta casi el borde de la mesa, en cuyo centro puso una hoja de papel vacía y un lápiz. Rugió: escribe. De pie, empecé a escribir lo que me iba dictando. Mi nombre con fecha de nacimiento y dirección. Y después que yo, independientemente de la proximidad o del parentesco, no le diría a nadie que..., y entonces llegó la horrible palabra: colaborez, iba a colaborar. Esta palabra ya no la escribí. Puse el lápiz a un lado y me dirigí a la ventana, por la que miré hacia la polvorienta calle. No estaba asfaltada, baches y casas gibosas. Y esa calleja ruinosa se llamaba, encima, Strada Gloriei: calle de la gloria. En la calle de la gloria había un gato trepado en la morera desnuda. Era el gato de la fábrica y tenía una oreja desgarrada. Encima de él brillaba el sol matinal como un tambor amarillo. Dije: N-am caracterul. No tengo este carácter. Se lo dije a la calle, fuera. La palabra CARÁCTER puso histérico al hombre del Servicio Secreto. Rompió la hoja y tiró los trozos al suelo. Pero probablemente se le ocurrió que tendría que presentarle a su jefe la prueba de que había intentado incorporarme a su red de espionaje, porque se agachó, recogió todos los trozos en una mano y los metió en su cartera. Luego lanzó un profundo suspiro y, en medio de su derrota, arrojó hacia la pared el florero con los tulipanes, que se estrelló y crujió como si hubiera dientes en el aire. Con la cartera bajo el brazo dijo en voz queda: esto lo pagarás muy caro. Te ahogaremos en el río. Como hablando conmigo misma dije: Si firmo eso ya no podré vivir conmigo y tendría que hacerlo yo. Mejor háganlo ustedes. Y al instante la puerta de la oficina ya estaba abierta y él se había marchado. Y fuera, en la Strada Gloriei, el gato de la fábrica había saltado del árbol al tejado de la casa. Una de las ramas se mecía como un trampolín.
Al día siguiente comenzó el tira y afloja. Yo debía desaparecer de la fábrica. Cada mañana a las seis y media tendría que presentarme ante el director, con el que cada mañana estaban el jefe del sindicato y el secretario el Partido. Y así como en otros tiempos me preguntaba mi madre: ¿tienes un pañuelo? ahora me preguntaba cada mañana el director: ¿Has encontrado otro trabajo? Y yo le respondía cada vez lo mismo: No estoy buscando ninguno. Estoy a gusto aquí en la fábrica, quisiera quedarme hasta la jubilación.
Una mañana llegué al trabajo y mis voluminosos diccionarios estaban en el suelo del pasillo, junto a la puerta de mi oficina. La abrí, y había un ingeniero sentado a mi escritorio. Me dijo: aquí se llama a la puerta antes de entrar. Ahora estoy aquí yo, y tú ya no tienes nada que hacer en este despacho. A casa no podía irme, porque habrían tenido un pretexto para despedirme por faltar sin permiso. Ahora no tenía oficina, y con mayor razón tenía que ir cada día normalmente al trabajo, por ningún motivo debía ausentarme.
Una amiga, a la que cada día se lo contaba todo en el camino de vuelta a casa por la Strada Gloriei, me dejó compartir al principio una esquina de su escritorio. Pero una mañana se plantó ante la puerta de la oficina y me dijo: No me autorizan a dejarte entrar. Todos dicen que eres una soplona. Las trabas y vejaciones se enviaban hacia abajo, los rumores empezaron a propagarse entre los colegas. Eso era lo peor. Contra los ataques uno puede defenderse, contra la calumnia es impotente. Yo contaba cada día con todo, incluso con la muerte. Pero con esa perfidia no sabía qué hacer. Ningún cálculo la volvía soportable. La calumnia nos atiborra de mugre, y nos asfixiamos porque no podemos defendernos. En opinión de mis colegas yo era exactamente aquello a lo que me había negado. Si los hubiera espiado y delatado, habrían confiado en mí sin sospechar nada. En el fondo, me castigaban porque yo los protegía.
Como ahora con mayor razón no podía ausentarme, pero no tenía despacho y a mi amiga no le permitían dejarme entrar en el suyo, me instalé, indecisa, en la caja de la escalera, una escalera que recorrí varias veces de arriba abajo – de pronto volví a ser la hija de mi madre, porque TENÍA UN PAÑUELO. Lo extendí en un escalón entre el primer y el segundo piso, lo alisé para que estuviera como es debido y me senté encima. Me puse en las rodillas mis gruesos diccionarios y empecé a traducir descripciones de máquinas hidráulicas. Yo era un chiste malo sobre la escalera, y mi despacho, un pañuelo. En las pausas del mediodía, mi amiga se sentaba en la escalera junto a mí. Comíamos juntas como antes en su oficina y, más antes aún, en la mía. Por el altavoz del patio, como siempre, los coros de los obreros entonaban cantos sobre la felicidad del pueblo. Mi amiga comía y lloraba por mí. Yo no. Debía mantenerme firme y dura. Largo tiempo. Unas cuantas semanas eternas, hasta que me despidieron.
En la época en que yo era un chiste malo sobre la escalera, consulté el diccionario para averiguar la importancia de la palabra ESCALERA. El primer escalón de la escalera se llama PELDAÑO DE ARRANQUE, el último escalón, PELDAÑO DEL DESCANSILLO. Los escalones horizontales que uno pisa encajan lateralmente en las MEJILLAS DE LA ESCALERA, y los espacios libres entre los distintos peldaños se llaman incluso OJOS DE LA ESCALERA. Por las piezas de las máquinas hidráulicas, embadurnadas de aceite, ya conocía las bellas palabras COLA DE GOLONDRINA y CUELLO DE CISNE, para ajustar un tornillo se utilizaba una MADRE DE TORNILLO, e igualmente me dejaron asombrada los poéticos nombres de las partes de una escalera, la belleza del lenguaje técnico: MEJILLAS DE LA ESCALERA, OJOS DE LA ESCALERA – es decir, la escalera tenía un rostro, ya fuese de madera, piedra, cemento o hierro – y los hombres reproducen su propia cara en las cosas más voluminosas del mundo, dan al material muerto los nombres de su propia carne, lo personifican en partes del cuerpo. Y el arduo trabajo sólo les resulta soportable a los especialistas gracias a esa ternura oculta. Cada trabajo, en cada profesión, se rige por el mismo principio de la pregunta de mi madre sobre el pañuelo.
Cuando yo era niña, en casa había un cajón destinado a los pañuelos. En él se alineaban tres pilas en dos hileras, una detrás de la otra:
A la izquierda, los pañuelos de hombre, para el padre y el abuelo.
A la derecha, los pañuelos de mujer, para la madre y la abuela.
En el centro, los pañuelos de niño, para mí.
Aquel cajón era nuestro retrato de familia en formato de pañuelo. Los pañuelos de hombre eran los más grandes, tenían un borde oscuro de color marrón, gris o burdeos. Los pañuelos de mujer eran más pequeños, con borde azul celeste, rojo o verde. Los pañuelos de niño eran los más pequeños, sin borde, pero en el cuadrado blanco había flores o animales pintados. Entre los tres tipos de pañuelos había los que se usaban los días laborables, en la hilera anterior, y los que se usaban los domingos, en la hilera posterior. Los domingos, el pañuelo debía hacer juego con el color de la ropa, aunque no se viera.
Ningún otro objeto en la casa, ni siquiera nosotros mismos, nos resultaba tan importante como el pañuelo. Podía utilizarse para una infinidad de cosas: resfriados, cuando la nariz sangraba o había alguna herida en la mano, el codo o la rodilla, cuando uno lloraba o lo mordía para reprimir el llanto. Un pañuelo frío y húmedo en la frente aliviaba el dolor de cabeza. Con cuatro nudos en las esquinas servía para protegerse del sol o de la lluvia. Cuando uno quería acordarse de algo, hacía un nudo en el pañuelo como artificio mnemotécnico. Para cargar bolsas pesadas se envolvía en él la mano. Si ondeaba era una señal de despedida cuando el tren salía de la estación. Y como tren se dice en rumano TREN, y en el dialecto del Banato lágrima (Träne) se dice trän, en mi cabeza el chirrido de los trenes sobre los rieles equivalía siempre al llanto. En la aldea, cuando alguien moría se le ataba enseguida un pañuelo en torno a la barbilla para que la boca permaneciera cerrada cuando pasaba la rigidez cadavérica. Cuando en la ciudad alguien se desplomaba al borde del camino, siempre había un transeúnte que con su pañuelo cubría la cara del muerto, y así el pañuelo pasaba a ser su primer reposo mortuorio.
A última hora de la tarde, los días calurosos del verano, los padres enviaban a sus hijos al cementerio para que regasen las flores. Nos juntábamos dos o tres e íbamos de una tumba a la otra, regando rápidamente. Luego nos sentábamos, muy pegados unos a otros, en las escaleras de la capilla y observábamos cómo de algunas tumbas subían nubecillas de vapor blanco. Volaban un ratito en el aire negro y desaparecían. Para nosotros eran las almas de los muertos: Figuras zoomórficas, gafas, frasquitos y tazas, guantes y medias. Y de vez en cuando un pañuelo blanco con el borde negro de la noche.
Más tarde, conversando con Oskar Pastior para escribir sobre su deportación a un campo de trabajos forzados soviético, me contó que una anciana madre rusa le regaló una vez un pañuelo blanco de batista. Tal vez tengáis suerte tú y mi hijo, y podáis regresar pronto a casa, dijo la rusa. Su hijo tenía la misma edad que Oskar Pastior y estaba tan lejos de casa como él, en la dirección opuesta, dijo, en un batallón de castigo. Oskar Pastior había llamado a su puerta como un mendigo medio muerto de hambre, quería cambiarle un trozo de carbón por un poquito de comida. Ella lo hizo entrar en la casa y le dio un plato de sopa. Y cuando la nariz de Oskar empezó a gotear en el plato, le dio el pañuelo blanco de batista, que nadie había usado todavía. Con un borde calado de bastoncillos y rosetas impecablemente bordados con hilos de seda, el pañuelo era una belleza que abrazó e hirió al mendigo. Un híbrido; por un lado un consuelo de batista; por el otro, una cinta métrica con bastoncillos de seda, las rayitas blancas en la escala de su desamparo. El mismo Oskar Pastior era un híbrido para esa mujer: un mendigo extraño en la casa y un hijo perdido en el mundo. En esas dos personas lo había hecho feliz y le había exigido demasiado el gesto de una mujer que para él también era dos personas: una rusa extraña y una madre preocupada con la pregunta: ¿TIENES UN PAÑUELO?
Desde que me enteré de esta historia también yo tengo una pregunta: ¿Es ¿TIENES UN PAÑUELO? válida en todas partes y se halla extendida sobre medio mundo en el brillo de la nieve entre la congelación y el deshielo? ¿Cruza todas las fronteras pasando entre montañas y estepas hasta adentrarse en un gigantesco imperio sembrado de campos de trabajos forzados? ¿No hay manera de dar muerte a la pregunta ¿TIENES UN PAÑUELO? ni siquiera con la hoz y el martillo, ni siquiera en el estalinismo de la reeducación a través de tantos campos de trabajos forzados?
Aunque hace décadas que hablo rumano, en la conversación con Oskar Pastior me percaté por primera vez de que en rumano pañuelo se dice BATISTA, de nuevo la sensual lengua rumana, que simplemente lanza con apremio sus palabras hasta el corazón de las cosas. El material no da ningún rodeo, se designa como pañuelo listo, como BATISTA. Como si cada pañuelo fuera de batista en todo tiempo y lugar.
Oskar Pastior guardó en la maleta el pañuelo como reliquia de una doble madre con un doble hijo. Luego se lo llevó a casa tras cinco largos años en el campo de trabajos forzados. ¿Por qué? – su pañuelo blanco de batista era esperanza y miedo, y cuando uno renuncia a la esperanza y al miedo, muere.
Después de la conversación sobre el pañuelo blanco me pasé media noche pegándole a Oskar Pastior un collage sobre un papel blanco:
Aquí bailan puntos dice Bea
entras en un vaso de leche de tallo largo
ropa interior blanca tina de zinc gris verde
contra reembolso se corresponden
casi todos los materiales
mira aquí
yo soy el viaje en tren y
la cereza en la jabonera
nunca hables con hombres extraños ni
acerca de la Central

Cuando a la semana siguiente fui a su casa a regalarle el collage, me dijo: encima debes pegar: “PARA OSKAR”. Yo le dije: Lo que te doy, te pertenece, y tú lo sabes. Él dijo: debes pegarlo encima, tal vez el papel no lo sepa. Me lo llevé de nuevo a casa y encima pegué: para Oskar. Y se lo volví a regalar la semana siguiente, como si hubiera regresado la primera vez de la puerta sin pañuelo y ahora estuviera por segunda vez en la puerta con pañuelo.
Con un pañuelo termina también otra historia:
El hijo de mis abuelos se llamaba Matz. En los años treinta lo enviaron a Timişoara a estudiar finanzas para que se hiciera cargo del negocio de cereales y de la tienda de ultramarinos de la familia. En la Escuela enseñaban maestros del Reich alemán, auténticos nazis. Al concluir sus estudios Matz quizás había recibido, de paso, una capacitación en finanzas, pero sobre todo recibió una formación de nazi – un lavado de cerebro planificado. Cuando salió de la escuela, Matz era un nazi fervoroso, un convertido. Ladraba consignas antisemitas, era inalcanzable como un débil mental. Mi abuelo lo reprendió repetidas veces, diciéndole que debía toda su fortuna sólo a los créditos de hombres de negocios judíos amigos suyos. Y al ver que esto no servía de nada, lo abofeteó varias veces. Pero a su hijo le habían trastornado el juicio. Jugaba a ser el ideólogo de la aldea, vejaba a los muchachos de su edad que se negaban a ir al frente. En el ejército rumano ocupaba un puesto de oficinista. Pero de la teoría quiso pasar a la práctica. Se presentó voluntario en las SS, quería ir al frente. Unos meses después regresó a casa para casarse.
Tras haber sido testigo de los crímenes en el frente, aprovechó una fórmula mágica válida para escaparse unos días de la guerra. Esa fórmula mágica era: permiso por boda.
Mi abuela tenía dos fotos de su hijo Matz en el fondo de un cajón, una foto de la boda y una foto de la muerte. En la foto de la boda se ve una novia vestida de blanco, una mano más alta que él, esbelta y seria, una virgen de yeso. Sobre su cabeza hay una corona de cera como hojas nevadas. Junto a ella está Matz con su uniforme nazi. En vez de ser un novio, es un soldado. Un soldado de la boda y su propio último soldado de la patria. Apenas volvió al frente, llegó la foto de la muerte. Y en ella un último soldado destrozado por una mina. La foto de la muerte es del tamaño de una mano, un campo negro, en el centro un paño blanco con un montoncito gris de restos humanos. Sobre el fondo negro, el paño blanco parece tan pequeño como un pañuelo de niño cuyo cuadrado blanco tiene pintado en el centro un dibujo extraño. Para mi abuela esa foto también tenía su híbrido. En el pañuelo blanco había un nazi muerto, en su memoria, un hijo vivo. Mi abuela dejó esa doble foto todos aquellos años en su devocionario. Rezaba cada día. Probablemente sus oraciones también tenían doble fondo. Probablemente seguían el hiato entre el hijo querido y el nazi obcecado y pedían también al Señor Dios que hiciera el espagat de amar a ese hijo y perdonar al nazi.
Mi abuelo había sido soldado en la Primera Guerra Mundial. Sabía de qué estaba hablando cuando decía a menudo y en tono amargo, refiriéndose a su hijo Matz: Sí, cuando ondean al viento las banderas, el juicio se pierde en las trompetas. Esta advertencia también era aplicable a la siguiente dictadura, en la que me tocó vivir a mí misma. A diario se veía cómo el juicio de los pequeños y grandes oportunistas se perdía en las trompetas. Yo decidí no tocar la trompeta.
Pero de niña tuve que aprender a tocar el acordeón contra mi voluntad. Pues en la casa se había quedado el acordeón rojo de Matz, el soldado muerto. Las correas del acordeón eran demasiado largas para mí, y para que no se resbalaran por mis hombros, el maestro de acordeón me las ataba a la espalda con un pañuelo.
Se puede decir que precisamente los objetos más pequeños, ya sean trompetas, acordeones o pañuelos, terminan atando las cosas más dispares en la vida; que los objetos giran y, en sus desviaciones, tienen algo que obedece a las repeticiones, al círculo vicioso. Uno puede creerlo, mas no decirlo. Pero lo que no puede decirse, puede escribirse. Porque la escritura es un quehacer mudo, un trabajo que va de la cabeza a la mano. De la boca se prescinde. En la dictadura yo hablaba mucho, sobre todo porque había decidido no tocar la trompeta. La mayoría de las veces, hablar tenía consecuencias intolerables. Pero la escritura empezó en el silencio, en aquella escalera de la fábrica donde tuve que sopesar y decidir conmigo misma más cosas de las que podían decirse. El acontecer ya no podía articularse en palabras. A lo sumo los añadidos externos, mas no su dimensión. Esta yo sólo podía deletrearla en mi cabeza, en silencio, en el círculo vicioso de las palabras al escribir. Reaccionaba ante el miedo a la muerte con hambre de vida. Era un hambre de palabras. Sólo el torbellino de las palabras podía captar mi estado y deletreaba lo que no podía decirse con la boca. Yo iba detrás de lo vivido en el círculo vicioso de las palabras, hasta que aparecía algo que no había conocido antes. Paralelamente a la realidad entraba en acción la pantomima de las palabras, que no respeta dimensiones reales, reduce las cosas principales y aumenta las secundarias. El círculo vicioso de las palabras confiere de buenas a primeras una especie de lógica maldita a lo vivido. La pantomima es furiosa y permanece atemorizada y tan adicta como hastiada. El tema dictadura surge ahí espontáneamente, porque la naturalidad ya nunca regresa cuando a uno se la han robado casi por completo. El tema está implícito ahí, pero las palabras se apoderan de mí y llevan al tema adonde quieren. Ya nada es cierto y todo es verdad.
Como chiste malo sobre la escalera estaba yo tan sola como en aquella época, en que de niña, cuidaba vacas en el valle del río. Comía hojas y flores para formar parte de ellas, porque ellas sabían cómo se vive y yo no. Me dirigía a ellas dándoles un nombre. El nombre cardo lechoso debía ser realmente la planta espinosa con leche en los tallos. Pero la planta no escuchaba el nombre cardo lechoso. Entonces yo lo intentaba con nombres inventados: COSTILLA ESPINOSA, CUELLO DE AGUJA, en los que no figuraban ni cardo ni lechoso. En el engaño de todos los nombres falsos ante la planta verdadera se abría el agujero hacia el vacío. La situación ridícula de hablar a solas en voz alta conmigo y no con la planta. Pero la situación ridícula me hacía bien. Yo cuidaba vacas y el sonido de las palabras me protegía. Sentía:
Cada palabra en el rostro
sabe algo del círculo vicioso
y no lo dice

El sonido de las palabras sabe que debe engañar, porque los objetos engañan con su material, y los sentimientos, con sus gestos. En el punto de intersección del engaño de los materiales y de los gestos se instala el sonido de las palabras con su verdad inventada. Al escribir no puede hablarse de confianza, sino más bien de la honestidad del engaño.
Por entonces, en la fábrica, cuando yo era un chiste malo sobre la escalera, y el pañuelo, mi oficina, también encontré en el diccionario la hermosa palabra INTERÉS ESCALONADO, que designa las tasas de interés de un préstamo que van subiendo por tramos. Las tasas de interés son para uno gastos y para otro, ingresos. Al escribir acaban siendo ambas cosas, cuanto más voy ahondando en el texto. Cuanto más me expolia lo escrito, tanto más muestra a lo vivido lo que no había en el vivir. Sólo las palabras lo descubren, porque antes no lo conocían. Allí donde sorprenden a lo vivido es donde mejor lo reflejan. Se vuelven tan apremiantes que lo vivido debe aferrarse a ellas para no deshacerse.
Me parece que los objetos no conocen su material, que los gestos no conocen sus sentimientos y las palabras tampoco conocen la boca que las enuncia. Pero para asegurarnos nuestra propia existencia necesitamos los objetos, los gestos y las palabras. Cuanto más palabras nos es permitido usar, tanto más libres somos. Cuando se nos prohíbe la boca, intentamos afirmarnos con gestos e incluso con objetos. Son más difíciles de interpretar y permanecen un tiempo libres de sospecha. Y así pueden ayudarnos a convertir la humillación en una dignidad que permanece libre de sospecha por un tiempo.
Poco antes de mi emigración de Rumania, el policía de la aldea vino un día muy de mañana a llevarse a mi madre. Ella estaba ya en la puerta cuando se le ocurrió la pregunta: ¿TIENES UN PAÑUELO? Y no lo tenía. Aunque el policía se mostró impaciente, ella volvió a entrar en la casa y sacó un pañuelo. En la comisaría el policía estalló en gritos e improperios. Los conocimientos de rumano de mi madre no bastaban para que comprendiera los rugidos del policía, que luego se marchó del despacho y cerró la puerta con llave desde fuera. Mi madre se pasó el día entero encerrada allí. Las primeras horas sentada a la mesa, llorando. Después empezó a ir de un lado para otro y a limpiar el polvo de los muebles con el pañuelo empapado en lágrimas. Por último cogió el cubo de agua del rincón y la toalla que colgaba de un clavo en la pared y fregó el piso. Me quedé aterrada cuando me lo contó. ¿Cómo has podido fregarle el despacho a ese individuo?, le pregunté. Y ella me respondió, sin ningún reparo: quería hacer algo para matar el tiempo. Y el despacho estaba tan mugriento. Hice bien en llevarme uno de los pañuelos de hombre, grandes.
Sólo entonces comprendí que con esa humillación adicional, pero voluntaria, se había proporcionado dignidad en aquel arresto. En un collage busqué palabras para formularlo:
Yo pensaba en la rosa vigorosa en el corazón
en el alma inservible como un colador
pero el propietario preguntó:
¿quién se acaba imponiendo?
yo dije: salvar el pellejo
él gritó: el pellejo es
sólo una mancha de la batista ofendida
sin juicio.

Me gustaría poder decir una frase para todos aquellos que, en las dictaduras, todos los días, hasta hoy, son despojados de su dignidad, aunque sea una frase con la palabra pañuelo, aunque sea la pregunta: ¿TENÉIS UN PAÑUELO?
Puede ser que, desde siempre, la pregunta por el pañuelo no se refiera en absoluto al pañuelo, sino a la extrema soledad del ser humano.

(Tomado de elpais.com, traducido por Juan José del Solar Bardelli)

sábado, 14 de noviembre de 2009

Yes, I Am Free

Muchas páginas se han escrito sobre la libertad. Muchas palabras han sido lanzadas al aire acerca de este tema, quizá el más polémico y preocupante desde el nacimiento del hombre. Mucha sangre se ha derramado por ella a lo largo de los milenios. Pero seguimos afanados, sin importarnos el precio de su conquista.
Una breve búsqueda en Internet arroja miles de citas de los más diversos autores y personalidades que no pudieron sustraerse de opinar o conceptuar el escurridizo término. Las constituciones de los países, desde siglos anteriores, la incluyeron como uno de sus tópicos principales.
La Declaración de Derechos de Virginia, datada en el siglo XVIII, plantea “Que todos los hombres son por naturaleza igualmente libres e independientes, y tienen ciertos derechos inherentes, de los cuales, cuando entran en un estado de sociedad, no pueden ser privados o postergados; expresamente, el gozo de la vida y la libertad, junto a los medios para adquirir y poseer propiedades, y la búsqueda y obtención de la felicidad y la seguridad”.
También de finales del Siglo de las Luces es la Declaración del Hombre y del Ciudadano, donde dice: “La libertad consiste en poder hacer todo aquello que no perjudique a otro: por eso, el ejercicio de los derechos naturales de cada hombre no tiene otros límites que los que garantizan a los demás miembros de la sociedad el goce de estos mismos derechos. Tales límites solo pueden ser determinados por la ley”.
Y con menos de una centuria, la Declaración Universal de los Derechos Humanos, especifica en su Articulo I: “Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros”.
Especialmente genial fue Miguel de Cervantes y Saavedra cuando puso en boca de Quijote la siguiente expresión: “La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los Cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida, y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres”.
Como si se dirigieran a los dictadores de moda desde hace medio siglo y a los que cobran fuerzas por tierras americanas y orientales, Gandhi y Claudio Sánchez Albornoz (filósofo español) expresaron: “La causa de la libertad se convierte en una burla si el precio a pagar es la destrucción de quienes deberían disfrutarla”, y “La libertad y la democracia no consisten en aplastar al adversario”.
El historiador cubano radicado en Miami, Joaquín Estrada, publicó en su blog ‘Gaspar, El Lugareño’, el texto “Canto final del poeta”, de Francisco Riverón Hernández (1917-1975), donde aparecen los siguientes versos: “¿Qué mundo puede hacerse/ quitando a la libertad su título/ de propiedad privada?//La libertad es algo/ que nadie puede dar a nadie,/ porque no se trata/ del pan que a uno sobra,/ sino del aire que a todos pertenece”. Y un muy romántico concepto, cuyo autor desconozco, dice: “La libertad es un pájaro que voló”.
Pero ni estos ni la multitud de frases y escritos que pululan en la vasta memoria de la humanidad, se igualan a lo dicho por Jesucristo, quien en medio de un intercambio con judíos que habían creído en Él, aseguró: “Y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres” (S. Juan 8:32). Más adelante, en el mismo diálogo, expuso: “Así que, si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres” (36).
De esta definición, que no se detiene en lo meramente físico, sino que tiene una explicita connotación espiritual, por ende más profunda y ligada a la esencia humana, se desprende una interrogante: ¿Qué es la verdad?; cuya respuesta igual fue dada por Jesús de Nazaret: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida” (Jn. 14:6), dijo Cristo a Su discípulo Tomás, quien asimismo hubo de escucharle decir: “Nadie viene al Padre, sino por mí”.
Sencillas, inequívocas y rotundas, las palabras del Señor contienen una revelación que no podemos obviar: la auténtica libertad es la del espíritu. De las prisiones físicas podemos evadirnos o salir de la mano de otros hombres, pero de las espirituales solo tenemos una escapatoria: Cristo Jesús. Y entiéndase por cárceles espirituales, todo aquello que nos mantiene ligados a prácticas denigrantes de nuestra humanidad.
Existen innumerables ejemplos de personas que han conocido esa libertad espiritual. Por cientos pueden contarse los libros que se han escrito y aun seguirán escribiéndose con testimonios de individuos que han experimentado el rompimiento de dichas ataduras. Pero siempre me emociono con el relato sobre Esteban, el primer mártir de la iglesia primitiva, quien poseía tal libertad de espíritu que al ser apedreado por predicar las buenas nuevas acerca de Cristo, justo antes de morir, “puesto de rodillas, clamó a gran voz: Señor, no les tomes en cuenta este pecado” (Hechos 7:60). Se refería a sus linchadores.

viernes, 9 de octubre de 2009

Obamanía en Oslo

La obamanía llegó a Oslo. Mientras algunos nos preocupábamos no fuera ser que el Instituto Nobel sufriera una alucinación y decidiera otorgar el premio de la Paz-2009 a Piedad Córdoba, este sacó una carta de la manga y optó por el presidente norteamericano. Decisión que, por cierto, ha dejado con la boca abierta a no pocos en el planeta, es como si a los noruegos de pronto se les hubiese perdido el norte.
Los reportes de prensa en ningún momento lo daban como favorito. Quizá la presencia de la colombiana chavista en la nómina robó la atención y opacó a los demás candidatos. Así ocurre con los contrasentidos, terminan por atraerse el show y entretener la mirada. Pero aun con la alegría de que la mujer del turbante no se saliera con la suya, que hubiera sido también la de todos esos políticos al estilo del mandatario venezolano, me pregunto una y otra vez: ¿por qué Obama?
Con menos de nueve meses en la Casa Blanca, el hombre más popular del mundo, según las encuestas, ha hecho menos de lo que ha hablado. Y sus acciones no han sido siempre tan acertadas como se pretende, a pesar de que los titulares suelen resaltar las de carácter populista. Tampoco su presentación en el ruedo internacional ha sido muy exitosa, el hecho de granjearse los elogios de los personajillos políticos de moda habla por sí solo.
Tengo la impresión de que el Instituto Nobel se apresuró. Aunque ha mostrado sus uñas, Obama no ha tenido tiempo de hacer todo lo que pretende y puede. Hasta el momento las suyas solo han sido intenciones que han colaborado, por ejemplo, a enrarecer más la situación hondureña y a dar alas a dictadorzuelos como Ahmanidejad, que asimismo es posible traducir como restarle apoyo a Israel.
Conforme al panorama mundial, donde la pérdida de influencia norteamericana tanto en la política como en la economía, más que un augurio resulta una evidencia, la actitud de Obama no parece ser la adecuada. Acostarse con su propio enemigo nunca ha sido un método recomendado para ganar una batalla, tampoco la preocupación excesiva por mantenerle cerrada la boca a los perros.
A pesar de todo, celebro que el Nobel no se hubiese tirado la plancha, al decir cubano, yendo a manos de Córdoba. Ahora Obama es el tercer presidente estadounidense en funciones en ostentarlo: en 1906 y 1919 lo obtuvieron, en ese orden, Theodore Roosevelt y Woodrow Wilson. En 2002 le fue conferido, de igual manera, al expresidente Jimmy Carter, y en 2007 al exvicepresidente Al Gore.

viernes, 18 de septiembre de 2009

Acuérdese de este día

Recientemente volví a ver la película ‘Munich’ (2005), de Steven Spielberg, con Eric Bana como protagonista. Y como suele ocurrir cuando disfrutamos por segunda o más veces un buen producto, ahora pude interiorizar de mejor forma el contenido de la realización, que en su momento levantó criterios encontrados y llegó a la 78th ceremonia de los Oscar con cinco nominaciones, aunque al final no obtuvo ninguna estatuilla.
Escudado en la ficción, el famoso autor de tantos filmes memorables, narró uno de esos sucesos terribles que marcan el devenir de la historia contemporánea: la masacre hace exactamente 37 años de 11 miembros del equipo olímpico israelí en Munich-‘72, a manos del grupo terrorista palestino Septiembre Negro, y la posterior toma de venganza por parte del gobierno de Golda Meir.
El inmenso dispositivo de seguridad desplegado en la villa olímpica alemana, no sirvió para detener la sed de sangre de los fedayines, que delante de los ojos del mundo quitaron la vida a los deportistas, quizá como una manera de hacer notar que el conflicto palestino-israelita no tenía pudor ni límites. Diez días después del hecho, comenzó a moverse el plan de Israel para eliminar a los padres del asesinato múltiple, y cuya completa ejecución se prolongó durante una década.
“Acuérdese de este día. Lo que vamos hacer puede cambiar el curso de la historia judía”, dicen fue la expresión de Meir para Avner, quien dirigiría el comando encargado de la riesgosa misión de ajusticiamiento. Frase que debe haberse grabado con fuego en la memoria del joven de 25 años que de inmediato dejó la pasividad del hogar, para marchar a Europa y otras partes del mundo donde cumpliría el encargo convertido en deber.
Era aquella una época en que la palabra “terrorismo” y sus derivados, no tenían exactamente las mismas connotaciones que adquirieron a partir del 11 de septiembre de 2001. Tampoco los medios de prensa contaban aun con la tecnología de punta actual, que les permite llegar con suma velocidad a millones de personas en un instante, que es decir imponer sus criterios con más acierto a mayor cantidad de individuos.
El cuestionamiento a la cinta de Spielberg deriva del rechazo al método de Israel para vengar a sus muertos. Si pudiésemos establecer un procedimiento científico para comparar el grado de repudio mundial a la manera de actuar de los judíos y los palestinos, me parece que con toda precisión los últimos saldrían airosos, pues se trata del mismo pensamiento antisemita extendido durante siglos y que lejos de perder vigencia hoy se refuerza.
Desde el momento en que tuve conciencia de la trampa, me opuse a la prensa cubana acostumbrada a publicar los nombres de los palestinos muertos en el enfrentamiento contra Israel, así como un rosario de notas siempre negativas acerca de los sionistas. Por eso no supe qué decir y me regocijé cuando la Editorial Pablo sacó aquel libro de entrevistas de la periodista Oriana Fallaci, entre las que aparecía una con Golda Meir, donde la Primera Ministra era exaltada como una heroína con aspecto y hábitos de ama de casa; y otra con Yasser Arafat, presentado con calificativos que hasta entonces jamás había leído sobre un amigo íntimo de Fidel Castro, al que nos habían enseñado a venerar.
Sin embargo, esa política informativa contraria a Tel Aviv no es privativa de Cuba. Al acceder a la prensa internacional comprobé con estupor que es la misma usada por la mayoría de los medios internacionales, dedicados sistemáticamente a denigrar al pueblo salido de los lomos de Jacob. Y aunque parezca no tener relación, es la misma que propicia escandalosos criterios como esos que niegan la veracidad del holocausto.
Pero, en fin, no pretendía penetrar hoy por esos entretelones de la complicada madeja universal. Mi único propósito era recordar a los deportistas judíos asesinados en la Olimpiada de Munich-’72 y a sus compatriotas que pagaron un alto precio por no dejar impunes sus muertes. También mis respetos para Spielberg, capaz de traer a la memoria colectiva un hecho que no debemos olvidar.

sábado, 5 de septiembre de 2009

Three years ago…

Hace tres años llegué a los Estados Unidos. Fue al anochecer del 5 de septiembre (martes) cuando crucé la frontera que separa las ciudades de Matamoros y Brownsville. No recuerdo si la temperatura era cálida, solo que llevaba dos días sin apenas comer. Me habían retenido al amanecer del 4 (lunes), cuando me acercaba en bus a la localidad fronteriza mexicana, procedente del D.F., adonde había arribado por vía aérea 24 horas antes.
En las oficinas de migración me interrogaron incansablemente, pretendían una confesión de cuál era mi propósito al llegar allí en tan poco tiempo. Conociendo de antemano el negocio existente con los cubanos que seguían la “ruta azteca”, me resistí a decirles mi objetivo. Por la misericordia de Dios, a quien no dejé de invocar un instante, al final de la segunda jornada me dejaron en libertad. Aun en ese momento el oficial a cargo de mi caso me insistió que si quería cruzar la frontera podía hacerlo. Por precaución le aseguré que me volvería a la capital de inmediato.
Dos quarters de dollar me abrieron la puerta giratoria de entrada al pequeño puente que me condujo hasta la caseta en suelo estadounidense. El trato de este lado fue diferente. La entrevista, la foto y las marcas de las huellas digitales, formaron parte del rigor necesario para completar mi documentación. En menos de una hora tenía en mis manos una parole y otros papeles que debía presentar en las oficinas de migración de Kansas City, MO, mi destino.
La travesía de casi 30 horas desde Brownsville hasta KC, la hice en la línea de bus Greyhound, con una pequeña oficina dirigida por cubanos en la localidad fronteriza. No puedo recordar el aspecto físico del manager de la instalación, sin embargo el breve diálogo que sostuvimos se mantiene fresco en mi memoria:
-¿Acabas de cruzar la frontera?- me preguntó.
-Sí- le respondí desconfiado, a pesar de la buena atención que me habían dado, permitiéndome usar el teléfono para comunicarme con las amistades que me recibirían en KC, y ayudándome a obtener el boleto del viaje.
-¿Entonces ya lograste escapar de Fidel Castro?- volvió a preguntarme, esta vez con una sonrisa en los labios.
-Sí- le dije nuevamente.
-Eso te crees –me ripostó-, en cuanto comiences a trabajar y a mandarle dinero a tu familia, volverás a caer en sus manos…
Tampoco tengo memoria exacta del itinerario de la travesía, solo que en la mañana del 6 (miércoles) permanecí alrededor de tres horas en Houston, donde me enamoré a primera vista de esa urbe, la que pude visitar otra vez en octubre de 2008. A KC llegué a las 5:30 am del 7 (jueves), como únicas pertenencias traía la ropa con que vestía, el estuche de los espejuelos, un peine pequeño, un cepillo de dientes y la documentación que había recibido en la frontera. Nada más.
A pesar de la tensión de esos días y del recorrido tan extenso, disfruté el viaje. Cuando miraba los hermosos paisajes urbanos y rurales, me preguntaba si aquello era realidad. Un detalle me impactó mucho: la cantidad de iglesias cristianas de diferentes denominaciones a la orilla de las carreteras, a veces una frente a la otra o en la esquina siguiente. Eso me dio la seguridad de haber llegado a un país guardado por el Señor.

jueves, 27 de agosto de 2009

Usain Bolt es el viento

Impactado por las hazañas del jamaicano Usain Bolt en Berlín, desde La Habana mi amigo ENMANUEL CASTELLS CARRION me hizo llegar unos emocionados escritos, que desde hace varios días estaban en mi buzón de correo electrónico sin poder ubicarlos aquí. Llegada la oportunidad, que es decir mi free-time, no escatimo en compartirlos con los lectores habituales y eventuales de este blog.BIPOLARIDAD EN EL CIELO
Acaban de cerrarse las puertas del estadio Olímpico de Berlín, capital de Alemania. Aún llueven las noticias acerca de los milagros, las sorpresas, los asombros, las tristezas y las decepciones que se generaron durante el Campeonato Mundial de Atletismo.
No voy a dar datos estadísticos ni hablar del papel o lugar de la delegación cubana en la magna cita. El domingo pasado escribí un pequeño post acerca de Usain Bolt y su electrónico record en los 100 metros planos y que ahora incluyo junto a esta nota agregada pues el bólido jamaicano siguió días después electrificando los sensoriales humanos con sus carreras extra terrenales, donde se le ve salir con una arrancada casi natural al resto de los competidores, pero a los pocos metros de la salida comienza a convertirse en una franja verde amarilla que va dejando una estela de luz a lo largo de los 200 metros o del relevo 4 x 100.
Por si fuera poco con la marca obtenida en los 100 metros planos, un día antes de su cumpleaños 23, el pasado 20 de agosto (y a un año exacto de su record olímpico en China con la espantosa marca de 19.30) Usain Bolt volvió a encubrir su condición irracional de velocista humano, se plegó las alas mitológicas con que Hermes le trasmite los mensajes de Dios y salió disparado desde el cañón de sus piernas para cronometrar un tiempo que solo se le concede a los ángeles: 19 segundos y 19 centésimas en la distancia de los 200 metros, su carrera favorita.
Dos días después, luego de confesar que se sentía agotado, junto a su patrulla de coterráneos: Asafa Powell, Steve Mullings y Michael Frater, volvió a formar parte de la cuarteta del relevo 4 x 100 obteniendo así (otra vez) el triple titulo de oro en el certamen, suceso idéntico al del año pasado en la capital de China.
He leído casi todas las notas de prensa que se han editado acerca de este fenómeno y casi todos concuerdan en que Bolt no es de esta galaxia. Han intentado acusarlo de doping pero los encargados de estas pruebas siguen aseverando que Usain “es un atleta limpio”. El propio recordista ha dicho que cuando corre, no piensa en las marcas, que solo piensa en ganar y en correr mucho, mucho, mucho…
Ya se sabe que el cielo es infinito, ni chato ni ancho, ni largo ni estrecho, ni profundo ni llano, pero imaginando que tiene dos polos, podemos asegurar que en el Norte, aparte de Dios, está Usain Bolt. Y que en el Sur, aparte de Dios otra vez y siempre, también está Usain Bolt. De eso no me queda dudas.

ESE HOMBRE ES EL VIENTO
Dicen que en el momento exacto que Usain Bolt paró el cronómetro en 9.58 en el Estadio Olímpico de Berlín, Alemania, en su natal Jamaica sopló un viento tan fuerte que los nativos de la isla caribeña perdieron la cordura, se nubló la lucidez, y el espanto primo hermano del asombro quedó maqueteado en la mejilla de todos los rostros de Trelawny, el pueblo que lo viera nacer hace ya 23 años.
El mito de los 100 metros planos ha sido aquellos record que bajen de los 10 segundos. El hombre ofrece una demostración cada vez mayor de lo que es capaz de hacer desde sus herramientas internas como el esfuerzo personal y el don inobjetable de poseer determinado dote para un evento especial de la vida.
Usain Bolt ya está en la mira de otro tipo de análisis. Desde niño es conocido en su pueblo natal como The Lightning (El relámpago), y después de las aventuras ganadas en Beiging donde se le vio correr no solo con una velocidad asombrosa, sino con una comodidad poco común en velocistas de su estirpe, se inició la leyenda de un hombre que acaba de petrificar su propio mito al detener el reloj en la cuenta de 9.58, lo nunca antes visto, lo nunca antes sucedido, lo nunca antes esperado, lo nunca antes calculado, lo nunca antes (ni siquiera) imaginado.
Asumo de buen gusto el chiste de que ya viene siendo hora en que Usain Bolt se quite el traje de ser humano para ver cómo es de verdad un extraterrestre, pues su nueva marca mundial lo coloca de a lleno en el olimpo de los dioses reales, este con la suerte todavía de que es tangible y palpable.
Comprendo entonces el rostro contrariado de Tyson Gay (su mayor rival, o viceversa?) cuando en magnífico tiempo de 9.71, tercera mejor marca de todos los tiempos, no pudo darle alcance a la flecha que se le disparó delante de sus ojos.
Asafa Powell, el coterráneo de Usain Bolt, otro grande entre los grandes, se quedó feliz con el 9.84 que le dio el Bronce Mundial y le quitó de encima el estigma de no ser un corredor de varias carreras fuertes.
Feliz como se muestra siempre, relajado, bromista con las cámaras y dominando la atención de todos los lentes, Usain Bolt parece seguir siendo a esta altura un niño grande que juega a correr mucho, como decíamos en mi tiempo de infancias: “A que no me cojes”, y salir como una bala, a cuestionar si él es el parámetro con que miden la velocidad de la luz o sencillamente callarnos porque ese hombre es el viento.

sábado, 22 de agosto de 2009

La historia según Tarantino

Acabada de estrenar en los Estados Unidos, luego de una tibia acogida en Cannes ’09, el más reciente filme del polémico Quentin Tarantino, ‘Inglorious Basterds’, nos remite a la Francia de la Segunda Guerra Mundial, ocupada por los nazis.
Con el nombre estelar de Brad Pitt a la cabeza del reparto de actores, a pesar de que la suya no es la actuación más brillante, la película está estructurada en capítulos donde se cuentan dos historias que se anudan al final para llevar la ópera a su clímax.
Una de las historias es la de Shosanna Dreyfus, encarnada por la bellísima actriz francesa Melanie Laurent, quien al inicio de la cinta escapa de la muerte a manos del cruel e inteligente oficial SS Hans Landa (Christoph Waltz), y luego reaparece en París como propietaria de un cine donde tendrá lugar el momento culminante de la creación del autor de ‘Reservoir Dogs’ (1992).
(MELANIE lAURENT COMO SHOSANNA DREYFUS)
La otra historia es la del grupo suicida judío-americano “Los Bastardos”, cuyo jefe es Aldo Raine (Brad Pitt), que tenía la misión de infiltrar la jerarquía hitleriana en la capital francesa y ejecutar a cuanto alemán pudiera capturar.
A lo largo de casi dos horas y media, Tarantino, quien también escribió el guión, hace lo que acostumbra Hollywood: reinventar la realidad de modo que el sueño del espectador se realice, poniendo en lugar especial, por supuesto, la figura del americano.
En este caso el nazismo queda descabezado en el cine parisino de Shosanna, lugar de estreno de una producción aupada por Joseph Goebbels, el gran creador de la maquinaria propagandística alemana, acompañado en su balcón nada más y nada menos que por el mismísimo Adolf Hitler.
Precisamente esa parte del atentado en la sala cinematográfica, donde sin previo acuerdo se combinan las intenciones de Shosanna y “Los Bastardos” de fulminar el alto mando alemán, es la que hace endeble y truculenta la obra.
¿Quién podrá creer que en la presencia del Führer y de su segundo, Goebbels, la guardia de seguridad iba estar tan distraída para permitir a “Los Bastardos” y a Shosanna con su cómplice actuar libremente?
Pero, en fin, soñar no está prohibido, solemos decir en situaciones como estas, y sin dudas Tarantino se dejó llevar por su vasta imaginación y supongo que por un recóndito odio al nazismo, hasta el extremo de reconstruir la historia a su manera.
Aun así resulta entretenido ver ‘Inglourious Basterds’, que no deja de estar bien hecha desde el punto de vista técnico, con una narración sostenida y entretejida de forma elegante, con buena dosis de violencia (de lo contrario dudaríamos quien es el autor), y con actuaciones destacables como las del austriaco Christoph Waltz, la bellísima (reitero) Melanie Laurent y la alemana Diane Kruger.

lunes, 17 de agosto de 2009

La camisa roja

¿Estaría preparado Juanes para la polémica desatada por su anuncio de hacer un concierto por la paz en La Habana? A saber. Aunque alguien argumenta que todo responde a una campaña publicitaria de la que muchos están tomando su tajada, lo más probable es que lo haya pensado de manera pueril, creyendo que recibiría honores de héroe y que detrás de él marcharía una fila de artistas con ideas progresistas.
Soy de la opinión que un concierto más o uno menos, no mejorará ni empeorará la situación cubana. Durante media centuria son muchos los que han ido y venido de la Isla. Incontables los amigos que se han convertido en enemigos y viceversa. Cientos los que han hablado a favor y en contra, y también los que se han retractado de sus palabras. Sin embargo, el régimen se mantiene estoico, las mareas chocan contra sus muros sin lograr derribarlo.
No sería ni el primero ni el último que en nombre de un supuesto apoliticismo o de una conciencia izquierdista, coquetee con el gobierno insular. Las estrellas de Hollywood nos tienen acostumbrados y no por ello dejan de hacer sus películas y sus millones cada año. Al final una cosa no está reñida con la otra, por el contrario a veces esas “irreverencias” ayudan a crecer las cuentas bancarias.
Pero he aprendido que nada hay gratuito, menos en esta época especializada en esconder tras las escenografías más inofensivas, los mensajes más agresivos. Y, asimismo, que las novatadas se pagan caro. Quizá la ponzoña no vaya por parte del cantante, quien no dudo haya albergado las mejores intenciones en su idea, además de un olímpico desconocimiento de sus posibles connotaciones. El trasfondo viene por parte de aquellos que por adelantado se saborean por la trascendencia del suceso.
No hay que ser ducho en asuntos políticos para percibir algo raro en la anuencia de los gobernadores cubanos de prestar la Plaza de la Revolución para un concierto de un artista internacional de moda que proclamará la paz en una nación que lleva medio siglo montada en una balsa de aceite. Como mismo hay gato encerrado en la complacencia de la Secretaria de Estado norteamericana en que Juanes y todo el que quiera ir a cantar a La Habana, lo haga.
Por una parte, porque la experiencia de estos 50 años nos dice de la habilidad de los insulares para atrapar en sus redes a todo el que se le acerca, no importan sus intenciones, y aun más para anotarse un tanto ideológico favorable de cualquier acontecimiento que tenga espacio en el país o allende sus mares si es que tiene alguna relación con él. Y por otra, porque el brusco giro del discurso estadounidense hacia Cuba no pasa de ser un anzuelo que ni el más incauto pececillo se traga.
Y en medio de todo esto el pobre de Juanes se da la tarea de enfrentarse a voz en cuello contra los que lo cuestionan. Supongo que sean los días más álgidos de su carrera artística: acostumbrado al éxito, se le debe hacer raro que de pronto la tortilla se le haya virado y esté situado entre dos aguas. Ir o no ir, esa es la cuestión. Alguno que otro se ha encargado de recordarle al inefable Oscar de León, que llegó besando la tierra cubana y luego se lavó la boca públicamente como muestra de arrepentimiento por el desliz que le trajo no pocos dolores de cabeza.
Los últimos aportes a la fototeca del famoso de La camisa negra, están para chuparse los dedos. Hace poco lo vimos de tú a tú con Hillary Clinton. Ahora elnuevoherald.com lo presenta, gracias a la gentileza de lajiribilla.com, en un fraternal abrazo con Amaury Pérez, quien dirigirá el espectáculo previsto para el 20 de septiembre, y Silvio Rodríguez, uno de sus invitados… Nada, que debemos estar preparados, no sea que como colofón se nos aparezca tomado de la mano con Raúl y quién sabe si hasta en los aposentos secretos de Fidel. Todo puede pasar.
El colombiano parece un hombre de convicción, dispuesto a seguir su aventura pacifista sin importarle las consecuencias. Eso significa que el concierto de La Habana va, mientras tanto goza de una publicidad gratuita sin precedentes. Cada jornada aparece un nuevo titular sobre el tema compitiendo con los sucesos más importantes del mundo, y lo mejor o lo peor, no sé bien, es que todavía falta mucho por hablar.

sábado, 8 de agosto de 2009

Fuentes en Plaza

La colonización de gran parte de España por los moros durante ocho siglos, dejó una amplia herencia cultural, que gracias a los viajes de conquista realizados a partir del siglo XV, se difundió por el mundo, especialmente por Latinoamérica.
De los moros, se dice, nos viene el apego por el agua y a normas higiénicas a veces exageradas. Ellos cultivaron una tradición de recolección y almacenaje del líquido, que se tradujo en la construcción de pozos, fuentes y aljibes, ideales para los tiempos de abundancia y escasez.
En el entorno de Country Club Plaza, en Kansas City, Missouri, deudor de la arquitectura española hija de la morisca, la profusión de fuentes es especialmente atractiva.
Algunas al modo de las típicas sevillanas, otras con motivos clásicos, y aun aquellas plenas de picardía contemporánea, como la denominada Boy urinating on a frog, a la que hice referencia en la entrada “Edificio de libros” (mayo/29/2009) por estar incluida en una lista de fuentes raras y atrevidas, aparecida en http://www.villageofjoy.com/, y que esta vez pude captar con mi propia cámara fotográfica.

viernes, 7 de agosto de 2009

Arquitectura española en Kansas City

Incluida en la lista ’60 of the World’s Great Places’, de la organización Project for Public Spaces, Country Club Plaza es una de las áreas urbanas de mayor belleza en Kansas City, Missouri. Para el conocedor de las tradiciones arquitectónicas españolas, pasear por ese entorno provoca el sorprendente disfrute de un estilo presente no solo en la Península Ibérica, sino además en la mayoría de los países latinoamericanos que estuvieron bajo su coloniaje.
De modo que para alguien como yo, amante de los arcos de medio punto, las techumbres de tejas, los barandales de madera, las cúpulas arábigas y los mosaicos, entre otros detalles que forman parte de un gusto estético heredado de la hispanidad y el criollismo, encontrar en el corazón de los Estados Unidos tal homenaje tuvo efecto similar al que dicen provocan los flechazos de cupido.
Construida en 1923, gracias a los proyectos del urbanista Jesse Clyde Nichols (1880-1950), quien contrató al famoso arquitecto Edward Buehler Delk (1885-1956), Plaza ocupa un espacio de 55 acres, a unas cuatro millas del Downtown de KC. Sus creadores se inspiraron en la arquitectura sevillana, de moda a principios del siglo XX en EE.UU., con excelentes ejemplares también en Florida.
Desde su inauguración cobró fama en la nación norteamericana y el mundo, por ser el primer distrito comercial en el planeta que al mismo tiempo agrupaba gran cantidad de tiendas y restaurantes (más de 150 y de una docena, respectivamente, hoy), y permitía el fácil acceso a ellos en los automóviles. Esa parte de la ciudad igualmente es sede de múltiples eventos culturales, pues junto a sus parques y plazas propicios para tales actividades, están sus galerías de arte, cine y librería.
A diferencia de muchas urbes coloniales hispanas, Country Club Plaza es un santuario del orden y el equilibrio, particularidad que al recorrerlo nos recuerda donde estamos a pesar de sus similitudes con aquellas.

domingo, 2 de agosto de 2009

¿Y ahora qué hacemos?

Por Eddie Rodríguez

Tiene razón Stephen Covey, autor de The 7 Habits of Highly Effective People, cuando dice que "la razón por la cual es fácil retomar y revivir viejas relaciones después de mucho tiempo es que, al no haber habido contacto frecuente, no han hecho falta los constantes ‘depósitos’ en la ‘cuenta bancaria emocional’ de las otras personas”.
Gracias a lo que dicta esa regla de las relaciones humanas, hoy disfruto -inmensamente- de la deliciosa oportunidad de retomar la amistad y la tarea de contribuir en diseñar el mundo con Carlos y Enmanuel. Han pasado 14 años desde que me despedí de Carlos y de mi Bayamo (centro del universo). Con Enmanuel he compartido durante visitas a La Habana, aunque también hace varios años que no nos encontramos.
Mi "súper integración psicológica" –por elección propia- con mi nuevo entorno, había archivado en remotos parajes de mi mente muchas experiencias que después de leer los posts de Enmanuel y de Carlos, han vuelto a mi mente como refrescante oasis en el desierto de complicadas decisiones que constituye el haber entrado en mis 40.
A propósito, ¡cuánto tiempo hace que no escribo -o pienso- en español! Aunque el castellano en las variedades cubana y mendocina, es el idioma oficial de mi hogar, el inglés -idioma que amo y continuo estudiando activamente cada día- ha remplazado secretamente a mi castellano y a mi cubano. Con Patricia, mi esposa y fuente de energía, y con mis hijos Stephanie y Gerardo, hablo frecuentemente en inglés, y así evito "el rollo que se me arma" por la connotación diferente que damos los argentinos y los cubanos a la palabra "ahorita".
Volviendo a la locura: Rock y algo más… ¡Qué programa! ¡Qué mundo! ¡Qué época! ¡Qué planeta! Al leer lo que han escrito mis amigos me doy cuenta de que lo que escribí en una canción hace 16 años, es más que un verso fresco inspirado por La Habana Vieja, una verdad indiscutible (por lo menos para mí): "uno no cambia, uno se muda de ser".
Qué suerte tuve de compartir años fructíferos con Carlos y Enmanuel, de tener la "intelectualidad" de ambos disponible como decoración de mi vida. Qué suerte tuve de que mi padre me "atrapara" en su mundo profesional y termináramos pasando tanto tiempo juntos en esa estación de radio. Qué suerte tuve de que mi madre fuera la "asesora" de cada paso que di y que dábamos Enmanuel, Carlos y yo en aquel entonces.
Esto me recuerda (la mente funciona así) que uno de mis "experimentos radiales" fue el grabar uno de los programas utilizando a mi sobrino Robertico, quien apenas aprendía a leer, como locutor. Ese 'episodio' lo conservo en un viejo casete, y ese sobrino es hoy un muy talentoso guitarrista quien tiene la suerte de tener a mi madre, de 80 años, como activa asesora, consejera y "manager".
(ROBERTICO EN LA ACTUALIDAD, CON SU ABUELA-CONSEJERA CELINDA, MADRE DE EDILBERTO, Y EL FAMOSO CANTATE CUBANO PABLO MILANES, EN CUYOS CONCIERTOS HA PARTICIPADO COMO GUITARRISTA)

Ya Carlos y Enmanuel han dicho suficiente en este blog sobre nuestro 'pasado glorioso'. Y espero que esta trilogía de posts sobre nuestro reencuentro sirva a quienes se atreven a leerlos como inspiración para apreciar a sus propios -seguramente pocos- amigos verdaderos.
Carlos, Enmanuel, Edilberto... ¿y ahora qué?.
Recordemos la ‘amenaza’ del Pequeño Príncipe: "Es triste olvidar a un amigo. No todo el mundo tiene un amigo".
Y que vuelva este blog a su camino de entretener, cuestionar e iluminar (Al leer artículos pasados escritos por Carlos, me sentí como deben haberse sentido los lectores de época que disfrutaron los artículos que hoy componen el Volumen 23, Periodismo Diverso, de las obras de nuestro José Marti).
Recuerden, lo importante es seguir en esto… ¿Qué es "esto"? Pregúnteselo a su alma.

sábado, 25 de julio de 2009

Edilberto Yesterday

Por Enmanuel Castells Carrión

Mi amigo, el periodista Carlos Manuel Pérez Avalos, se encontró conmigo en las redes de la Internet y me pidió, lleno de alegría, que me asomara a su blog. A pesar del poco tiempo que dispongo para la navegación (vivo en Cuba) accedí a su página y me encontré con la soberana sorpresa de un rostro amigo, apegado en mimos de amor con su esposa, y más abajo la impiedad del tiempo en una foto añeja donde estamos Carlos M. Pérez, Edilberto Rodríguez Corredera y yo.
Después de casi 14 años ausentes de contacto, Edilberto se reencontraba con Carlucho, hoy día radicado en Kansas City, USA, y el otro un poco más al norte, en Canadá. Los recuerdos que le afloraron al periodista lo llevaron a aquella etapa de pinitos profesionales en una emisora regional, la cual, si bien no es de las mejores del país, aún suele autopromocionarse bajo el slogan de “Radio Bayamo: tu emisora de siempre”. Cierto que allí le dimos rienda suelta a una creatividad desbordada como suele suceder cuando se trata de juventud con determinado talento y afinada pasión.
(CASTELLS Y EDILBERTO EN LA HABANA,)

Recuerdo el día que conocí a Edilberto, para entonces yo era plantilla de la citada emisora y su padre era uno de mis buenos amigos y buenos grabadores. Fue en la esquina de Céspedes y Figueredo, bien cerca de mi casa, de la suya y de Radio Bayamo. Le dije que me acababan de regalar un disco de Bryan Adams (un disco negro, de acetato y platino. Nada de Compact Disc) y ahí mismo dejó de ir para donde iba, subimos a mi casa y nos fuimos a la suya a escuchar aquella compilación de éxitos que contenía la placa. No era todavía el tiempo del exitazo: 'Everything I do it for you', pero ya Bryan Adams tenía una carrera hecha y podíamos degustar clásicos de él como 'Heaven'.
Es curioso: el primer contacto nuestro se debió a un cantante canadiense. Tiempo después y de un modo definitorio, Edilberto se fue a vivir a Canadá; aunque no sé si alguna vez ha ido a algún concierto del mítico músico. Quería agregar que mi disco de Adams, terminó siendo de Edilberto, no recuerdo cómo, jajaja
Fue así como nació una amistad de mucha intensidad, diáfana, casi patológica porque nos veíamos mucho y aprendimos juntos que podíamos hablar de música, mujeres y otros temas de la vida. Su madre y la mía estaban emparentadas en edad y oficios educativos, mi madre solía cambiarle el nombre de Edilbertico por Gilbertico, vivíamos demasiado cerca y la sala de su casa fue escenario de tertulias, meriendas y audiciones musicales.
Yo había parido un programa en Radio Bayamo que se llamaba Rockeando, salía los sábados a las 5:00 pm durante 30 minutos y tenía una audiencia básica. Él lo había escuchado y tenía ideas más frescas, más novedosas, y sabía cómo irle mejorando el sonido de aquella media hora. A mi me cayeron de maravillas los temas que intercambiábamos, se notaba que era inteligente al vuelo y sorprendía por su juventud lo bien que había interiorizado el pensamiento espiritual de José Martí. Tenía una dicción excelente, tanto en castellano como en inglés (idioma del cual se había graduado y era metodólogo provincial).
Típico de mí que soy dador, le extendí los micrófonos de mi programa, mis guiones solían ser muy técnicos e informativos, mientras que su sangre caliente le inyectaban al espacio una dinámica de la radio moderna que se venía haciendo en Cuba en los años 90.
Edilberto escuchaba un programa en bandas de FM y allende los mares que se llamaba Top 40, lo conducía un emblemático locutor norteamericano: Sharon Steven, del cual Edilberto copiaba los éxitos del momento a nivel mundial y regrababa entrevistas a Jon Bon Jobi, Billy Joel o Rod Steward. Todo eso lo metía en la siguiente edición de nuestro programa y generaba un impacto de resonancias extraterritoriales.
Para ser una radio territorial, nuestro programa tenía todo lo que necesitaba para sentirse a la altura de un programa de carácter nacional y no exagero si muchas veces no estuvimos por encima de cualquier expectativa en cuanto a inmediatez informativa en el mundo del rock, el pop y sus derivados. Nos gustaba el rock a reventar y supimos establecer las diferentes corrientes que se han derivado de este género desde su nacimiento en los albores del 50. Recuerdo que uno de los slogans de Rockeando aseveraba que este sonido era la música por excelencia del siglo XX.
Nos gustaban Los Beatles (espero que le siga gustando), a mi John Lennon, a él un poco más Paul Mc Cartney, sobre todo aquella versión de In my live que hiciera Rod Steward. A veces solía dar los créditos del programa anunciándome como Enmanuel Lennon Castells y terminaba diciendo: “y yo…Edilberto Rock dríguez Corredera, recuerden que lo importante es seguir en esto”. Su padre que estaba al otro lado de los cristales, subía los controles y se escuchaba una música fantástica rectificándonos que el rock sigue siendo por excelencia la música del siglo XXI.
Dejé el programa casi total en sus manos; para el primer cumpleaños de Rockeando imprimió unos carteles que le daban promoción al espacio y nos atrevimos a colocar algunos en las paredes y postes de la ciudad. No sé cómo se las agenció en un poligráfico para imprimir aquellas cosas en cartulina real. En aquellos tiempos entabló amistad con el grupo Gens lidereado por Alexis Morejón, quien después pasó al grupo Moncada y que ahora vive en Miami, porque siempre se interesó mucho en el rock cubano mientras yo le hacía entrevistas a Edesio Alejandro y a Mario Dally director del grupo Monte de Espuma. Todo eso hacíamos dos guajiros para una emisora como Radio Bayamo cuando el mundo aún parecía inocente. Siempre me sorprendía con algo nuevo, por eso no puse reparos de que en la segunda etapa de vida del programa, empezara a llamarse ‘Rock y algo más’, el nombre con el que alcanzó total popularidad y le dio bríos para otro nuevo proyecto que salía en la banda contraria a la de AM: FM and Rock.
Luego vino su etapa como animador turístico en la provincia de Granma y con ello su matrimonio con una nativa de Canadá, país a donde se fue a vivir hace más de una década. Fui el padrino de su boda, ya vivía yo en La Habana. Fui el único amigo que lo recibió de regreso a Cuba en la casa de sus padres, en La Palma, y todavía recuerdo las palabras que me dijo mientras me abrazaba. Se leyó mi primer intento de libro y me dio las sugerencias que ningún editor jamás me ofreció. Pasé Navidad con él en el hotel Kholy y nos retratamos delante de un pino en el restaurante El Patio, frente a la Catedral. Me contaba cómo es Canadá y en una foto que me dedicó arrodillado en la nieve se preguntaba: “¿Qué hago yo aquí?”.
No puedo decir todos los temas humanos que solíamos comentarnos, las preocupaciones que nos embargaban y el modo en que queríamos proyectar el futuro de nuestras vidas. Un día vino de visita y nos habló por primera vez de Patricia, su esposa actual que es argentina y con la que ya lleva varios años. El modo más confiable de saber que todavía me quería como uno de sus mejores amigos fue cuando me dijo: “No sabes lo importante que es para mí en un país como Canadá, donde casi todo el mundo habla inglés o francés, escuchar una voz en castellano que te dice: te quiero mi amor, te extraño. Eso no tiene precio, Castells…”(CASTELLS Y SU ESPOSA SANDRA)
Luego se fueron distanciando los correos electrónicos y se nos encaramó una nube de silencio maldito que me hizo rascar la cabeza más de una vez. Creo que no sabe nada de mi presente, de la mujer que me acompaña hace 4 años que es hermosa y se llama Sandra, que tengo un nuevo hijo porque ella me lo trajo con 5 años y se llama Kevin, que los míos naturales ya tienen 20 y 16, que he publicado dos libros de cuentos (Fabulación de la memoria y El ojo con que mira el ciego), que he realizado dos exposiciones personales de fotografías, que trabajo como Representante de una Empresa de Arte que se llama Caribe Photo PostCard S.A y que estoy lubricando los laberintos de mi primera novela. Quizás no sepa que mis correos electrónicos son budy2000cu@yahoo.com y castelb@enet.cu, por eso se los pongo aquí a ver si se da el milagro del reencuentro.
Cada vez que escucho ‘Yestarday’, la mítica canción de Paul Mc Cartney, me acuerdo de él. Edilberto Rodríguez no debe saber que guardo una grabación de su voz cantando esa hermosa melodía en el Estudio 1 de Radio Bayamo. Es una cinta magnetofónica de 30 minutos, alemana, marca ORWO, y como casi siempre jugábamos delante de los micrófonos, tengo muchas cosas más en el eterno disco de mi memoria y de mi corazón.

viernes, 24 de julio de 2009

Lo importante es seguir en esto

Después de tres lustros por lo menos, he vuelto a escuchar la frase que despedía cada sábado el programa ‘Rock y algo más’, de CMKX, Radio Bayamo. Corrían los primeros años de la década de los noventas y recién estrenado como reportero en esa emisora del oriente cubano, era asiduo en la audiencia del espacio que tenía seguidores principalmente entre los jóvenes amantes de ese género musical.
Yo tenía otro motivo para no perderme una audición: había entablado una gran amistad con Edilberto Rodríguez, su realizador, quien a pesar de su juventud era metodólogo provincial de Inglés, especialidad de la que se graduó en el Instituto Superior Pedagógico ‘Blas Roca’, de Manzanillo.
(EDILBERTO RODRIGUEZ EN LA ACTUALIDAD, CON SU ESPOSA PATRICIA)
A pesar de los avatares económicos y políticos que oscurecían el panorama insular, resultaba una época en la que todavía podíamos soñar. Teníamos poco más de 20 años, las ansias por realizarnos profesionalmente signaban nuestros pasos.
Y si bien la radio era el medio en el que hacía mis pinitos periodísticos, para Edilberto era un hobby al que dedicaba sus mejores momentos. Él creció en los estudios de grabación de RB: el padre, de igual nombre, era un veterano y respetado operador de sonido. Su incursión en ‘Rock y algo más’ comenzó cuando aun era estudiante.
Rock-dríguez, como transformó su apellido, lograba en cada emisión un cálido encuentro con los oyentes, pues además de poseer una atractiva y amistosa voz, prodigaba música e información valiosas. Todo realzado por un diseño sonoro que nadie más lograba.
Pero el ímpetu que le propiciaba compartir su tiempo entre la labor en la dirección provincial de Educación y la radio, fue el que le permitió no estancarse en esa fase de su trayectoria. Entonces lo vimos abandonar todo y convertirse en animador turístico. Después nos despedimos, porque su matrimonio con una canadiense le abrió las puertas del gigante norteño.
(FOTO DE EPOCA: EN LA CASA DE SACO # 1, BAYAMO, CUBA, DONDE VIVIA LA FAMILIA RODRIGUEZ, EN EL PRIMER LUSTRO DE LOS NOVENTAS. DE IZQUIERDA A DERECHA: YO, EDILBERTO Y ENMANUEL CASTELLS, GRAN AMIGO COMUN)

“Lo importante es seguir en esto”, me dijo ayer por teléfono al cabo de unos 14 años sin apenas comunicarnos y tener noticias el uno del otro. De golpe mi mente me devolvió los gratos recuerdos de nuestra amistad y me sentí halagado por estas vueltas impensables que da la vida.
Yo que no soy amante de las redes sociales de Internet, a pesar de participar eventualmente en ellas, esta vez debo aceptar que nuestro reencuentro ha sido gracias a Facebook.

martes, 21 de julio de 2009

El retorno de Reinaldo López a la esgrima

El incipiente retorno del esgrimista cubano Reinaldo López al deporte activo, fue coronado recientemente con el sexto lugar en la segunda división del florete masculino, en el 2009 US Fencing Summer Championship, celebrado en Grapevine, Texas.
Esta fue la conclusión de un ciclo iniciado en octubre, que le permitió enrolarse en las lides estadounidenses de una especialidad que practicó en Cuba desde que apenas era un niño de 11 años y durante más de un década.
Llevaba alejado del entrenamiento y las competencias 12 años, cuando se insertó como asistente de coach en la Heartland Fencing Academy, de Overland Park, Kansas, donde a la vez retomó la preparación como floretista y espadachín.
Desde su debut en el HFA Fall Open, en octubre de 2008, hasta el presente, ha intervenido en seis competencias y acumulado nueve medallas, resultados superiores a los que obtuvo en Cuba.
El pase a la discusión de los primeros puestos en el 2009 US Fencing Summer Championship, le fue impedido por una lesión en un tobillo que lo sacó de la contienda donde participaban 151 atletas de todos los estados de Norteamérica.
Su aspiración es formar parte del equipo USA. En el próximo ciclo competitivo, que iniciará en el otoño, espera participar en mayor cantidad de eventos y ser más asiduo en lo más alto del podio de premiaciones.
Oriundo de la ciudad de Matanzas, Reinaldo llegó a Kansas City, Missouri, en 2001, gracias al programa de refugiados políticos del gobierno de los Estados Unidos.
Datos suyos pueden ser encontrados en http://www.heartlandfencing.com/ y http://www.usfencing.org/

sábado, 18 de julio de 2009

Show automovilístico

Una breve visita a la ciudad de Chillicothe, Missouri, a unas dos horas al noroeste de Kansas City, me permitió disfrutar del show automovilístico anual, que tiene lugar allí cada verano.
Más de un centenar de carros de diferentes épocas, atrajo la atención de los curiosos, divertidos por la variedad de modelos y admirados por el cuidado que le brindan sus propietarios. En conversación con Micky Ralls, ganador de unos de los primeros puestos de la competencia, supe de su dedicación durante cuatro años para dejar como nueva su camioneta, una pick-up Chevrolet 1953.
Recientemente Ralls se alzó con el primer lugar en una presentación similar realizada en Trenton, la ciudad donde vive. Y no es para menos, su “obra de arte” parece acabada de salir de la fábrica, como muchas otras de las que pude apreciar en el desfile.
Mientras tomaba fotos, recordaba los automóviles americanos de antes de 1959, que todavía ruedan por las carreteras cubanas y no precisamente como carros de colección o lujo, sino en función de resolver la precariedad del transporte.
Un detalle final: fundada en 1855 y ubicada en el condado de Livingston, Chillicothe tiene una población de ocho mil 968 personas, conforme al censo del año 2000. Su nombre lo debe a una expresión de los indios Shawnee, habitantes originales de la región, que quiere decir “Gran pueblo donde vivimos… nuestro gran pueblo”, y era pronunciada mas o menos así: “Chil li coth’ ee”.

martes, 7 de julio de 2009

¡Avanti, Honduras!

“¡Baño de sangre! ¡Baño de sangre…!”, graznó el cuervo venezolano. El saldo: dos muertos y todo listo para comenzar el diálogo. Por primera vez en la historia, que yo recuerde, Honduras es el protagonista del interminable culebrón del devenir político latinoamericano.
Pero en buena hora. Aunque los torquemadas internacionales lo condenan a la hoguera, finalmente un país se reveló contra la moda de los caudillos regionales, quienes se valen de la democracia para llegar a la silla presidencial, y de inmediato se arrogan el derecho de pisotearla con el afán de perpetuarse en el poder, dizque en nombre del pueblo.
Es curioso, mientras Zelaya al estilo de su tutor Chávez y sus condiscípulos del área, hacía presión para reelegirse, sin importarle la violación constitucional, nadie emitió la mínima palabra. Pasivos, todos miraban y de seguro alguno que otro se frotaba las manos, y no faltaría el que le hiciera una llamadita telefónica para alentarlo, a fin de cuentas ya tenía el visto bueno del gran patriarca asentado en La Habana.
En cambio, cuando los hondureños decidieron que su pedazo de tierra no era Cuba ni Venezuela, y a su modo cortaron la mala hierba, unánimes los defensores de la democracia se levantaron para censurar, sancionar, expulsar, excluir.
Esta fue una emocionante escena en la que se abrazaron los eternos enemigos y hasta tuvo su detalle cómico: los Estados Unidos que levantaba su dedo acusador junto a las naciones democráticas de la región (léase Cuba, Venezuela, Ecuador, Bolivia…), recibía al mismo tiempo la acusación de urdir los sucesos. El buenazo de Evo siempre de más sobresaliente.
Por primera vez desde que tengo conciencia política, me veo en la obligación de aceptar las palabras de Fidel Castro: la OEA no pone una. Todavía con el rostro enrojecido por el bochorno que le hizo pasar Cuba al no aceptar su readmisión, aun cuando le rogaron que lo hiciera, corre a hacer el papelazo.
Insulza, tan ocupado en defender la democracia hondureña, no ha tenido tiempo para escuchar el reclamo del alcalde de Caracas, que desde la sede venezolana de la organización, lleva varios días de ayuno para denunciar el abuso de poder de Chávez, quien de manera deliberada y flagrante lo ha despojado de sus funciones, a pesar de haber sido elegido democráticamente. ¿Acaso temerá que en otro Aló Presidente vuelvan a llamarlo “insulso”?
¿Cuántos de los que se pronunciaron horrorizados por la muerte de los manifestantes hondureños, lo hicieron por la masacre dominical en la región china de Xinjiang? Y no es que el hecho de que hayan sido solamente dos las víctimas en el aeropuerto de Tegucigalpa, reste importancia al suceso; sin embargo, no hay que ser tan hipócrita o, por lo menos, practicarla con cierta discreción.
Y qué decir de la comparsa preparada para el regreso de Zelaya. ¿Sería que los presidentes de Ecuador, Argentina y Paraguay, no tenían nada que hacer en sus respectivos países que podían dedicarse a secundar al envalentonado, quien en su desespero no paró la carrera hasta la oficina de Clinton en Washington? Por cierto, qué pensarán de él ahora sus amiguitos de Latinoamérica, tan reacios a admitir a Norteamérica en su círculo íntimo.
Al cabo de poco más de una semana de crisis, la mesa de diálogo está puesta en Costa Rica, con Oscar Arias, presidente y Premio Nobel de la Paz, como mediador. Si me correspondiera escribir el final de este capítulo de nuestra historia, a pesar de sus pataletas Zelaya no volvía a la oficina presidencial, y Honduras era elevada ante los ojos de los latinoamericanos como ejemplo de lo que se debe hacer a los bravucones que por ahí pululan.

sábado, 27 de junio de 2009

Arrastrado por la marea

Hubiese preferido escribir sobre mi visita a la Estación vieja del ferrocarril de Kansas City, convertida en un excelente lugar de esparcimiento para niños y adolescentes; o sobre las altas temperaturas que me agobian como si nunca hubiese vivido en el trópico, y provocan fuertes tormentas al anochecer; o sobre la situación política de Honduras, donde otro presidente elegido democráticamente hace fuerza para acuchillar la democracia; o sobre…
Pero al cabo me dejo vencer por la marea informativa del fin de semana: la muerte de Michael Jackson, ocurrida el pasado jueves por un paro cardiaco en Los Ángeles, copa los titulares de todos los medios de comunicación, que tejen los entramados de uno de los grandes mitos de los finales del siglo XX y principios del XXI.
Pude haber tomado la primicia y convertirme en uno de los millones de terrícolas que el reciente 25 de junio se apuraron en repetir la noticia. A las cuatro de la tarde cuando salí del trabajo, la televisión todavía homenajeaba a Farrah Fawcett, actriz de Hollywood fallecida ese mismo día luego de una batalla campal contra el cáncer. Mi mente, en tanto, se centraba en el recuerdo de mi buen amigo Llabier que celebraba su cumpleaños treinta y pico en Cuba.
Sin embargo, poco a poco fue apoderándose del éter la noticia, de modo que pronto me vi atrapado, como casi todo el mundo, en la avalancha noticiosa acerca de un hombre que hizo del excentricismo su estilo de vida. Incrédulo, al principio pensé que se trataba de otra de sus campañas publicitarias, que es decir otra de las tomaduras de pelo a las que nos tienen acostumbrados los famosos, ávidos por ocupar los primeros sitios en los rating de popularidad.
De pronto no se habló de nada más y tuve que aceptarlo: no había nueva oportunidad para alguien que cosechó y derrochó incalculable cantidad de dólares y, sin embargo, no logró atrapar la felicidad. De niño, cuentan, fue víctima del padre que supo explotar el filón musical de sus talentosos hijos, en especial del menor de los varones. De adulto, sabemos, fue víctima de él mismo.
¿Cuáles serían sus últimos pensamientos? ¿Estarían dirigidos a Dios, a sus hijos, a los fans que esperaban reencontrarlo en Londres en julio, a sus acreedores que le recordaban su inmensa deuda, o como Fidel Castro cuando en el verano de 2006 fue sometido a una urgente intervención quirúrgica solo se preocupaba por arreglar detalles de su biografía?
Nunca sabremos, aunque a lo mejor más adelante aparezca un conmovedor relato al respecto. Tal vez no tuvo tiempo para nada, o en su vanidad solo atinó a retocarse un poco el maquillaje y acomodar el mechón rebelde de la frente.
En una interesante entrada publicada por elmundo.es bajo el título de “Fagocitados por el éxito”, aparece una nómina de individuos que en su momento revolucionaron la música y murieron prematura y trágicamente. Entre ellos Elvis Presley (sobredosis de droga y alcohol, 42 años), Kurt Cobain (suicidio, 27), Jimi Hendrix (sobredosis, 27), Janis Joplin (sobredosis, 21), Ian Curtis (suicidio, 21).
Todos, incluido el autor de “Thriller”, tuvieron en común el acceso temprano a la fama y el meteórico ascenso a la terrible categoría de ídolos de multitudes. En cambio, ninguno como Jackson retó a Dios: sus frustrados esfuerzos por cambiar de raza, su megalomanía que lo hizo creerse un mesías, la habilidad para manipular a su antojo a las masas...
Una parábola usada por Jesucristo (S. Lucas 12:16-21) habla acerca de un hombre rico que luego de haber crecido desmesuradamente en bienes materiales, dice a su propia alma: “Alma, muchos bienes tienes guardados para muchos años; repósate, come, bebe, regocíjate”. A continuación la Palabra recoge la respuesta de Dios: “Necio, esta noche vienen a pedirte tu alma; y lo que has provisto, ¿de quién será?”.