sábado, 5 de septiembre de 2009

Three years ago…

Hace tres años llegué a los Estados Unidos. Fue al anochecer del 5 de septiembre (martes) cuando crucé la frontera que separa las ciudades de Matamoros y Brownsville. No recuerdo si la temperatura era cálida, solo que llevaba dos días sin apenas comer. Me habían retenido al amanecer del 4 (lunes), cuando me acercaba en bus a la localidad fronteriza mexicana, procedente del D.F., adonde había arribado por vía aérea 24 horas antes.
En las oficinas de migración me interrogaron incansablemente, pretendían una confesión de cuál era mi propósito al llegar allí en tan poco tiempo. Conociendo de antemano el negocio existente con los cubanos que seguían la “ruta azteca”, me resistí a decirles mi objetivo. Por la misericordia de Dios, a quien no dejé de invocar un instante, al final de la segunda jornada me dejaron en libertad. Aun en ese momento el oficial a cargo de mi caso me insistió que si quería cruzar la frontera podía hacerlo. Por precaución le aseguré que me volvería a la capital de inmediato.
Dos quarters de dollar me abrieron la puerta giratoria de entrada al pequeño puente que me condujo hasta la caseta en suelo estadounidense. El trato de este lado fue diferente. La entrevista, la foto y las marcas de las huellas digitales, formaron parte del rigor necesario para completar mi documentación. En menos de una hora tenía en mis manos una parole y otros papeles que debía presentar en las oficinas de migración de Kansas City, MO, mi destino.
La travesía de casi 30 horas desde Brownsville hasta KC, la hice en la línea de bus Greyhound, con una pequeña oficina dirigida por cubanos en la localidad fronteriza. No puedo recordar el aspecto físico del manager de la instalación, sin embargo el breve diálogo que sostuvimos se mantiene fresco en mi memoria:
-¿Acabas de cruzar la frontera?- me preguntó.
-Sí- le respondí desconfiado, a pesar de la buena atención que me habían dado, permitiéndome usar el teléfono para comunicarme con las amistades que me recibirían en KC, y ayudándome a obtener el boleto del viaje.
-¿Entonces ya lograste escapar de Fidel Castro?- volvió a preguntarme, esta vez con una sonrisa en los labios.
-Sí- le dije nuevamente.
-Eso te crees –me ripostó-, en cuanto comiences a trabajar y a mandarle dinero a tu familia, volverás a caer en sus manos…
Tampoco tengo memoria exacta del itinerario de la travesía, solo que en la mañana del 6 (miércoles) permanecí alrededor de tres horas en Houston, donde me enamoré a primera vista de esa urbe, la que pude visitar otra vez en octubre de 2008. A KC llegué a las 5:30 am del 7 (jueves), como únicas pertenencias traía la ropa con que vestía, el estuche de los espejuelos, un peine pequeño, un cepillo de dientes y la documentación que había recibido en la frontera. Nada más.
A pesar de la tensión de esos días y del recorrido tan extenso, disfruté el viaje. Cuando miraba los hermosos paisajes urbanos y rurales, me preguntaba si aquello era realidad. Un detalle me impactó mucho: la cantidad de iglesias cristianas de diferentes denominaciones a la orilla de las carreteras, a veces una frente a la otra o en la esquina siguiente. Eso me dio la seguridad de haber llegado a un país guardado por el Señor.

2 comentarios:

  1. Gracias por decidirte a contar tu travesía. Estábamos aún en Cuba cuando nos enteramos de todo por un correo electronico que nos enviaste. Lo importante es primero dar ese paso y luego sostener frescas en la memoria las razones por las cuales debimos hacerlo. Esto último es lo que al parecer le cuesta más trabajo a muchos. En cuanto a lo que te dijo el funcionario, no dejo de reconocer que tiene algo de razón. Los cubanos estamos entrampados en ese dilema al dejar atrás a nuestros seres queridos. Recuerdo una ácida, pero real frase de Néstor Díaz de Villegas: Miami (y el exilio por extensión) es una factoría de Fidel Castro.

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  2. Carlitos... la verdad es que por mas vueltas que le doy al asunto no acabo de entender...
    para que tu traias un peine???

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