martes, 24 de abril de 2018

Cara a cara con mi amigo Jawahar

A Jawahar Almeida lo conozco hace alrededor de 25 años, pero apenas ahora nos hemos encontrado frente a frente y estrechado nuestras manos por primera vez. Nos hicimos amigos en la época en que escribir cartas y establecer amistades por correspondencia era habitual -algo que yo disfrutaba mucho, por cierto. No sé si entonces Internet y las redes sociales ya estaban en la mente de sus inventores tal y como las conocemos actualmente. Solo puedo dar testimonio de que yo era un joven recién graduado de Periodismo que me desempeñaba en una estación de radio, y él un novel marinero con pocos años de experiencia en barcos mercantes que surcaban las aguas del mar Caribe y no pocas veces tocaban puertos cubanos. Fue la afición suya por la radio, su anhelo por aprender español y el gusto por la música de la isla, lo que nos permitió conectarnos. A su paso cerca de Cuba solía (suele) captar la señal de diversas emisoras insulares y, entre ellas, la de CMKX Radio Bayamo, donde fui reportero entre 1993 y 1995. También era (es) su costumbre enviar cartas a esas estaciones, reportando su sintonía. De ese modo llegó a mis manos su dirección y le envié la primera misiva. Nuestras cartas tardaban mucho en llegar. Las que yo le mandaba viajaban a Goa, India, de donde es oriundo, y luego tenían que esperar a que él fuese de vacaciones para leerlas. Nuestro epistolario no fue muy amplio, en algún momento se interrumpió y no supimos más el uno del otro. Sin embargo, nunca olvidé su nombre. Y eso, precisamente, fue lo que me ayudó a reencontrarlo dos años atrás.
REENCUENTRO Más allá de los frecuentes escándalos en que se ha visto envuelta, Facebook es una excelente plataforma para encontrar y restaurar viejas y buenas amistades (También para establecer nuevas). No es mi experiencia única, he escuchado y leído historias conmovedoras sobre el tema. En este mismo blog publiqué con fecha 24 de julio de 2009, y con el título “Lo importante es seguir en esto”, el relato de la reconexión con mi caro amigo Edilberto Rodríguez, bayamés que reside en Canadá, y a quien conocí, precisamente, cuando trabajaba en Radio Bayamo. Es decir, en la misma época que a mi amigo marinero, lo único que no por correspondencia, sino en persona. Fue emocionante encontrar en la red social un muro a nombre de alguien con el nombre de Jawahar Almeida. La pregunta era si se trataba del mismo individuo. La página no tenía una fotografía personal, aunque de haberla tenido para mí hubiera sido lo mismo: nunca había visto una imagen suya. Tampoco había sido actualizada con frecuencia, sólo unas pocas publicaciones que me dieron a entender que el dueño no era adicto a pasearse por allí. A pesar de ello, le envié una solicitud de amistad. La aceptación llegó tiempo después, exactamente el 15 de febrero de 2016. De inmediato le pregunté por Messenger si era el mismo con quien yo había intercambiado en los ‘90, y para alegría mía la respuesta fue positiva. El también se alegró y me hizo saber que todavía conservaba mis cartas en su casa, en Goa. Incluso, recordaba uno de los temas que tratamos: la música. Desde entonces nos hemos mantenido en comunicación, especialmente durante los últimos tiempos. Así supe que desde hace varios años es capitán de barcos de la compañía norteamericana Dole, que se dedica a importar frutas frescas en Estados Unidos desde Centroamérica. Igualmente me hizo saber que seguía haciendo la travesía por el Caribe y, por ende, navegando por las cercanías de Cuba y escuchando sus emisoras radiales. Específicamente llevaba nueve años capitaneando el barco Dole Chile, con bandera de Nassau, que hace la travesía de Costa Rica a Port of Wilmington, Delaware, cada dos semanas. Y digo “llevaba”, porque el domingo, 8 de abril, cuando nos conocimos cara a cara en ese puerto de la costa este estadounidense, era su penúltima jornada -por lo pronto- en esa embarcación. En estos días ejerce como capitán del Dole Atlantic, otro barco de la misma compañía, que realiza su trabajo desde Guayaquil, Ecuador, hasta San Diego, California, por el Océano Pacífico.
PORT OF WILMINGTON, DELAWARE La idea de encontrarnos en Port of Wilmington estaba latente desde varios meses atrás. En verdad, yo ansiaba conocer en persona a este viejo amigo. A principios de este año, luego de su regreso de las vacaciones de Navidad y Año Nuevo con su familia en Goa, concertamos la fecha, en coincidencia con mis vacaciones de primavera. Para mí sumaría, igualmente, la experiencia de realizar por primera vez un largo viaje manejando hacia una zona del país que desconocía. Y era el principio de la realización de otro sueño: recorrer por carretera esta grandiosa nación. Debo decir que si hay una herramienta valiosa que la era digital nos ha proporcionado, es Google Maps. Las más de 2 200 millas que recorrí de ida y vuelta, fueron bajo la guía de esta aplicación que en tiempo real y con exactitud me proporcionaba los datos necesarios. Mientras transitaba por la madeja de vías que me conducían a mi destino, me preguntaba si yo hubiera sido capaz de llegar sin esta orientación. Posiblemente me hubiera costado mucho trabajo y unos cuantos extravíos. El primer tramo de mi viaje fue de ocho horas, desde Kansas City, Missouri, hasta Louisville, Kentucky. Allí pasé la noche con unos amigos que son como mis sobrinos: Juan Carlos y Rodney están vinculados con mi familia desde su nacimiento. Conocí a Yenni y Elizabeth, sus respectivas esposas; así como a Jean Carlos y Caleb, sus pequeños niños. El compartir con ellos y el descanso fueron muy valiosos para continuar mi ruta. Esta no era mi primera visita a esa ciudad. Hace más de 11 años, acabado de llegar a Estados Unidos, fui invitado a pasar un par de semanas en la casa de mi querido amigo Yoel Castillo y su familia, a quienes no pude ver esta vez a pesar de intentarlo.
Gracias al clima cambiante que estamos experimentando esta primavera, partí de Louisville bajo una no muy abundante nevada que había comenzado desde la medianoche: la visibilidad era poca y las carreteras estaban mojadas y resbalosas. Por delante me quedaban 10 horas para llegar a mi destino. Las precipitaciones me acompañaron a lo largo del estado de Kentucky. Más allá no hubo más nieve, a no ser la acumulada a la orilla de la carretera y en las faldas de las montañas desde días anteriores. La nubosidad fue completa hasta Delaware, a ratos intensa, me hacía temer una tormenta. Amo el paisaje de este país: diverso, ampuloso, cambiante como una sucesión de postales. Valles, montañas, ríos, lagos, bosques. Verde, pardo, azul, blanco, gris. Hubiese querido tomar fotografías de ese admirable espectáculo que se sucedía delante de mis ojos a la velocidad de 80-100 millas por hora. Pero ante la disyuntiva de manejar con seguridad u ocuparme de la cámara fotográfica, me deslindé por lo primero. También es admirable la infraestructura de carreteras bien señalizadas, hoteles y estaciones de servicio. Pude haber parado a descansar en cualquier parte del trayecto, pero mi meta era llegar antes del anochecer, por lo que solo me detuve brevemente cada vez que era necesario poner gasolina al carro.
Con casi 73 mil habitantes -según Wikipedia-, Wilmington es la ciudad más poblada de Delaware, y su historia se remonta al siglo XVII. En realidad no tengo mucho que decir acerca de ella. El cansancio me abatía cuando llegué, poco después de las 6:00 pm, de modo que busqué un alojamiento y pasé la noche. Antes de dormirme salí a conseguir algo de comer, el botones del hotel me aconsejó no alejarme mucho y fui obediente. Era sábado, las calles que recorrí estaban desoladas, casi todos los locales cerrados, apenas algunos transeúntes y escaso tráfico, el frío seco y penetrante. El puerto es pequeño, situado en la confluencia de los ríos Christina y Delaware, a unas 65 millas del Océano Atlántico. Allí me encontré con mi amigo el domingo en la mañana. El sol radiante, el cielo azul con pocas nubes, el frío intensificado por la brisa. El Dole Chile, de color beige, aparcado al espigón, había arribado el día anterior. Las grúas descargaban los contenedores llenos de bananos procedentes de las plantaciones de Costa Rica.
JAWAHAR ALMEIDA Me recibió con sencillez en el puesto de mando del barco y me condujo de inmediato a la sala de visitantes. Menos corpulento de lo que imaginaba, más bien delgado, no muy expresivo. Compartimos durante cuatro horas. Si tuviera que usar un adjetivo para calificarlo, no dudaría en escoger humilde. Realmente quedé tan impresionado por su humildad, como por su inteligencia y sabiduría que desbordan en su plática sin altisonancias, pero siempre precisa y con algo interesante que expresar. Conversamos en inglés y en español. Además de estos dos idiomas, domina el hindi, el portugués y el kokani, el dialecto local de su ciudad. El portugués lo aprendió de sus padres y abuelos, Goa fue colonia de Portugal desde el siglo XVI hasta el XX. El español, de sus colegas hispanos y de las estaciones radiales que ha escuchado a lo largo de 30 años como marinero en países latinoamericanos. Su aspiración, según me comentó, es hablarlo a la perfección, y está a punto de lograrlo, aun cuando nunca ha asistido a una escuela o tomado un curso especializado en esta lengua. Le expresé mi deseo de colaborar con él en la escritura de un libro o dos sobre su experiencia profesional y de vida. Más bien se lo reiteré, pues ya habíamos tratado el tema en nuestro chat de Messenger. Supe entonces que su difunto padre fue el primero en sugerirle que compartiera sus memorias de esa forma. Tiene mucho que contar: en el tema de la marinería es una enciclopedia, también como radio aficionado. Tanto conocimiento, adquirido y enriquecido por sus tres décadas de navegación, es digno de documentar. En dos años más planea retirarse, su sueño es dedicarse a tiempo completo a su esposa y a su hijo, quien es un gracioso adolescente sin atracción por el mar, según me dijo. Un hombre con sus valores, cualidades, juventud y sabiduría, sin dudas tiene mucho por hacer. Se convertirá en un 'marinero en tierra': "En sueños, la marejada / me tira del corazón" (R. Alberti).
REGRESO A CASA Pude haber pasado más tiempo en el Dole Chile, con mi amigo. Aunque con muchas cosas por hacer -“en el puerto no se descansa”, me dijo-, dedicó ese domingo para compartir conmigo. Pero preferí no pasar la noche en Wilmington y emprendí el regreso antes de que el sol se ocultara. En la salida del puerto miré de lejos el barco majestuoso sobre las apacibles aguas del Christina River. Esta vez Google Maps me trazó una ruta diferente y, por lo menos, una hora más corta. Nuevamente ante mis ojos la grandeza de un paisaje domado por el hombre: las montañas atravesadas por túneles, la zigzagueante carretera, la primavera rezagada o el invierno prolongado… El sol de frente, molestia en los ojos, y no obstante pidiéndole a Dios que realizara el milagro de detenerlo e impidiera la llegada de la noche, !no quería hacer parada! Petición no concedida. Manejé unas tres horas en la noche cerrada por una vía que no cesaba de hacer curvas, de subir y bajar, de tener advertencias de peligro (especialmente me preocupaba la posibilidad de venados). Casi sin resuello, finalmente decidí pasar la noche en una pequeña ciudad de Ohio. Y a la mañana siguiente, de nuevo la sorpresa de la nieve, la cual no pasó de una plumilla ni se prolongó más allá de ese estado. Las últimas 10 horas fueron casi sin detenerme hasta la casa. Esa noche dormí como un lirón.
EPÍLOGO Difícilmente olvide esta hermosa experiencia, la cual he dado en llamar “el viaje de las primeras veces”. Fue la primera vez que compartí en persona con mi amigo Jawahar, motivo principal del viaje. Pero, asimismo, fue la primera vez que atravesé la mitad de los Estados Unidos en carro y yo al volante; la primera vez que fui a la costa este; la primera vez que subí a un barco y lo exploré; la primera vez que manejé durante la noche por lugares desconocidos por completo para mí; la primera vez que me hospedé en hoteles en este país… Gracias a Dios por todas estas primeras veces y, en especial, por ser mi fiel compañero de viaje.

viernes, 9 de febrero de 2018

Jefté: impetuoso, insensato y fiel

Muchos de los héroes de la Biblia son las delicias de los predicadores para presentarlos como anti-héroes. Razones de sobra tienen, pues en algunos sus actos negativos llaman demasiado la atención y son propicios para ilustrar lo que no debemos hacer. Creo que el Señor lo permitió de ese modo para mostrarnos las flaquezas y grandezas que habitan en nosotros los hombres, aún en aquellos con un llamado especial de parte Suya. Podría citar a unos cuantos, como Sansón, en el Antiguo Testamento, y Pedro, en el Nuevo Testamento, quizá los más vilipendiados. Sin embargo, por esta vez quiero detenerme en la figura de Jefté, uno de los 16 jueces levantados por Jehová como líderes de Israel antes del inicio de la monarquía (Los estudiosos difieren un tanto en el número, pero opto por este teniendo en cuenta a Barac, quien lideró junto con Débora; a Elí, quien según 1 Samuel 4:18 juzgó a Israel durante 40 años; y a Samuel, el último, quien además fue sacerdote y profeta, y le correspondió supervisar la transición a la etapa de los reyes). A Jefté la Palabra le dedica un capítulo y medio (Jueces 11:1-12:7) y, además, es recordado en 1 Samuel 11:12, e incluido en el llamado Salón de la fama de la fe de la Epístola a los Hebreos (11:32). Según el Diccionario Bíblico, su nombre significa “él abrirá, libertará”, que teniendo en cuenta la importancia del significado de los nombres en la Biblia, se corresponde exactamente con su papel en la historia israelita. La biografía de este “esforzado y valeroso” es digna de un drama cinematográfico. Hijo de un hombre de familia con una prostituta, lo cual le ganó el rechazo de la sociedad; expulsado del hogar por los medio hermanos, quienes no estaban dispuestos a compartir la herencia con un bastardo; convertido en una especie de forajido, tal vez un Robin Hood que ganó popularidad por sus actos, y a quien se unieron muchos desplazados de las ciudades de Galaad; llamado por sus escarnecedores cuando se vieron en apuros para pelear en contra de los amonitas; guerrero feroz con quien estaba el Espíritu de Dios y, por ende, vencedor. Jefté fue juez por seis años, tiempo durante el cual, además de derrotar y mantener a raya a los invasores, peleó en contra de sus hermanos de Efraín, quienes después de la victoria sobre los hijos de Amón fueron a reclamarle por no invitarlos a la contienda, supuestamente. Mas, la gran polémica alrededor de este varón se centra en el voto que hizo delante de Dios para que lo ayudara a vencer a los enemigos. En Jueces 11:30, 31, dice específicamente: “Y Jefté hizo voto a Jehová, diciendo: Si entregares a los amonitas en mis manos, cualquiera que saliere de las puertas de mi casa a recibirme, cuando regrese victorioso de los amonitas, será de Jehová, y lo ofreceré en holocausto”. Los conocedores de este pasaje sabemos lo que ocurrió luego: la alegría por el triunfo se trastocó en tristeza para el valiente, pues la primera en salir a recibirlo fue su única y amada hija. “Y cuando él la vio, rompió sus vestidos, diciendo: ¡Ay, hija mía! en verdad me has abatido, y tú misma has venido a ser causa de mi dolor; porque le he dado palabra a Jehová, y no podré retractarme” (v. 35). Hacer votos delante de Dios era algo normal para los israelitas. Entre muchos ejemplos podemos citar el de Jacob en Bet-el, quien en su huida de la casa familiar, a causa de la enemistad con su hermano Esaú, prometió adorar solamente a Jehová y darle el diezmo de todas sus riquezas, si el Señor lo guardaba y lo prosperaba en el lugar a donde iba y si lo ayudaba a regresar a la tierra de sus padres (Gen. 28:18-22). También el de Ana, quien oró a Dios prometiéndole su primogénito si le concedía tener descendencia (1 S 1:11). Pero el voto de Jefté se destaca por la ligereza e insensatez con que lo hizo. No he leído ningún estudio acerca de su personalidad a partir de estudios espirituales contemporáneos. Sin embargo, un especialista en Consejería cristiana podría determinar con facilidad las raíces de rechazo que vulneraron la vida del héroe. Las circunstancias de su nacimiento (hijo bastardo con una prostituta), el vivir en medio de una familia que no lo amaba (el relato bíblico no lo especifica, pero debió ser dura su vida con una madrastra que a todas luces no lo aceptó como hijo, y con hermanos que siempre lo vieron como a un extraño), el pertenecer a una sociedad estricta en cuanto a los linajes. Todo ello condicionó su actuar posterior: el irse a las montañas y convertirse en cabecilla de una banda de individuos fuera de la ley (algo similar ocurrió con David cuando huyó de Saúl), su inseguridad y desconfianza cuando fue llamado por los ancianos para que comandara al ejército galaadita, el voto innecesario e insensato que hizo delante de Dios. Esto describe una personalidad valiente, arrojada, atrevida, pero del mismo modo insegura, necesitada de aceptación y de amor. Existen múltiples estudios y conclusiones que tratan de discernir si finalmente Jefté entregó a su hija en holocausto a Jehová, algo que estaba en contra de la Ley, por ende desagradable al Señor, y que lo igualaría a los adoradores de dioses paganos que demandaban sacrificios humanos; o si la dedicó al servicio perpetuo de Dios en el tabernáculo, una práctica de aquellos tiempos que quizá haya sido fuente de inspiración de los monjes, obligándola a conservar su virginidad toda la vida. Personalmente me inclino por lo segundo, el Espíritu no puede estar con quienes transgreden lo establecido por Dios, como afirman los defensores de esta tesis. Y muestra de que nunca lo abandonó fue que después de la derrota de los amonitas, continuó cosechando victorias y mantuvo la autoridad en Galaad hasta su muerte. Para los predicadores de la súper fe, abundantes en estos días, Jefté podría ser algo así como un lactante. A veces la mente humana no está preparada para asimilar que los héroes, aún los bíblicos, también sufren debilidades dada su humana naturaleza. Una revisión de las Escrituras nos haría caer en esa cuenta y, de paso, nos ayudaría a desechar el pensamiento inoculado por la cultura de los súper héroes en la que hemos sido formados. ¿Qué creyente en momentos de grandes decisiones -y de pequeñas- no se ha presentado delante de Dios buscando una confirmación? Incluso, están los que aman imitar a Gedeón, otro de los famosos jueces israelitas, quien se sobrepuso a su baja autoestima poniendo vellones al Señor. ¿Y cuántas veces hacemos votos o promesas al Altísimo recabando Su aprobación y respaldo? Aunque parezca contradictorio, reitero, Jefté fue agradable a Dios con lo que hizo. Su aprobación no se sustentó en la ligereza de sus labios en medio de un momento emocionalmente muy fuerte. Por su boca salieron palabras generadas en el alma y no en el espíritu. Sin embargo, El Que Todo Lo Sabe conocía de antemano su corazón y sabía que la convicción de fe y el temor hacia Él estaban tan arraigados en este varón, que si aún era su propia hija -tal vez la única persona que lo amaba auténticamente- la primera en salir por la puerta de su casa al regresar victorioso, no dudaría en cumplir su voto. Esta historia donde se mezclan la fe y el compromiso con el Señor, con la falta de entendimiento y la ligereza a la hora de hablar, tiene para nosotros varias enseñanzas esenciales. Algunas de estas son: 1) Los escogidos de Dios no necesariamente nacen en cunas de oro ni crecen en familias modelos. 2) Todo lo que vivimos tiene un propósito en el llamado que Dios tiene para nosotros, aún aquellos sucesos que preferiríamos no haber experimentado. 3) No importan las artimañas y trampas del diablo para distraernos y alejarnos del propósito de Dios, el Señor es Todopoderoso para hacer que se cumpla aquello para lo cual nos hizo venir a esta tierra (Los exorcizadores de hoy día podrían objetar que Jefté no estaba listo para ejercer su ministerio hasta que no fuese liberado del espíritu de rechazo). 4) El tiempo de Dios es diferente al tiempo de los hombres, y Él siempre hará que todo ocurra en el momento preciso, sin adelantarse ni atrasarse. 5) No importa la reputación social de la persona, el Señor puede valerse incluso de eso para glorificar Su nombre. 6) Dios conoce nuestros corazones y sabe cuando le somos verdaderamente fieles y estamos dispuestos a cumplir nuestros votos y pactos con Él, a pesar de que ello se traduzca en dolor para nosotros mismos. 7) Cuando prometemos a Dios debemos cumplir, pues Él toma en serio nuestras palabras, y así como cumple Sus promesas, espera que cumplamos las nuestras. 8) Resulta sumamente importante meditar nuestras palabras antes de expresarlas, no podemos dejarnos arrastrar por las emociones o por las circunstancias. 9) !DIOS RECOMPENSA A LOS FIELES!

lunes, 22 de octubre de 2012

Reconocer la voz de Dios

Muchas cosas había vivido Abraham a lo largo de sus cien años de vida. Sus ojos habían escudriñado minuciosamente el mundo y sus pies recorrido miles de millas a lo largo de la tierra conocida entonces. Pero de todo lo más impactante, quizá, fue procrear un hijo con su también centenaria esposa Sara, quien lo acompañaba desde la juventud. Ya ninguno de los dos esperaba que la matriz de la mujer fuera abierta cuando nació Isaac, ese muchacho que encontró a sus padres en la última etapa de sus existencias, y, no obstante, vigorosos y con capacidad de emoción por la inocencia de su sonrisa. A lo mejor ambos ancianos creyeron que con el nacimiento del chico había llegado la añorada tranquilidad hogareña. La Biblia no lo consigna; sin embargo, tal vez ellos pensaron que a partir de ese momento todo se resumiría en ver crecer al vástago hasta convertirse en un hombre de bien y nada más. A fin de cuentas, el camino andado hasta ese momento era suficiente para que el “Padre de multitudes” recibiera también el apelativo de “Padre de la fe”. Los planes de Dios, por el contrario, eran otros: Abraham todavía tenía que demostrar la autenticidad de su fe y de ese modo marcar para la eternidad las generaciones que prefiguradas en Isaac salieron de sus lomos. Las Escrituras están llenas de situaciones dramáticas, a pesar de que la mayoría de las veces no somos capaces de notarlo por nuestras metódicas e insulsas lecturas. Mas, me atrevo a asegurar que ningún pasaje tiene mayor contenido emotivo que aquellos dos, conectados entre sí, en que como un cordero de sacrificio el Hijo es llevado al altar por el Padre. Alrededor de dos mil años antes de la muerte de Jesucristo en la cruz del Calvario, Abraham e Isaac vivieron en carne propia la intensa batalla espiritual librada en los cielos y la tierra, cuyo fin primordial era redimir a la raza humana del pecado y abrirle la puerta de acceso a la eternidad. El capítulo 22 de Génesis amerita una lectura detenida, reflexiva, reverente. En apenas 18 versículos el Espíritu Santo revela la profundidad y grandeza del pensamiento divino. Más allá de una impactante historia de un padre y un hijo obedientes, sumisos, íntegros y todo lo que se quiera agregar en elogio de Abraham e Isaac, se trata de una abierta exposición del amor del Altísimo por nosotros. Pero, definitivamente, este hecho no hubiese tenido lugar sin ese hombre cuyo oído estaba adiestrado para escuchar la voz de Dios. Si lográramos un análisis de la curva dramática de los más de 10 capítulos que Génesis dedica a Abraham, podríamos concluir que el punto máximo lo alcanza, precisamente, el pasaje donde el amigo de Jehová lleva a su hijo al Monte Moriah. Podríamos entender, entonces, que todo lo narrado acerca de él, con anterioridad, tiene un propósito primordial: mostrarnos el proceso de preparación para ese momento cumbre. Proceso que es también el seguido en la maduración de su trato con el Señor. A veces nos preguntamos cómo Abraham pudo asegurarse que quien le estaba pidiendo al vástago de la promesa en sacrificio, era el mismo que se lo había dado. ¿No era acaso un sinsentido haberlo ilusionado en su vejez avanzada con un hijo al que tal vez ya no aspiraba, para luego arrebatárselo siendo aquel apenas un adolescente? ¿Por qué derramar la sangre de Isaac, si el anciano podía ofrecerle con gusto los corderos limpios y sanos que desease? Cuántas interrogantes que apuntan a la rebeldía, en la mente de alguien que no está acostumbrado a escuchar la voz de Dios y a platicar con El hasta el punto de influir en Sus decisiones. A pesar de que la petición divina escapaba al entendimiento humano, la Biblia no consigna la mínima duda de parte de Abraham a la hora de obedecer. El simplemente hizo los preparativos para el viaje, tomó camino junto a su comitiva, y cuando curioso y escéptico Isaac le preguntó, respondió con la ternura del padre enfrentado a una situación extrema y con la sabiduría que emana de la fe auténtica en quien lo había enviado: “Dios se proveerá de cordero para el holocausto, hijo mío”. El Señor sabia con quien trataba. Tantos años de entrenamiento no habían sido en vano. Atrás había quedado aquella historia de Egipto, cuando pudo más la picaresca para conservar la vida, que el celo por la esposa y que la esperanza de una intervención de quien lo había mandado a salir de su casa y parentela. Incluso, ya había sido zanjado el caos hogareño creado con el nacimiento de Ismael y las fallidas relaciones entre Sara y Agar. Dios sabia quien era Abraham, conocía su corazón, tenía la certeza de que podía pedirle lo más preciado de su vida. Por su parte, el hombre reconocía el timbre de la voz divina con facilidad. No podía haber equivoco al cabo de tantos años de relación fructífera. Si había sido capaz de identificarla y obedecerla cuando habitaba en Ur de los Caldeos, cuanto más en ese tiempo en que eran usuales sus conversaciones, al extremo de sentirse el Señor en la obligación de descubrirle Sus planes para con Sodoma y Gomorra, actitud propia de amigos entrañables. No había error, era Jehová quien le decía: “Toma ahora tu hijo, tu único, Isaac, a quien amas, y vete a tierra de Moriah, y ofrécelo allí en holocausto sobre uno de los montes que yo te diré”. El de Abraham no es el único caso de un escogido que sabe identificar la voz de Dios. Las Escrituras están llenas de ejemplos, como el de Moisés, Samuel, David, los profetas. Pero todos, a pesar de vivir en épocas diferentes y tener roles disímiles en el plan divino, poseen un denominador común: la fe cimentada y edificada en una relación íntima con el Señor. El mismo Jesucristo sostuvo Su ministerio terrenal sobre esa base. Sus enseñanzas, señales y milagros tenían lugar después de largas noches de oración intensa y desgarrada. De ahí que nunca hiciese nada fuera de la expresa voluntad del Padre: “Mi comida es que haga la voluntad del que me envió, y que acabe Su obra”, dijo a Sus discípulos. Con toda confianza y autoridad, Jesús expresó Su unidad con el Padre, y al declararse como El Buen Pastor, aseguró: “Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen”. De modo que el único modo de seguir y darnos a conocer con el que nos guía, es oyendo Su voz. ¿Y cómo vamos a oír y obedecer a nuestro Señor, sino es en una vida de plena comunión con Él? He ahí el secreto de Abraham y de los demás hombres de Dios, quienes dejaron de ser personas comunes cuando aprendieron a identificar la voz del que los llamó.

lunes, 16 de julio de 2012

Efecto Bumerán

Como una avalancha, que luego de arrancar desde la cumbre de la montaña no hay quien la detenga y cada vez se hace mayor, es el tráfico de mujeres y niñas con destino al comercio sexual. Las estadísticas hablan por sí solas y las fronteras son testigo del continuo fluir de esta mercancía codiciada por muchos. Ya sea por la complicidad de las autoridades o por la destreza de los traficantes para enmascarar su ilegalidad, cada vez son más las féminas que como parte del paisaje urbano ofrecen sus servicios. Las organizaciones feministas no se ponen de acuerdo. Unas proponen legalizar la prostitución, algo que sería como echarles un brazo sobre el hombro a los tratantes y proxenetas. Otras arremeten con odio en contra de los hombres, pretendiendo excluirlos de sus vidas, como si tal fuera una respuesta adecuada. Algunas consideran la urgencia de un cambio en el discurso socio-cultural, en pos de la modelación de una mentalidad renovada en las nuevas generaciones. Se habla del “efecto bumerán” por el feminismo a ultranza. Pero más allá de los foros, las discusiones y debates, existe una realidad tajante y cruel, que exige de acciones urgentes y mancomunadas. No son las mujeres las abusadas ni los hombres los abusadores, es el género humano el agredido por nosotros mismos. No basta con no consumir sexo comercial ni pornografía. No es suficiente con erigirnos ciudadanos modelos, padres e hijos ejemplares. Se hace necesario actuar. El verdadero “efecto bumerán” que nos retrotrae y hace cómplices de las nuevas formas de esclavitud, es nuestra indiferencia ante lo que destruye a la humanidad.

domingo, 15 de julio de 2012

En la retaguardia

Llevada al cine por Francisco Lombardi, la novela ‘Pantaleón y las visitadoras’, de Mario Vargas Llosa, cuenta la creación de un cuerpo de prostitutas para servir a los soldados destacados en las selvas peruanas. Con un trasfondo humorístico y con mucho festín por parte de las mujeres y los rasos, la obra deja la idea de que solo a un escritor con gran talento y vis cómica se le puede ocurrir algo así. Sin embargo, estudiar la historia bélica demuestra que Vargas Llosa apenas reflejó algo que quizá tenga raíces verdaderas en su país de origen, pero que desde la Segunda Guerra Mundial es una práctica usual. Todo parece indicar que fueron los japoneses quienes pusieron en práctica por primera vez, la idea de levantar la moral de sus soldados en el campo de batalla a través del sexo. Eso trajo consigo la esclavización sexual de entre 150 mil y 200 mil mujeres, oriundas de múltiples países asiáticos, cuya manera de servir a la causa en aquella contienda, era dándole placer a los hombres que peleaban bajo la bandera del sol naciente. A partir de entonces, en la retaguardia de casi todos los ejércitos que van a la guerra, es posible encontrar a las comfort women, como se les llama eufemísticamente, con la pretendida intención de ennoblecer la situación de las miles y miles de féminas que son traficadas, vendidas, reclutadas, obligadas a satisfacer los instintos sexuales de los soldados. Lo bochornoso es que existen evidencias de que incluso el ejército norteamericano está involucrado en este escandaloso asunto, pues aunque oficialmente no maneja burdeles ni casas de citas, sí recibe el servicio de contratistas civiles cuyo negocio es la trata y la prostitución enmascaradas detrás de falsas fachadas.

sábado, 14 de julio de 2012

La gran oferta

La oferta y la demanda son elementos inseparables de una ley económica que rige los mercados. Uno depende del otro y están llamados a complementarse en cada acción mercantil. Hoy día los mercados se han diversificado y especializado de tal manera que basta con desear algo para tenerlo a la mano. Lo anterior es algo que se cumple a pies juntillas en el mercado del sexo. No hay deseo, capricho o aberración por parte de un individuo, que no sea satisfecho en el mundo de la prostitución y la pornografía. Este es un ámbito en el que no existen límites. Incluso, tal y como ocurre en los mercados comunes, los comerciantes juegan con la creación de “novedades” para despertar y estimular la demanda (No es un secreto que el comercio sexual ha alcanzado estándares similares y, en ocasiones superiores, al de armas y drogas, históricamente los ocupantes de los primeros puestos). Esta imparable carrera por ganar dinero a toda costa, es la responsable en gran medida de que las mujeres adultas hayan dejado de ser la oferta más lucrativa de los comerciantes del sexo. Los menores de ambos géneros, se han convertido en la gran oferta, pues además de satisfacer a la corrupta clientela, deja cuantiosas ganancias.

viernes, 13 de julio de 2012

Negocio de Estado

Un pulpo de múltiples y alargados tentáculos abraza al planeta tierra. Es la representación gráfica de las rutas del tráfico de mujeres, niñas y niños, destinados a la explotación sexual. Un interminable flujo que va de los campos a las ciudades, de las ciudades a los balnearios, de los países pobres a los ricos, de América del Sur a América del Norte, de África a Europa, de Europa del Este a Arabia, de Asia a… Es como si la humanidad entera se moviera con una meta única: el sexo. En muchos países la prostitución es ilegal y en otros, como Turquía, los prostíbulos son manejados por el gobierno y representan una jugosa fuente de ingresos a las arcas estatales. Pero más allá del tratamiento oficial al ejercicio del denominado oficio más antiguo, está el truculento submundo que se mueve alrededor de este negocio y que salpica con sus ganancias no solo a los proxenetas y traficantes, quienes a veces constituyen los eslabones más débiles o visibles de la cadena. Una profunda investigación de las redes de tráfico humano con fines sexuales, puede dar más de una sorpresa. Especialmente porque pueden conducir a personajes públicos de renombre en la política o en áreas de prominencia social. Algunos de estos son accionistas directos del negocio, y un buen número consumidores comprometidos con los dueños de burdeles y establecimientos. Muchas campañas políticas han sido respaldadas por el dinero sucio de la trata de personas. No en balde las fronteras transnacionales son cada vez más porosas y los capos de la trata cada vez más intocables.