martes 20 de diciembre de 2011

Señales, alarma… ¡celebración!


Su primera habitación fue el establo de un bullicioso mesón, y Su primera cuna el pesebre donde comían los animales. El Rey de reyes y Señor de señores vino al mundo como el más pobre de los hombres. Sin embargo, Su nacimiento estuvo acompañado por señales en el cielo, alarma en Jerusalén, y celebración en Belén.
La Palabra da testimonio de que una estrella nunca antes vista, brilló sobre el cielo de Belén, y atrajo la atención de los que observaban en espera de una señal. Guiados por la inusual luz, magos del oriente llegaron a Jerusalén indagando por el Rey de los judíos, y alarmaron al rey Herodes, quien sintió temblar las columnas de su reino: he ahí “la simiente de la mujer” que le aplastaría la cabeza.
Pero en Belén había una fiesta especial. Más allá del ruido del mesón y de las calles, por la multitud llegada de todas partes de Israel para ser censada, unos pastores de ovejas, en las afueras de la ciudad, fueron avisados por un ángel, y asistieron a la alabanza entonada por una multitud de las huestes celestiales, que movida por el acontecimiento glorificaba a Dios en las alturas y bendecía a los hombres en la tierra.
¡Había nacido el Hijo de Dios, el Salvador, el Mesías! A partir de entonces nada volvería a ser igual. La Luz vino para disipar las tinieblas, el reino de maldad sufre un cataclismo definitivo, y la celebración por Jesucristo es eterna, pues a pesar de haber nacido entre los judíos, murió para salvar a toda la humanidad.

domingo 11 de septiembre de 2011

God Bless America!!!


Llegué a los Estados Unidos un lustro después del fatídico 11 de septiembre de 2001. Como ciudadano de este planeta global, las imágenes de las Torres Gemelas siendo impactadas por los aviones y su posterior derrumbe, están grabadas de manera permanente en mi memoria. Creo que a todos nos ocurre igual. Desde el mismo instante de los acontecimientos, no han dejado de circular por todas las vías de comunicación posibles, de modo que pronto se hicieron familiares para el mundo y pasaron a formar parte de la iconografía universal.
Aun para alguien como yo, que recibía la información filtrada por el tamiz de los medios de prensa cubanos al servicio de la ideología antinorteamericana, fue evidente la exaltación del espíritu patriótico y cristiano de esta nación. Por esos días, me confirman quienes vivieron de cerca los hechos, las banderas y los carteles con mensajes alusivos, proliferaron como nunca antes. En cada casa, en cada establecimiento o negocio, esa era la carta de presentación. América lloraba. Como Sansón, América había sido despertada de manera súbita del sueño del que se cree infalible. América había sido golpeada en el mismísimo corazón.
El país más poderoso asemejaba un león herido. El costado sangrante hacía más estridentes y atemorizantes los rugidos. Nunca antes la Tierra fue más pequeña, era un traspatio al alcance de un mínimo zarpazo. Todos alrededor bajaron la mirada como quien quiere hacerse invisible. Finalmente aparecieron los culpables y dio comienzo la cruzada contra el terrorismo. Parecía que volviamos a la normalidad; sin embargo, el mundo había cambiado de manera definitiva. Ya nada sería igual: el miedo, la desconfianza y la inseguridad se habían adueñado del hogar.
Aunque nos incomode, a todos se nos ha hecho normal ser esculcados de manera escandalosa en los aeropuertos. Las alarmas por posibles ataques terroristas cada septiembre en New York y Washington, ya son parte de la cultura de esas ciudades. Las evacuaciones de aviones y edificios dejaron de ser la noticia que vende. Esperar al enemigo que viene de afuera está tan enraizado en el pensamiento colectivo, que no queremos darnos cuenta que en realidad lo tenemos dentro.
Las puertas de América están abiertas a todos. A pesar de las polémicas migratorias, un país fundado por inmigrantes no puede menos que darle la bienvenida a quienes venimos huyendo de economías asfixiantes, gobiernos criminales y dictatoriales o, simplemente, a los de almas nómadas. Mas, la edad de la inocencia ya pasó. Los hispanos festejamos ser la minoría étnica con mayor crecimiento aquí y que cada vez nuestra lengua materna aumente en importancia. Pero si miramos la información demográfica desde el punto de vista de las creencias religiosas, percibiremos que la fe cristiana, en las bases fundacionales estadounidenses, no es precisamente la que muestra niveles de incremento más plausibles.
América abrió sus puertas a los enemigos de Cristo. América abraza a los enemigos de Cristo. América se vende a los enemigos de Cristo. América da las espaldas a Cristo. Como plaga de langostas, Ismael lo devora todo. Contumaz, lo vemos en cada esquina, nos codeamos con él, le servimos y todavía le agradecemos. Poderoso, lo compra todo, su dinero fluye por las arterias de la economía americana y hace brillar los ojos de la prostituta. Persistente, calcula con escalofriante aritmética y con satisfacción sonríe.
América necesita arrepentirse y retornar a Cristo. Cuando Israel se volvía de sus pecados ante Jehová, este peleaba por él y destruía a sus enemigos. Aun a Nínive la perdonó cuando el rey y los hombres de la ciudad oyeron la voz del profeta, y en ayuno, cilicio y ceniza, se convirtieron de sus malos caminos. Dios está esperando por su pueblo. Dios quiere devolver a América el esplendor conque la levantó por proclamar Su nombre en espíritu y verdad. Dios quiere bendecir a América. ¡Dios bendiga a América!

lunes 25 de julio de 2011

Ángeles desamparados: 10 años


Ha transcurrido una década desde la publicación de Ángeles desamparados (Ediciones Bayamo, 2001), la novela de mi amigo Rafael Vilches, en cuya gestación y nacimiento participé de manera activa. Eran los tiempos en que el Grupo Literario Espiral daba sus mejores frutos y se hacía notar en la provincia cubana de Granma y otros espacios literarios y culturales de la Isla. También fue la época en que surgieron las editoriales provinciales y los jóvenes escritores lograron burlar de cierta forma el ostracismo a que estaban condenados por las editoriales nacionales.
No solo para su autor, asimismo para sus amigos y para los entusiastas de las novedades literarias, la salida de este libro devino transgresión del status quo de Bayamo, ciudad que en el siglo XIX se destacó por la mente universal de sus intelectuales, pero que hoy día es un santuario del conservadurismo. A todos nos pareció valiente por parte de Vilches, darle vida a personajes y situaciones tan similares a la realidad, que era como si nos asomáramos al espejo de los cubanos nacidos a partir de 1959.
Y es que son contados los isleños de las últimas cinco décadas que no hayan pasado gran parte de su adolescencia becados en escuelas que eran el calco de la decadencia del país. Internados que en una sesión se iba a las aulas y en la otra a la agricultura, y durante las noches podía ocurrir cualquier cosa. En esos sitios, fuera del calor hogareño y, por ende, apartados de la autoridad paterna, muchos pasamos de niños a jóvenes y de jóvenes a adultos. Allí dejamos en girones todas las inocencias y virginidades posibles, y aprendimos a defendernos de la agresividad de los demás con cada recurso al alcance de las manos. A veces el papel de agresores nos correspondió a nosotros mismos.
De eso trata Ángeles desamparados, de la fracturación de los códigos morales, éticos y espirituales de personalidades en formación. Todos llevamos esas marcas en algún rincón del alma. Marcas que con el pasar de los años han cicatrizado en muchos, pero para otros son huellas como las que dejaron en miles de cubanos la ilógica participación en las guerras del África, de las que buen número no tuvo viaje de retorno y otros tantos que volvieron no han logrado liberarse de los fantasmas que los acosan.
En su obra Vilches hizo una consciente apropiación de los temas y el estilo de Guillermo Vidal, el respetado narrador ya fallecido, de quien fue asiduo lector y amigo personal. Para algunos Ángeles… es hija de Matarile, novela que afirmó a Vidal entre las vacas sagradas de la literatura cubana de los años 90, a pesar de su tozudez de permanecer en Las Tunas, ciudad del oriente cubano que quizá sea conocida allende las fronteras insulares por ser la cuna de este escritor.
Por cierto, Las Mil Nueve, una perdida barriada entre cañaverales y arrozales, cercana al río Cauto, también ha de trascender por haber sido el primer paisaje avistado por Vilches, quien nació allí en 1965. Pero unos cuantos de sus personajes son el alter ego de compañeros de su infancia y adolescencia en Vado del Yeso, una comunidad de edificaciones prefabricadas al estilo ruso, adonde fue a vivir siendo niño y donde todavía permanecía cuando se hizo un intelectual conocido. Ahora reside en Holguín.
El hecho de que entre las criaturas de Vilches no aparezca una sola que abrace la fe cristiana, es lo que ofrece verdadero sentido al título del libro. Jóvenes desamparados no por Dios, sino por un sistema social que les secuestró el libre albedrío sembrándoles una ideología atea y materialista, sin darles oportunidad de encontrar redención a través de Jesucristo. Hijos de padres que fueron obligados en múltiples casos a abandonar sus creencias para seguir la idolatría oficial, la de los mártires y héroes sublimados y manipulados al antojo de los adalides gubernamentales. Nuevos dioses paganos, creados con la premeditada intención de encadenar aun más a sus ciegos seguidores.
Después de esta Vilches no ha tenido la gentileza de regalarnos otra novela. Su prolífera creación literaria se ha enfocado principalmente en la poesía, gracias a la cual acumula varios premios y libros. Pero como su narrativa, su lírica es el testimonio del dolor y el desarraigo en su propia tierra de una generación que fue puesta en las antípodas del conmigo o sin mí.

Rafael Vilches Proenza. Las Mil Nueve, Cuba, 1965. Lic. Educación Artística en Artes Plásticas. Egresado del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso. Premio Nacional de Poesía Manuel Navarro Luna, 2004 y 2010 con los libros El único hombre, poesía, Ediciones Orto, 2005 y País de fondo, poesía, Orto, 2011. Premio Nacional de Poesía De la Ciudad, 2005 con Trazado en el polvo, poesía, Ediciones Holguín, 2006. Premio Nacional de Poesía La Enorme Hoguera, 2006 con A ambos lados la sombra, inédito. Premio Nacional de Poesía, Centenario de Emilio Ballagas, UNEAC, 2008 con Tiro de Gracia, Ediciones Holguín, 2010. Mención Nósside Caribe, Italia, 2005. Mención Poesía UNEAC Julián del Casal, 2007 con Erial de Dios, inédito. Otros libros Libros publicados: Ángeles Desamparados, novela, Ediciones Bayamo, 2001. Dura silueta, La Luna, poesía, Ediciones Bayamo, 2003. Textos suyos se han publicado en España, Italia, New Zealand, Alemania, Puerto Rico, México, Honduras, Brasil, Chile, Canadá y EEUU.

martes 19 de julio de 2011

El cine de mi infancia


Una conversación trivial con un amigo, despertó en mi memoria el recuerdo del cine de mi infancia: un viejo caserón de madera, puntal alto y techo de hojas de zinc, que por los años ’70 de la anterior centuria, cuando yo era un niño, pugnaba con sus últimas fuerzas para no irse al suelo, pero que debió tener su época de oro en las décadas de los 30 a los 50.
Mi pueblo, cuyo nombre original es Charco Redondo -rebautizado en 1968, el año de mi nacimiento, como Minas Harlem-, fue escenario en la primera mitad del siglo XX de una próspera explotación de manganeso. Como suele ocurrir en tales casos, la floreciente extracción del mineral atrajo a las más variopintas especies. Además de los hombres que en busca de ocupación corrían desde las cuatro esquinas de la isla cubana, llegaron las abnegadas trabajadoras del sexo, los vendedores de artificios y diversos enseres, los cirqueros y un largo etcétera.
Como símbolo de la abundancia proliferaron las fondas y bares, con sus juegos de billar y las victrolas que desgranaban la música de moda. La iglesia católica construyó su templo y maldijo el lugar dedicándolo a Santa Bárbara, dizque la patrona de los mineros. El verdadero evangelio de Jesucristo fue implantado por Juan Acosta y su familia, quienes se establecieron en el lugar y a pesar de las burlas, maltratos y dureza de corazón de los vecinos, sembraron una semilla que todavía perdura.
El cine, supongo, sería en su momento la marca distintiva del arribo del progreso y la diversión refinada. Me atrevo asegurar que en muchos sitios con una ubicación geográfica más “civilizada”, no hubo un local como este hasta muchos años después, o quizá nunca existió. Asimismo, infiero, sería la envidia de aquellos que viviendo a orillas de la carretera central no tenían la posibilidad de disfrutar del invento que por entonces estaba en plena adolescencia, podríamos decir.
Pero, reitero, la sala cinematográfica que me tocó conocer y disfrutar, nada tenía de esplendorosa. Sus paredes derruidas estaban llenas de agujeros, su techo en condiciones precarias, su lunetario de madera con buena cantidad de sillas rotas, y, como punto final, era un hotel de cinco estrellas para murciélagos, chinches y otras alimañas que campeaban por sus respetos. Aun así no perdíamos el entusiasmo por las matinées que atraían a todos los chicos del pueblo y que nos permitieron ver algunos clásicos de Hollywood en maltrechas copias.
Uno de esos fue ‘King Kong’, que como era de esperar nos atemorizó a todos y arrancó gritos en medio de la oscuridad. No puedo recordar con exactitud si fue la versión de 1933 o la de 1976. Esta última se me hace demasiado cercana en el tiempo para que fuese proyectada allí, aunque los difusos pasajes que logro arrancar de mi memoria me devuelven a una lánguida Jessica Lange desmayada en las manazas del monstruo. De todos modos no puedo confiar plenamente en estos recuerdos, que quizá estén contaminados por experiencias posteriores.
No estoy seguro, sin embargo me parece que también de ese entonces data mi primera visualización de ‘Moby Dick’. Y ahora creo ver en la maltrecha pantalla a la gigantesca y asesina orca vengarse con saña de sus depredadores, en esa alegórica representación de una lucha que criminalizó a las víctimas en peligro de extinción hoy día.
Como era de esperar, los filmes procedentes de los países ex-socialistas también estuvieron en cartelera en el cine de mi infancia. No recuerdo ningún título especifico, ni siquiera alguna escena o trama que me haya marcado, así de insípidos deben haber sido. Era la etapa del realismo socialista y doy gracias a Dios por no haber almacenado en mi disco duro nada de eso, al parecer la realidad insular era más contundente.
En cambio, la que nunca puedo olvidar es una película que quizá haya sido rusa o de alguno de sus vecinos, con una historia de un príncipe que rescataba a su princesa raptada y se enfrentaba espada en mano y con su fiel e inteligente caballo blanco, a un horroroso dragón de tres o más cabezas que despedía fuego por las bocas, y que de cada decapitación le germinaban otras cabezas. Después de una cruenta lucha, por supuesto, el galán obtenía la victoria y tomaba en brazos a la delicada joven.
El encargado del cine era Font, un mulato de baja estatura y gordo que ya murió, pero cuya familia todavía vive en las cercanías de donde se levantaba la desaparecida instalación. Posiblemente él haya sido el dueño del local antes de 1959 y luego de las expropiaciones y apropiaciones del gobierno comunista, quedara solamente en el papel de responsable y proyeccionista.
A su casa íbamos a preguntarle si abriría o cuando pondría alguna película. Y si se demoraba un poco de la hora fijada para comenzar, un coro de muchachos se encargaba de llamarlo a toda voz. Nunca lo vi enojado o maltratando a alguien, llevaba muy bien la fama. Su ayudante era Juan Moña, quien adquirió su segundo nombre por el peinado al estilo Elvis Presley que se gastaba. Este aun vive.
Cuando Font no pudo atender más el cine o cuando se jubiló, este se convirtió en un fantasma que ofrecía al pueblo la exacta escenografía de decadencia que se le vino encima luego de pasada la fugaz prosperidad minera. Aparte de los remiendos de cartón que le ponían para que la luz exterior no malograra la mágica oscuridad, la sala no recibió la mínima restauración después del ’59. El peso de los años y la desidia de un gobierno que parangona su protección a las artes y la cultura, le pusieron un traspié. El tiro de gracia lo recibió a finales de la década de los ’80, cuando fue derrumbado para erigir en su espacio una calurosa sala de video.
Entonces ya mi niñez había quedado atrás y yo había conocido otros horizontes dentro de la misma isla y, por ende, frecuentado cines de ciudades. No obstante, ese, el de mi infancia, es el que perdura con mayor nitidez en mi memoria.

domingo 5 de septiembre de 2010

Lector de tabaquería


Fui de los niños que antes de aprender a leer daba cañonas para que le leyeran cuentos infantiles, y luego de aprenderlos los repetía como si estuviese leyéndolos, incluso con el libro al revés. Eso no lo recuerdo, repito lo que me contaron una y otra vez a lo largo de la vida. La afición sin dudas la tomé de mi padre, gran autodidacto, a quien debo haber visto leer y escribir desde que abrí los ojos por primera vez, y de quien siempre admiré su cultura, memoria y capacidad para filosofar y hablar de hechos de la historia antigua y universal con la precisión del investigador.
De modo que crecí entre libros, periódicos y revistas. En mi casa no había tantos, apenas un pequeño estante de madera, pintado de negro, que todavía existe. Pero era lo que me atraía. Recuerdo a Antolín y Graciela, unos ancianos vecinos de la casa donde viví hasta los 11 años, quienes eran lectores empedernidos y tenían muchos volúmenes. Mi sueño era acceder a su biblioteca y heredarla. Al final no supe el destino que corrió su tesoro: él murió y tiempo después ella vino a vivir a los Estados Unidos con el hijo mayor. Imagino que todo pasó a manos de sus nietos que tal vez nunca supieron valorar aquella literatura y la dejaron morir en cajas de cartón a merced de las polillas y cucarachas.
De esa colección salió la primera novela de Ernest Hemingway que leí: “Por quién doblan las campanas”. Posiblemente haya sido de la edición inaugural de esta obra en Cuba, que me enamoró de una vez y por siempre de la creación del norteamericano duro y aventurero, mi escritor favorito por largo tiempo. No tengo idea cómo logré el préstamo, solo que no les devolví el libro. Con razón eran tan recelosos.
Pero la primerísima novela que me leí fue “Petrovka 38”, un policiaco del ruso Yulian Semyonov, cuya trama olvidé. Coincidentemente, pues no es mi hábito, también fue un préstamo que nunca regresé al dueño original. El afectado en este caso resultó mi excelente maestro de sexto grado, Carlos Reyes, quien además perdió en mis manos “Joy”, de Daniel Chavarría.
Estos hechos me dejaron sin su amistad. Y no porque me reclamara o fuera un acto deliberado suyo el interrumpir nuestros intercambios luego de haber terminado nuestra relación maestro-alumno, sino porque me avergonzaba tanto que evitaba saludarlo cuando lo veía en la calle. Con la ventaja de que nuestros encuentros eran muy pocos: me bequé en cuanto terminé la primaria y desde entonces apenas permanecí en el pueblo hasta después de haberme graduado en la universidad.
Quizá por mis inicios en las grandes ligas de la lectura con novelas policiacas, pasé casi toda mi adolescencia codo a codo con Hércules Poirot, Sherlock Holmes y su ayudante el doctor Watson, además de los otros personajes de Agatha Christie, Arthur Conan Doyle y muchos más autores del género. Fue, precisamente, Hemingway quien al final del pre-universitario me sacó de ese círculo, para adentrarme entonces en la narrativa norteamericana que tanto me impactó.
La época universitaria fue especialmente rica en mi relación con la literatura. Uf, leí hasta la saciedad. Disfruté palabra a palabra no puedo contabilizar qué cantidad de autores y de libros. No solo los incluidos en mis clases de Literatura, sino los que adquiría en las librerías, mis sitios favoritos de Santiago de Cuba, donde estudiaba. Entonces todavía los precios eran irrisorios, al punto que mi precaria economía me permitía invertir con facilidad en mi afición.
No puedo olvidar la influencia de mi profesor de Literatura Latinoamericana, Osmar Álvarez, el mejor de todos los que se pararon delante de mí en las aulas de la Universidad de Oriente. Para salvar mi honra, le devolví “Pantaleón y las visitadoras”, segunda novela de Vargas Llosa que tuve el gusto de leer, la primera fue “La ciudad y los perros”. No solo me trasmitió pasión por su asignatura, algo garantizado de antemano, además me sembró una inagotable sed por las letras de nuestros países, en las cuales no había incursionado lo suficiente hasta ese momento.
Poco después de iniciarme como profesional, fue que quise convertirme en lector de tabaquería. Ahora siento que quedé en deuda con esas personas cuyo oficio es leer mientras los tabaqueros confeccionan puros. Durante los 12 años que ejercí el periodismo en la ciudad de Bayamo, primero en la radio y luego en el periódico, nunca tuve la iniciativa de publicar algún trabajo sobre ellos, aun cuando me sentí muy impresionado al descubrir su existencia.
Creía que era una ocupación enclaustrada en los anales decimonónicos y de principios del siglo XX. Error del que debo haber salido alguno de esos días en que caminaba por la acera de la fábrica aledaña al Retablo de los Héroes, conocido monumento bayamés. Alguien me comentó después que en las mañanas los lectores leían para los tabaqueros la prensa nacional y local, y más tarde alguna obra literaria. Y que cuando algo gustaba a los oyentes, estos lo demostraban haciendo sonar sus chavetas contra las mesas de trabajo.
Se me ocurre que esa hubiera sido mi cumbre como lector y comunicador. Sobre todo me hubiera gustado leerles la Biblia. ¡Cuántas almas transformadas al escuchar las maravillosas historias del Antiguo Testamento! ¡Cuántas vidas salvadas y sanadas al conocer el glorioso caminar de Jesucristo en la tierra! ¡Cuántas veces las chavetas sonando en alabanza al Altísimo! Considero la Escritura el pináculo de mis lecturas. Después de haberme convertido al cristianismo, a los 30, muy poca literatura secular he consumido, me he desfasado de las novedades y aun de los clásicos. Pero ¡gloria a Dios!, porque me he acercado a Él.

domingo 10 de enero de 2010

Avanti 2010


Ha transcurrido tan solo una semana del 2010 y parece que el tiempo es mayor. La convencional distensión de las celebraciones propias de la fecha, se esfumó con la misma velocidad con que nos pareció había llegado luego de 12 meses. Da la sensación de estar metidos en una pista con Usain Bolt como contrincante.
La cotidiana ojeada a los titulares nacionales e internacionales nos pone delante de un plato que se repite hasta asquearnos. Sin embargo, seguimos pegados a las interminables páginas, quizá en busca de la noticia que aporte esperanza en medio de tanta desazón y oscuridad.
Internet es mucho de lo mismo. Si no fuera por que las opciones no sobreabundan, a veces preferiría desconectarme de una vez y para siempre. Pero conforme al cariz de este siglo eso resultaría poco menos que un suicidio.
Andan por ahí los que se preguntan cómo será la vida de aquellos millones que no conocen la gran red. Presiento que les va mejor que a quienes hemos creado adicción a ella. Por lo menos no se enteran de los vergonzosos desmanes de los famosos del espectáculo y la política, que no se bajan de la línea ni para tomar un breve descanso.
Pese a este panorama, donde las notas belicistas y criminales tienen un garantizado escaño, no dejamos de proyectarnos al futuro. Al final eso es lo que nos mantiene apegados a una existencia que adquiere verdadero sentido cuando aceptamos que fuimos creados para conquistar la eternidad.
Eternidad cuya única puerta de acceso es Jesucristo.

viernes 11 de diciembre de 2009

Vilches, como la Loynaz, como Quijote



Como Dulce María Loynaz, la más universal de las escritoras cubanas, mi amigo Rafael Vilches Proenza estuvo de cumpleaños este 10 de diciembre. Cuando la autora de Jardín hubiese cumplido 107, el Vilcho llegó a los 44.
Mientras el recuerdo de ella sobrevoló el planeta (por miles se cuentan los admiradores de su obra, que no pudo ser opacada a pesar del ostracismo que sufrió a lo largo de gran parte de su vida, y de la censura que la hizo ajena por mucho tiempo para las actuales generaciones), él tal vez se limitó a aceptar el íntimo agasajo de su esposa e hijos, sin bombos ni platillos.
Y es que, en jerga popular, ‘el horno no está para galleticas’ para alguien que ha tenido la disloca iniciativa de pensar en Cuba. Las recientes noticias acerca del escritor que nació en un recóndito sitio llamado Las Mil Nueve, no han sido halagüeñas.
Sus últimas fotos me impactaron por la delgadez que luce ahora, anormal para alguien cuya complexión física nada tiene que ver con lo quijotesco. Aunque con el famoso personaje de Cervantes sí tiene en común el afán por querer desenmarañar entuertos sin tener éxito casi nunca.
Quizá esa propensión suya a romper lanzas por los amigos y las causas que devienen molinos de viento, sea la que lo tiene ahora sin empleo. Desconozco los detalles de su expulsión de la UNEAC (Unión de Escritores y Artistas de Cuba) de Holguín, ciudad donde reside. Solo imagino que el suceso se haya convertido en otra ‘mancha’ en su expediente, que es decir nuevos folios engrosando el archivo que con su nombre crece en algún estante del Ministerio del Interior, ese sitio donde nuestras biografías suelen ser muy activas y pormenorizadas.
Mi amistad con Vilches ronda los 16 años, los mismos que tengo de haberme iniciado en las lides profesionales. Lo conocí apenas llegué a Bayamo, por intermedio de la poeta Zoelia Frómeta, a quien también acababa de conocer. A ella debo agradecer el buen tino de presentármelo, entonces escritor en ciernes, todavía con el fango de Vado del Yeso en la suela de los zapatos.
Desde entonces lo vi crecer como literato. En aquella época era de los primeros en leer sus textos, y su novela Ángeles desamparados pasó por mi escrutinio varias veces antes de ir a la editorial. Con sinceridad me enorgullezco de los poemas que me ha dedicado en sus libros.
Esa es la parte intelectual de una amistad profunda que perdura a pesar de la incomunicación de los tres últimos años. Nunca olvido aquel tiempo en que nos veíamos por lo menos una vez a la semana, cuando él iba a Bayamo, y a pesar de eso manteníamos una fluida correspondencia postal.
Son muchas las anécdotas que saltan de mi memoria en este momento, como la única ocasión que lo visité en la casa que habitaba en Vado del Yeso, un derruido caserón de madera cercano a la carretera central. Fue muy impactante verlo viviendo bajo un techo agujereado, que en tiempos de lluvia convertía el interior del hogar en un charco, donde los numerosos libros se salvaban tapados por plásticos. Allí vivía junto a Betsy, su primera esposa, y Verlaine, su primogénito.
Luego lo visité varias veces en la casa de los suegros, en Holguín, donde permanece hacinado en una habitación con su actual esposa Yohenia, sus dos niños menores: Bryan y Andy, y de nuevo los numerosos libros.
La verdadera biografía de Vilches no es la que creen atesorar los oscuros personajillos de la inteligencia cubana. Su auténtica historia es pública, aparece en sus libros, y está llena de dolores, desazones, frustraciones, amores, amigos, lecturas, desgarrones, locuras…
De su volumen ‘Dura silueta la luna’, publicado en 2002 por Ediciones Bayamo, y editado por otro gran amigo común: Michael H. Miranda, es el siguiente poema, dedicado a mí:

Los amigos mueren
pueden dibujar el ataúd
las lágrimas
la casa vacía
presagian el dolor y las flores
no se despiden
no hacen las maletas
nos dejan un golpe de playa y parten
no vuelven los ojos
saben de su permanencia
no estarán presentes en su despedida de duelo
son palabras previstas desde siempre
en el cuerpo abierto sobre la calle
dejan escapar todas las estrellas
sin un sólo grito
ni una palabra de arrepentimiento
Los amigos dejan todos los árboles desnudos
y un sabor en la palabra a la hora del café
con un silencio a voces que espanta
que nos pone a rotar en la cruz.