martes, 24 de abril de 2018

Cara a cara con mi amigo Jawahar

A Jawahar Almeida lo conozco hace alrededor de 25 años, pero apenas ahora nos hemos encontrado frente a frente y estrechado nuestras manos por primera vez. Nos hicimos amigos en la época en que escribir cartas y establecer amistades por correspondencia era habitual -algo que yo disfrutaba mucho, por cierto. No sé si entonces Internet y las redes sociales ya estaban en la mente de sus inventores tal y como las conocemos actualmente. Solo puedo dar testimonio de que yo era un joven recién graduado de Periodismo que me desempeñaba en una estación de radio, y él un novel marinero con pocos años de experiencia en barcos mercantes que surcaban las aguas del mar Caribe y no pocas veces tocaban puertos cubanos. Fue la afición suya por la radio, su anhelo por aprender español y el gusto por la música de la isla, lo que nos permitió conectarnos. A su paso cerca de Cuba solía (suele) captar la señal de diversas emisoras insulares y, entre ellas, la de CMKX Radio Bayamo, donde fui reportero entre 1993 y 1995. También era (es) su costumbre enviar cartas a esas estaciones, reportando su sintonía. De ese modo llegó a mis manos su dirección y le envié la primera misiva. Nuestras cartas tardaban mucho en llegar. Las que yo le mandaba viajaban a Goa, India, de donde es oriundo, y luego tenían que esperar a que él fuese de vacaciones para leerlas. Nuestro epistolario no fue muy amplio, en algún momento se interrumpió y no supimos más el uno del otro. Sin embargo, nunca olvidé su nombre. Y eso, precisamente, fue lo que me ayudó a reencontrarlo dos años atrás.
REENCUENTRO Más allá de los frecuentes escándalos en que se ha visto envuelta, Facebook es una excelente plataforma para encontrar y restaurar viejas y buenas amistades (También para establecer nuevas). No es mi experiencia única, he escuchado y leído historias conmovedoras sobre el tema. En este mismo blog publiqué con fecha 24 de julio de 2009, y con el título “Lo importante es seguir en esto”, el relato de la reconexión con mi caro amigo Edilberto Rodríguez, bayamés que reside en Canadá, y a quien conocí, precisamente, cuando trabajaba en Radio Bayamo. Es decir, en la misma época que a mi amigo marinero, lo único que no por correspondencia, sino en persona. Fue emocionante encontrar en la red social un muro a nombre de alguien con el nombre de Jawahar Almeida. La pregunta era si se trataba del mismo individuo. La página no tenía una fotografía personal, aunque de haberla tenido para mí hubiera sido lo mismo: nunca había visto una imagen suya. Tampoco había sido actualizada con frecuencia, sólo unas pocas publicaciones que me dieron a entender que el dueño no era adicto a pasearse por allí. A pesar de ello, le envié una solicitud de amistad. La aceptación llegó tiempo después, exactamente el 15 de febrero de 2016. De inmediato le pregunté por Messenger si era el mismo con quien yo había intercambiado en los ‘90, y para alegría mía la respuesta fue positiva. El también se alegró y me hizo saber que todavía conservaba mis cartas en su casa, en Goa. Incluso, recordaba uno de los temas que tratamos: la música. Desde entonces nos hemos mantenido en comunicación, especialmente durante los últimos tiempos. Así supe que desde hace varios años es capitán de barcos de la compañía norteamericana Dole, que se dedica a importar frutas frescas en Estados Unidos desde Centroamérica. Igualmente me hizo saber que seguía haciendo la travesía por el Caribe y, por ende, navegando por las cercanías de Cuba y escuchando sus emisoras radiales. Específicamente llevaba nueve años capitaneando el barco Dole Chile, con bandera de Nassau, que hace la travesía de Costa Rica a Port of Wilmington, Delaware, cada dos semanas. Y digo “llevaba”, porque el domingo, 8 de abril, cuando nos conocimos cara a cara en ese puerto de la costa este estadounidense, era su penúltima jornada -por lo pronto- en esa embarcación. En estos días ejerce como capitán del Dole Atlantic, otro barco de la misma compañía, que realiza su trabajo desde Guayaquil, Ecuador, hasta San Diego, California, por el Océano Pacífico.
PORT OF WILMINGTON, DELAWARE La idea de encontrarnos en Port of Wilmington estaba latente desde varios meses atrás. En verdad, yo ansiaba conocer en persona a este viejo amigo. A principios de este año, luego de su regreso de las vacaciones de Navidad y Año Nuevo con su familia en Goa, concertamos la fecha, en coincidencia con mis vacaciones de primavera. Para mí sumaría, igualmente, la experiencia de realizar por primera vez un largo viaje manejando hacia una zona del país que desconocía. Y era el principio de la realización de otro sueño: recorrer por carretera esta grandiosa nación. Debo decir que si hay una herramienta valiosa que la era digital nos ha proporcionado, es Google Maps. Las más de 2 200 millas que recorrí de ida y vuelta, fueron bajo la guía de esta aplicación que en tiempo real y con exactitud me proporcionaba los datos necesarios. Mientras transitaba por la madeja de vías que me conducían a mi destino, me preguntaba si yo hubiera sido capaz de llegar sin esta orientación. Posiblemente me hubiera costado mucho trabajo y unos cuantos extravíos. El primer tramo de mi viaje fue de ocho horas, desde Kansas City, Missouri, hasta Louisville, Kentucky. Allí pasé la noche con unos amigos que son como mis sobrinos: Juan Carlos y Rodney están vinculados con mi familia desde su nacimiento. Conocí a Yenni y Elizabeth, sus respectivas esposas; así como a Jean Carlos y Caleb, sus pequeños niños. El compartir con ellos y el descanso fueron muy valiosos para continuar mi ruta. Esta no era mi primera visita a esa ciudad. Hace más de 11 años, acabado de llegar a Estados Unidos, fui invitado a pasar un par de semanas en la casa de mi querido amigo Yoel Castillo y su familia, a quienes no pude ver esta vez a pesar de intentarlo.
Gracias al clima cambiante que estamos experimentando esta primavera, partí de Louisville bajo una no muy abundante nevada que había comenzado desde la medianoche: la visibilidad era poca y las carreteras estaban mojadas y resbalosas. Por delante me quedaban 10 horas para llegar a mi destino. Las precipitaciones me acompañaron a lo largo del estado de Kentucky. Más allá no hubo más nieve, a no ser la acumulada a la orilla de la carretera y en las faldas de las montañas desde días anteriores. La nubosidad fue completa hasta Delaware, a ratos intensa, me hacía temer una tormenta. Amo el paisaje de este país: diverso, ampuloso, cambiante como una sucesión de postales. Valles, montañas, ríos, lagos, bosques. Verde, pardo, azul, blanco, gris. Hubiese querido tomar fotografías de ese admirable espectáculo que se sucedía delante de mis ojos a la velocidad de 80-100 millas por hora. Pero ante la disyuntiva de manejar con seguridad u ocuparme de la cámara fotográfica, me deslindé por lo primero. También es admirable la infraestructura de carreteras bien señalizadas, hoteles y estaciones de servicio. Pude haber parado a descansar en cualquier parte del trayecto, pero mi meta era llegar antes del anochecer, por lo que solo me detuve brevemente cada vez que era necesario poner gasolina al carro.
Con casi 73 mil habitantes -según Wikipedia-, Wilmington es la ciudad más poblada de Delaware, y su historia se remonta al siglo XVII. En realidad no tengo mucho que decir acerca de ella. El cansancio me abatía cuando llegué, poco después de las 6:00 pm, de modo que busqué un alojamiento y pasé la noche. Antes de dormirme salí a conseguir algo de comer, el botones del hotel me aconsejó no alejarme mucho y fui obediente. Era sábado, las calles que recorrí estaban desoladas, casi todos los locales cerrados, apenas algunos transeúntes y escaso tráfico, el frío seco y penetrante. El puerto es pequeño, situado en la confluencia de los ríos Christina y Delaware, a unas 65 millas del Océano Atlántico. Allí me encontré con mi amigo el domingo en la mañana. El sol radiante, el cielo azul con pocas nubes, el frío intensificado por la brisa. El Dole Chile, de color beige, aparcado al espigón, había arribado el día anterior. Las grúas descargaban los contenedores llenos de bananos procedentes de las plantaciones de Costa Rica.
JAWAHAR ALMEIDA Me recibió con sencillez en el puesto de mando del barco y me condujo de inmediato a la sala de visitantes. Menos corpulento de lo que imaginaba, más bien delgado, no muy expresivo. Compartimos durante cuatro horas. Si tuviera que usar un adjetivo para calificarlo, no dudaría en escoger humilde. Realmente quedé tan impresionado por su humildad, como por su inteligencia y sabiduría que desbordan en su plática sin altisonancias, pero siempre precisa y con algo interesante que expresar. Conversamos en inglés y en español. Además de estos dos idiomas, domina el hindi, el portugués y el kokani, el dialecto local de su ciudad. El portugués lo aprendió de sus padres y abuelos, Goa fue colonia de Portugal desde el siglo XVI hasta el XX. El español, de sus colegas hispanos y de las estaciones radiales que ha escuchado a lo largo de 30 años como marinero en países latinoamericanos. Su aspiración, según me comentó, es hablarlo a la perfección, y está a punto de lograrlo, aun cuando nunca ha asistido a una escuela o tomado un curso especializado en esta lengua. Le expresé mi deseo de colaborar con él en la escritura de un libro o dos sobre su experiencia profesional y de vida. Más bien se lo reiteré, pues ya habíamos tratado el tema en nuestro chat de Messenger. Supe entonces que su difunto padre fue el primero en sugerirle que compartiera sus memorias de esa forma. Tiene mucho que contar: en el tema de la marinería es una enciclopedia, también como radio aficionado. Tanto conocimiento, adquirido y enriquecido por sus tres décadas de navegación, es digno de documentar. En dos años más planea retirarse, su sueño es dedicarse a tiempo completo a su esposa y a su hijo, quien es un gracioso adolescente sin atracción por el mar, según me dijo. Un hombre con sus valores, cualidades, juventud y sabiduría, sin dudas tiene mucho por hacer. Se convertirá en un 'marinero en tierra': "En sueños, la marejada / me tira del corazón" (R. Alberti).
REGRESO A CASA Pude haber pasado más tiempo en el Dole Chile, con mi amigo. Aunque con muchas cosas por hacer -“en el puerto no se descansa”, me dijo-, dedicó ese domingo para compartir conmigo. Pero preferí no pasar la noche en Wilmington y emprendí el regreso antes de que el sol se ocultara. En la salida del puerto miré de lejos el barco majestuoso sobre las apacibles aguas del Christina River. Esta vez Google Maps me trazó una ruta diferente y, por lo menos, una hora más corta. Nuevamente ante mis ojos la grandeza de un paisaje domado por el hombre: las montañas atravesadas por túneles, la zigzagueante carretera, la primavera rezagada o el invierno prolongado… El sol de frente, molestia en los ojos, y no obstante pidiéndole a Dios que realizara el milagro de detenerlo e impidiera la llegada de la noche, !no quería hacer parada! Petición no concedida. Manejé unas tres horas en la noche cerrada por una vía que no cesaba de hacer curvas, de subir y bajar, de tener advertencias de peligro (especialmente me preocupaba la posibilidad de venados). Casi sin resuello, finalmente decidí pasar la noche en una pequeña ciudad de Ohio. Y a la mañana siguiente, de nuevo la sorpresa de la nieve, la cual no pasó de una plumilla ni se prolongó más allá de ese estado. Las últimas 10 horas fueron casi sin detenerme hasta la casa. Esa noche dormí como un lirón.
EPÍLOGO Difícilmente olvide esta hermosa experiencia, la cual he dado en llamar “el viaje de las primeras veces”. Fue la primera vez que compartí en persona con mi amigo Jawahar, motivo principal del viaje. Pero, asimismo, fue la primera vez que atravesé la mitad de los Estados Unidos en carro y yo al volante; la primera vez que fui a la costa este; la primera vez que subí a un barco y lo exploré; la primera vez que manejé durante la noche por lugares desconocidos por completo para mí; la primera vez que me hospedé en hoteles en este país… Gracias a Dios por todas estas primeras veces y, en especial, por ser mi fiel compañero de viaje.

No hay comentarios:

Publicar un comentario