domingo, 11 de septiembre de 2011

God Bless America!!!


Llegué a los Estados Unidos un lustro después del fatídico 11 de septiembre de 2001. Como ciudadano de este planeta global, las imágenes de las Torres Gemelas siendo impactadas por los aviones y su posterior derrumbe, están grabadas de manera permanente en mi memoria. Creo que a todos nos ocurre igual. Desde el mismo instante de los acontecimientos, no han dejado de circular por todas las vías de comunicación posibles, de modo que pronto se hicieron familiares para el mundo y pasaron a formar parte de la iconografía universal.
Aun para alguien como yo, que recibía la información filtrada por el tamiz de los medios de prensa cubanos al servicio de la ideología antinorteamericana, fue evidente la exaltación del espíritu patriótico y cristiano de esta nación. Por esos días, me confirman quienes vivieron de cerca los hechos, las banderas y los carteles con mensajes alusivos, proliferaron como nunca antes. En cada casa, en cada establecimiento o negocio, esa era la carta de presentación. América lloraba. Como Sansón, América había sido despertada de manera súbita del sueño del que se cree infalible. América había sido golpeada en el mismísimo corazón.
El país más poderoso asemejaba un león herido. El costado sangrante hacía más estridentes y atemorizantes los rugidos. Nunca antes la Tierra fue más pequeña, era un traspatio al alcance de un mínimo zarpazo. Todos alrededor bajaron la mirada como quien quiere hacerse invisible. Finalmente aparecieron los culpables y dio comienzo la cruzada contra el terrorismo. Parecía que volviamos a la normalidad; sin embargo, el mundo había cambiado de manera definitiva. Ya nada sería igual: el miedo, la desconfianza y la inseguridad se habían adueñado del hogar.
Aunque nos incomode, a todos se nos ha hecho normal ser esculcados de manera escandalosa en los aeropuertos. Las alarmas por posibles ataques terroristas cada septiembre en New York y Washington, ya son parte de la cultura de esas ciudades. Las evacuaciones de aviones y edificios dejaron de ser la noticia que vende. Esperar al enemigo que viene de afuera está tan enraizado en el pensamiento colectivo, que no queremos darnos cuenta que en realidad lo tenemos dentro.
Las puertas de América están abiertas a todos. A pesar de las polémicas migratorias, un país fundado por inmigrantes no puede menos que darle la bienvenida a quienes venimos huyendo de economías asfixiantes, gobiernos criminales y dictatoriales o, simplemente, a los de almas nómadas. Mas, la edad de la inocencia ya pasó. Los hispanos festejamos ser la minoría étnica con mayor crecimiento aquí y que cada vez nuestra lengua materna aumente en importancia. Pero si miramos la información demográfica desde el punto de vista de las creencias religiosas, percibiremos que la fe cristiana, en las bases fundacionales estadounidenses, no es precisamente la que muestra niveles de incremento más plausibles.
América abrió sus puertas a los enemigos de Cristo. América abraza a los enemigos de Cristo. América se vende a los enemigos de Cristo. América da las espaldas a Cristo. Como plaga de langostas, Ismael lo devora todo. Contumaz, lo vemos en cada esquina, nos codeamos con él, le servimos y todavía le agradecemos. Poderoso, lo compra todo, su dinero fluye por las arterias de la economía americana y hace brillar los ojos de la prostituta. Persistente, calcula con escalofriante aritmética y con satisfacción sonríe.
América necesita arrepentirse y retornar a Cristo. Cuando Israel se volvía de sus pecados ante Jehová, este peleaba por él y destruía a sus enemigos. Aun a Nínive la perdonó cuando el rey y los hombres de la ciudad oyeron la voz del profeta, y en ayuno, cilicio y ceniza, se convirtieron de sus malos caminos. Dios está esperando por su pueblo. Dios quiere devolver a América el esplendor conque la levantó por proclamar Su nombre en espíritu y verdad. Dios quiere bendecir a América. ¡Dios bendiga a América!