lunes, 25 de julio de 2011

Ángeles desamparados: 10 años


Ha transcurrido una década desde la publicación de Ángeles desamparados (Ediciones Bayamo, 2001), la novela de mi amigo Rafael Vilches, en cuya gestación y nacimiento participé de manera activa. Eran los tiempos en que el Grupo Literario Espiral daba sus mejores frutos y se hacía notar en la provincia cubana de Granma y otros espacios literarios y culturales de la Isla. También fue la época en que surgieron las editoriales provinciales y los jóvenes escritores lograron burlar de cierta forma el ostracismo a que estaban condenados por las editoriales nacionales.
No solo para su autor, asimismo para sus amigos y para los entusiastas de las novedades literarias, la salida de este libro devino transgresión del status quo de Bayamo, ciudad que en el siglo XIX se destacó por la mente universal de sus intelectuales, pero que hoy día es un santuario del conservadurismo. A todos nos pareció valiente por parte de Vilches, darle vida a personajes y situaciones tan similares a la realidad, que era como si nos asomáramos al espejo de los cubanos nacidos a partir de 1959.
Y es que son contados los isleños de las últimas cinco décadas que no hayan pasado gran parte de su adolescencia becados en escuelas que eran el calco de la decadencia del país. Internados que en una sesión se iba a las aulas y en la otra a la agricultura, y durante las noches podía ocurrir cualquier cosa. En esos sitios, fuera del calor hogareño y, por ende, apartados de la autoridad paterna, muchos pasamos de niños a jóvenes y de jóvenes a adultos. Allí dejamos en girones todas las inocencias y virginidades posibles, y aprendimos a defendernos de la agresividad de los demás con cada recurso al alcance de las manos. A veces el papel de agresores nos correspondió a nosotros mismos.
De eso trata Ángeles desamparados, de la fracturación de los códigos morales, éticos y espirituales de personalidades en formación. Todos llevamos esas marcas en algún rincón del alma. Marcas que con el pasar de los años han cicatrizado en muchos, pero para otros son huellas como las que dejaron en miles de cubanos la ilógica participación en las guerras del África, de las que buen número no tuvo viaje de retorno y otros tantos que volvieron no han logrado liberarse de los fantasmas que los acosan.
En su obra Vilches hizo una consciente apropiación de los temas y el estilo de Guillermo Vidal, el respetado narrador ya fallecido, de quien fue asiduo lector y amigo personal. Para algunos Ángeles… es hija de Matarile, novela que afirmó a Vidal entre las vacas sagradas de la literatura cubana de los años 90, a pesar de su tozudez de permanecer en Las Tunas, ciudad del oriente cubano que quizá sea conocida allende las fronteras insulares por ser la cuna de este escritor.
Por cierto, Las Mil Nueve, una perdida barriada entre cañaverales y arrozales, cercana al río Cauto, también ha de trascender por haber sido el primer paisaje avistado por Vilches, quien nació allí en 1965. Pero unos cuantos de sus personajes son el alter ego de compañeros de su infancia y adolescencia en Vado del Yeso, una comunidad de edificaciones prefabricadas al estilo ruso, adonde fue a vivir siendo niño y donde todavía permanecía cuando se hizo un intelectual conocido. Ahora reside en Holguín.
El hecho de que entre las criaturas de Vilches no aparezca una sola que abrace la fe cristiana, es lo que ofrece verdadero sentido al título del libro. Jóvenes desamparados no por Dios, sino por un sistema social que les secuestró el libre albedrío sembrándoles una ideología atea y materialista, sin darles oportunidad de encontrar redención a través de Jesucristo. Hijos de padres que fueron obligados en múltiples casos a abandonar sus creencias para seguir la idolatría oficial, la de los mártires y héroes sublimados y manipulados al antojo de los adalides gubernamentales. Nuevos dioses paganos, creados con la premeditada intención de encadenar aun más a sus ciegos seguidores.
Después de esta Vilches no ha tenido la gentileza de regalarnos otra novela. Su prolífera creación literaria se ha enfocado principalmente en la poesía, gracias a la cual acumula varios premios y libros. Pero como su narrativa, su lírica es el testimonio del dolor y el desarraigo en su propia tierra de una generación que fue puesta en las antípodas del conmigo o sin mí.

Rafael Vilches Proenza. Las Mil Nueve, Cuba, 1965. Lic. Educación Artística en Artes Plásticas. Egresado del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso. Premio Nacional de Poesía Manuel Navarro Luna, 2004 y 2010 con los libros El único hombre, poesía, Ediciones Orto, 2005 y País de fondo, poesía, Orto, 2011. Premio Nacional de Poesía De la Ciudad, 2005 con Trazado en el polvo, poesía, Ediciones Holguín, 2006. Premio Nacional de Poesía La Enorme Hoguera, 2006 con A ambos lados la sombra, inédito. Premio Nacional de Poesía, Centenario de Emilio Ballagas, UNEAC, 2008 con Tiro de Gracia, Ediciones Holguín, 2010. Mención Nósside Caribe, Italia, 2005. Mención Poesía UNEAC Julián del Casal, 2007 con Erial de Dios, inédito. Otros libros Libros publicados: Ángeles Desamparados, novela, Ediciones Bayamo, 2001. Dura silueta, La Luna, poesía, Ediciones Bayamo, 2003. Textos suyos se han publicado en España, Italia, New Zealand, Alemania, Puerto Rico, México, Honduras, Brasil, Chile, Canadá y EEUU.

martes, 19 de julio de 2011

El cine de mi infancia


Una conversación trivial con un amigo, despertó en mi memoria el recuerdo del cine de mi infancia: un viejo caserón de madera, puntal alto y techo de hojas de zinc, que por los años ’70 de la anterior centuria, cuando yo era un niño, pugnaba con sus últimas fuerzas para no irse al suelo, pero que debió tener su época de oro en las décadas de los 30 a los 50.
Mi pueblo, cuyo nombre original es Charco Redondo -rebautizado en 1968, el año de mi nacimiento, como Minas Harlem-, fue escenario en la primera mitad del siglo XX de una próspera explotación de manganeso. Como suele ocurrir en tales casos, la floreciente extracción del mineral atrajo a las más variopintas especies. Además de los hombres que en busca de ocupación corrían desde las cuatro esquinas de la isla cubana, llegaron las abnegadas trabajadoras del sexo, los vendedores de artificios y diversos enseres, los cirqueros y un largo etcétera.
Como símbolo de la abundancia proliferaron las fondas y bares, con sus juegos de billar y las victrolas que desgranaban la música de moda. La iglesia católica construyó su templo y maldijo el lugar dedicándolo a Santa Bárbara, dizque la patrona de los mineros. El verdadero evangelio de Jesucristo fue implantado por Juan Acosta y su familia, quienes se establecieron en el lugar y a pesar de las burlas, maltratos y dureza de corazón de los vecinos, sembraron una semilla que todavía perdura.
El cine, supongo, sería en su momento la marca distintiva del arribo del progreso y la diversión refinada. Me atrevo asegurar que en muchos sitios con una ubicación geográfica más “civilizada”, no hubo un local como este hasta muchos años después, o quizá nunca existió. Asimismo, infiero, sería la envidia de aquellos que viviendo a orillas de la carretera central no tenían la posibilidad de disfrutar del invento que por entonces estaba en plena adolescencia, podríamos decir.
Pero, reitero, la sala cinematográfica que me tocó conocer y disfrutar, nada tenía de esplendorosa. Sus paredes derruidas estaban llenas de agujeros, su techo en condiciones precarias, su lunetario de madera con buena cantidad de sillas rotas, y, como punto final, era un hotel de cinco estrellas para murciélagos, chinches y otras alimañas que campeaban por sus respetos. Aun así no perdíamos el entusiasmo por las matinées que atraían a todos los chicos del pueblo y que nos permitieron ver algunos clásicos de Hollywood en maltrechas copias.
Uno de esos fue ‘King Kong’, que como era de esperar nos atemorizó a todos y arrancó gritos en medio de la oscuridad. No puedo recordar con exactitud si fue la versión de 1933 o la de 1976. Esta última se me hace demasiado cercana en el tiempo para que fuese proyectada allí, aunque los difusos pasajes que logro arrancar de mi memoria me devuelven a una lánguida Jessica Lange desmayada en las manazas del monstruo. De todos modos no puedo confiar plenamente en estos recuerdos, que quizá estén contaminados por experiencias posteriores.
No estoy seguro, sin embargo me parece que también de ese entonces data mi primera visualización de ‘Moby Dick’. Y ahora creo ver en la maltrecha pantalla a la gigantesca y asesina orca vengarse con saña de sus depredadores, en esa alegórica representación de una lucha que criminalizó a las víctimas en peligro de extinción hoy día.
Como era de esperar, los filmes procedentes de los países ex-socialistas también estuvieron en cartelera en el cine de mi infancia. No recuerdo ningún título especifico, ni siquiera alguna escena o trama que me haya marcado, así de insípidos deben haber sido. Era la etapa del realismo socialista y doy gracias a Dios por no haber almacenado en mi disco duro nada de eso, al parecer la realidad insular era más contundente.
En cambio, la que nunca puedo olvidar es una película que quizá haya sido rusa o de alguno de sus vecinos, con una historia de un príncipe que rescataba a su princesa raptada y se enfrentaba espada en mano y con su fiel e inteligente caballo blanco, a un horroroso dragón de tres o más cabezas que despedía fuego por las bocas, y que de cada decapitación le germinaban otras cabezas. Después de una cruenta lucha, por supuesto, el galán obtenía la victoria y tomaba en brazos a la delicada joven.
El encargado del cine era Font, un mulato de baja estatura y gordo que ya murió, pero cuya familia todavía vive en las cercanías de donde se levantaba la desaparecida instalación. Posiblemente él haya sido el dueño del local antes de 1959 y luego de las expropiaciones y apropiaciones del gobierno comunista, quedara solamente en el papel de responsable y proyeccionista.
A su casa íbamos a preguntarle si abriría o cuando pondría alguna película. Y si se demoraba un poco de la hora fijada para comenzar, un coro de muchachos se encargaba de llamarlo a toda voz. Nunca lo vi enojado o maltratando a alguien, llevaba muy bien la fama. Su ayudante era Juan Moña, quien adquirió su segundo nombre por el peinado al estilo Elvis Presley que se gastaba. Este aun vive.
Cuando Font no pudo atender más el cine o cuando se jubiló, este se convirtió en un fantasma que ofrecía al pueblo la exacta escenografía de decadencia que se le vino encima luego de pasada la fugaz prosperidad minera. Aparte de los remiendos de cartón que le ponían para que la luz exterior no malograra la mágica oscuridad, la sala no recibió la mínima restauración después del ’59. El peso de los años y la desidia de un gobierno que parangona su protección a las artes y la cultura, le pusieron un traspié. El tiro de gracia lo recibió a finales de la década de los ’80, cuando fue derrumbado para erigir en su espacio una calurosa sala de video.
Entonces ya mi niñez había quedado atrás y yo había conocido otros horizontes dentro de la misma isla y, por ende, frecuentado cines de ciudades. No obstante, ese, el de mi infancia, es el que perdura con mayor nitidez en mi memoria.