martes, 19 de julio de 2011

El cine de mi infancia


Una conversación trivial con un amigo, despertó en mi memoria el recuerdo del cine de mi infancia: un viejo caserón de madera, puntal alto y techo de hojas de zinc, que por los años ’70 de la anterior centuria, cuando yo era un niño, pugnaba con sus últimas fuerzas para no irse al suelo, pero que debió tener su época de oro en las décadas de los 30 a los 50.
Mi pueblo, cuyo nombre original es Charco Redondo -rebautizado en 1968, el año de mi nacimiento, como Minas Harlem-, fue escenario en la primera mitad del siglo XX de una próspera explotación de manganeso. Como suele ocurrir en tales casos, la floreciente extracción del mineral atrajo a las más variopintas especies. Además de los hombres que en busca de ocupación corrían desde las cuatro esquinas de la isla cubana, llegaron las abnegadas trabajadoras del sexo, los vendedores de artificios y diversos enseres, los cirqueros y un largo etcétera.
Como símbolo de la abundancia proliferaron las fondas y bares, con sus juegos de billar y las victrolas que desgranaban la música de moda. La iglesia católica construyó su templo y maldijo el lugar dedicándolo a Santa Bárbara, dizque la patrona de los mineros. El verdadero evangelio de Jesucristo fue implantado por Juan Acosta y su familia, quienes se establecieron en el lugar y a pesar de las burlas, maltratos y dureza de corazón de los vecinos, sembraron una semilla que todavía perdura.
El cine, supongo, sería en su momento la marca distintiva del arribo del progreso y la diversión refinada. Me atrevo asegurar que en muchos sitios con una ubicación geográfica más “civilizada”, no hubo un local como este hasta muchos años después, o quizá nunca existió. Asimismo, infiero, sería la envidia de aquellos que viviendo a orillas de la carretera central no tenían la posibilidad de disfrutar del invento que por entonces estaba en plena adolescencia, podríamos decir.
Pero, reitero, la sala cinematográfica que me tocó conocer y disfrutar, nada tenía de esplendorosa. Sus paredes derruidas estaban llenas de agujeros, su techo en condiciones precarias, su lunetario de madera con buena cantidad de sillas rotas, y, como punto final, era un hotel de cinco estrellas para murciélagos, chinches y otras alimañas que campeaban por sus respetos. Aun así no perdíamos el entusiasmo por las matinées que atraían a todos los chicos del pueblo y que nos permitieron ver algunos clásicos de Hollywood en maltrechas copias.
Uno de esos fue ‘King Kong’, que como era de esperar nos atemorizó a todos y arrancó gritos en medio de la oscuridad. No puedo recordar con exactitud si fue la versión de 1933 o la de 1976. Esta última se me hace demasiado cercana en el tiempo para que fuese proyectada allí, aunque los difusos pasajes que logro arrancar de mi memoria me devuelven a una lánguida Jessica Lange desmayada en las manazas del monstruo. De todos modos no puedo confiar plenamente en estos recuerdos, que quizá estén contaminados por experiencias posteriores.
No estoy seguro, sin embargo me parece que también de ese entonces data mi primera visualización de ‘Moby Dick’. Y ahora creo ver en la maltrecha pantalla a la gigantesca y asesina orca vengarse con saña de sus depredadores, en esa alegórica representación de una lucha que criminalizó a las víctimas en peligro de extinción hoy día.
Como era de esperar, los filmes procedentes de los países ex-socialistas también estuvieron en cartelera en el cine de mi infancia. No recuerdo ningún título especifico, ni siquiera alguna escena o trama que me haya marcado, así de insípidos deben haber sido. Era la etapa del realismo socialista y doy gracias a Dios por no haber almacenado en mi disco duro nada de eso, al parecer la realidad insular era más contundente.
En cambio, la que nunca puedo olvidar es una película que quizá haya sido rusa o de alguno de sus vecinos, con una historia de un príncipe que rescataba a su princesa raptada y se enfrentaba espada en mano y con su fiel e inteligente caballo blanco, a un horroroso dragón de tres o más cabezas que despedía fuego por las bocas, y que de cada decapitación le germinaban otras cabezas. Después de una cruenta lucha, por supuesto, el galán obtenía la victoria y tomaba en brazos a la delicada joven.
El encargado del cine era Font, un mulato de baja estatura y gordo que ya murió, pero cuya familia todavía vive en las cercanías de donde se levantaba la desaparecida instalación. Posiblemente él haya sido el dueño del local antes de 1959 y luego de las expropiaciones y apropiaciones del gobierno comunista, quedara solamente en el papel de responsable y proyeccionista.
A su casa íbamos a preguntarle si abriría o cuando pondría alguna película. Y si se demoraba un poco de la hora fijada para comenzar, un coro de muchachos se encargaba de llamarlo a toda voz. Nunca lo vi enojado o maltratando a alguien, llevaba muy bien la fama. Su ayudante era Juan Moña, quien adquirió su segundo nombre por el peinado al estilo Elvis Presley que se gastaba. Este aun vive.
Cuando Font no pudo atender más el cine o cuando se jubiló, este se convirtió en un fantasma que ofrecía al pueblo la exacta escenografía de decadencia que se le vino encima luego de pasada la fugaz prosperidad minera. Aparte de los remiendos de cartón que le ponían para que la luz exterior no malograra la mágica oscuridad, la sala no recibió la mínima restauración después del ’59. El peso de los años y la desidia de un gobierno que parangona su protección a las artes y la cultura, le pusieron un traspié. El tiro de gracia lo recibió a finales de la década de los ’80, cuando fue derrumbado para erigir en su espacio una calurosa sala de video.
Entonces ya mi niñez había quedado atrás y yo había conocido otros horizontes dentro de la misma isla y, por ende, frecuentado cines de ciudades. No obstante, ese, el de mi infancia, es el que perdura con mayor nitidez en mi memoria.

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