viernes, 18 de septiembre de 2009

Acuérdese de este día

Recientemente volví a ver la película ‘Munich’ (2005), de Steven Spielberg, con Eric Bana como protagonista. Y como suele ocurrir cuando disfrutamos por segunda o más veces un buen producto, ahora pude interiorizar de mejor forma el contenido de la realización, que en su momento levantó criterios encontrados y llegó a la 78th ceremonia de los Oscar con cinco nominaciones, aunque al final no obtuvo ninguna estatuilla.
Escudado en la ficción, el famoso autor de tantos filmes memorables, narró uno de esos sucesos terribles que marcan el devenir de la historia contemporánea: la masacre hace exactamente 37 años de 11 miembros del equipo olímpico israelí en Munich-‘72, a manos del grupo terrorista palestino Septiembre Negro, y la posterior toma de venganza por parte del gobierno de Golda Meir.
El inmenso dispositivo de seguridad desplegado en la villa olímpica alemana, no sirvió para detener la sed de sangre de los fedayines, que delante de los ojos del mundo quitaron la vida a los deportistas, quizá como una manera de hacer notar que el conflicto palestino-israelita no tenía pudor ni límites. Diez días después del hecho, comenzó a moverse el plan de Israel para eliminar a los padres del asesinato múltiple, y cuya completa ejecución se prolongó durante una década.
“Acuérdese de este día. Lo que vamos hacer puede cambiar el curso de la historia judía”, dicen fue la expresión de Meir para Avner, quien dirigiría el comando encargado de la riesgosa misión de ajusticiamiento. Frase que debe haberse grabado con fuego en la memoria del joven de 25 años que de inmediato dejó la pasividad del hogar, para marchar a Europa y otras partes del mundo donde cumpliría el encargo convertido en deber.
Era aquella una época en que la palabra “terrorismo” y sus derivados, no tenían exactamente las mismas connotaciones que adquirieron a partir del 11 de septiembre de 2001. Tampoco los medios de prensa contaban aun con la tecnología de punta actual, que les permite llegar con suma velocidad a millones de personas en un instante, que es decir imponer sus criterios con más acierto a mayor cantidad de individuos.
El cuestionamiento a la cinta de Spielberg deriva del rechazo al método de Israel para vengar a sus muertos. Si pudiésemos establecer un procedimiento científico para comparar el grado de repudio mundial a la manera de actuar de los judíos y los palestinos, me parece que con toda precisión los últimos saldrían airosos, pues se trata del mismo pensamiento antisemita extendido durante siglos y que lejos de perder vigencia hoy se refuerza.
Desde el momento en que tuve conciencia de la trampa, me opuse a la prensa cubana acostumbrada a publicar los nombres de los palestinos muertos en el enfrentamiento contra Israel, así como un rosario de notas siempre negativas acerca de los sionistas. Por eso no supe qué decir y me regocijé cuando la Editorial Pablo sacó aquel libro de entrevistas de la periodista Oriana Fallaci, entre las que aparecía una con Golda Meir, donde la Primera Ministra era exaltada como una heroína con aspecto y hábitos de ama de casa; y otra con Yasser Arafat, presentado con calificativos que hasta entonces jamás había leído sobre un amigo íntimo de Fidel Castro, al que nos habían enseñado a venerar.
Sin embargo, esa política informativa contraria a Tel Aviv no es privativa de Cuba. Al acceder a la prensa internacional comprobé con estupor que es la misma usada por la mayoría de los medios internacionales, dedicados sistemáticamente a denigrar al pueblo salido de los lomos de Jacob. Y aunque parezca no tener relación, es la misma que propicia escandalosos criterios como esos que niegan la veracidad del holocausto.
Pero, en fin, no pretendía penetrar hoy por esos entretelones de la complicada madeja universal. Mi único propósito era recordar a los deportistas judíos asesinados en la Olimpiada de Munich-’72 y a sus compatriotas que pagaron un alto precio por no dejar impunes sus muertes. También mis respetos para Spielberg, capaz de traer a la memoria colectiva un hecho que no debemos olvidar.

sábado, 5 de septiembre de 2009

Three years ago…

Hace tres años llegué a los Estados Unidos. Fue al anochecer del 5 de septiembre (martes) cuando crucé la frontera que separa las ciudades de Matamoros y Brownsville. No recuerdo si la temperatura era cálida, solo que llevaba dos días sin apenas comer. Me habían retenido al amanecer del 4 (lunes), cuando me acercaba en bus a la localidad fronteriza mexicana, procedente del D.F., adonde había arribado por vía aérea 24 horas antes.
En las oficinas de migración me interrogaron incansablemente, pretendían una confesión de cuál era mi propósito al llegar allí en tan poco tiempo. Conociendo de antemano el negocio existente con los cubanos que seguían la “ruta azteca”, me resistí a decirles mi objetivo. Por la misericordia de Dios, a quien no dejé de invocar un instante, al final de la segunda jornada me dejaron en libertad. Aun en ese momento el oficial a cargo de mi caso me insistió que si quería cruzar la frontera podía hacerlo. Por precaución le aseguré que me volvería a la capital de inmediato.
Dos quarters de dollar me abrieron la puerta giratoria de entrada al pequeño puente que me condujo hasta la caseta en suelo estadounidense. El trato de este lado fue diferente. La entrevista, la foto y las marcas de las huellas digitales, formaron parte del rigor necesario para completar mi documentación. En menos de una hora tenía en mis manos una parole y otros papeles que debía presentar en las oficinas de migración de Kansas City, MO, mi destino.
La travesía de casi 30 horas desde Brownsville hasta KC, la hice en la línea de bus Greyhound, con una pequeña oficina dirigida por cubanos en la localidad fronteriza. No puedo recordar el aspecto físico del manager de la instalación, sin embargo el breve diálogo que sostuvimos se mantiene fresco en mi memoria:
-¿Acabas de cruzar la frontera?- me preguntó.
-Sí- le respondí desconfiado, a pesar de la buena atención que me habían dado, permitiéndome usar el teléfono para comunicarme con las amistades que me recibirían en KC, y ayudándome a obtener el boleto del viaje.
-¿Entonces ya lograste escapar de Fidel Castro?- volvió a preguntarme, esta vez con una sonrisa en los labios.
-Sí- le dije nuevamente.
-Eso te crees –me ripostó-, en cuanto comiences a trabajar y a mandarle dinero a tu familia, volverás a caer en sus manos…
Tampoco tengo memoria exacta del itinerario de la travesía, solo que en la mañana del 6 (miércoles) permanecí alrededor de tres horas en Houston, donde me enamoré a primera vista de esa urbe, la que pude visitar otra vez en octubre de 2008. A KC llegué a las 5:30 am del 7 (jueves), como únicas pertenencias traía la ropa con que vestía, el estuche de los espejuelos, un peine pequeño, un cepillo de dientes y la documentación que había recibido en la frontera. Nada más.
A pesar de la tensión de esos días y del recorrido tan extenso, disfruté el viaje. Cuando miraba los hermosos paisajes urbanos y rurales, me preguntaba si aquello era realidad. Un detalle me impactó mucho: la cantidad de iglesias cristianas de diferentes denominaciones a la orilla de las carreteras, a veces una frente a la otra o en la esquina siguiente. Eso me dio la seguridad de haber llegado a un país guardado por el Señor.