viernes, 29 de mayo de 2009

Edificio de libros

Localizado en el downtown de Kansas City, Missouri, el edificio de parqueo y garaje de la Biblioteca Pública, figura en una lista de 50 construcciones consideradas las más extrañas del mundo.
Su rareza consiste en su fachada exterior que representa una estantería de libros, donde pueden verse los lomos de 22 volúmenes en ediciones príncipes de obras literarias clásicas de diversos géneros y tiempos.
Levantada como parte de los proyectos de renovación del entorno del centro de la ciudad, la idea contempló una encuesta entre los lectores asiduos de la institución cultural, quienes escogieron los libros que de cierta forma han marcado su universo.
El gigantesco estante incluye, por ejemplo, Kansas City Stories (v. I y II), compendio de autores e historias locales; Children’s Stories, compilación destinada a los niños; Fahrenheit 451, quizá la más famosa novela de Ray Bradbury; The Republic, tratado político del filósofo griego Platon; y The Adventures of Huckleberry Finn, inolvidable texto de Mark Twain.
La literatura hispana está representada por Cien Años de Soledad, la novela cumbre del escritor colombiano Gabriel García Márquez, cuya inclusión podemos entender como el reconocimiento de la presencia latina en esta urbe y, por ende, el impacto de nuestra cultura en el devenir citadino.
Única en el planeta Tierra, la singular fachada tiene, asimismo, libros imprescindibles como Romeo and Juliet, de William Shakespeare; The Collected Poems of Langston Hughes, poeta afroamericano considerado por muchos el más grande después de Walt Whitman; y Lord of the Rings, de J. R. R. Tolkien, entre otros.
Ubicado exactamente en la 10th Street, bordeado por Wyandotte Street y Baltimore Avenue, el garaje-parqueo de la Biblioteca Pública está rodeado por numerosos e importantes edificios del downtown, como el de la misma institución para cuyo servicio fue erigido, que otrora albergó al First National Bank, y resulta una imponente y sólida construcción de más de un siglo, de estilo neoclásico.
El listado de las 50 edificaciones más raras del mundo, reproducido por incontables páginas webs, fue publicado originalmente en el sitio de Village of Joy (http://www.villageofjoy.com/), donde pueden verse estrambóticas construcciones que desafían la imaginación más vasta. En esa misma dirección, aparece otra rareza de Kansas City, Missouri. Se trata de la fuente denominada Boy urinating on a frog, incluida en la entrada de 12 Odd and Bizarre Fountains.

viernes, 15 de mayo de 2009

¡Qué chido!

A lo largo del viaje de más de 24 horas en autobús, desde Brownsville, Texas -donde pisé por primera vez suelo norteamericano-, hasta Kansas City, Missouri -donde radico-, dos detalles llamaron poderosamente mi atención: la abundancia de iglesias de diversas denominaciones cristianas, y los múltiples carteles en español.
Lo primero me dio la seguridad de estar en una nación bendecida, en la que de una manera o de otra se honra el nombre de Dios. Lo segundo me hizo reflexionar acerca de la presencia hispana, que según dato obtenido luego es la más alta entre las minorías étnicas reunidas en este anchuroso país.
Pero el impacto fue mayor cuando comencé a relacionarme con esa comunidad hispana, que sin estar considerada muy grande, tampoco es pequeña en el medio oeste. Las diferencias en el uso del idioma común, conforme al origen nacional, a veces hace ininteligible el dialogo entre dos latinos.
Particularmente he tenido que convertirme en una especie de “políglota” del español. Las circunstancias me han llevado a convivir más con mexicanos que con cubanos, lo que implica el asimilar e integrar sus palabras y frases para no perder la comunicación. Y sobre todo estar atento, pues resulta recurrente que muchas de nuestras expresiones son ofensivas para ellos y viceversa.
Con asombro he encontrado el uso del mismo término de manera antónima. Y, por supuesto, he aprendido unos cuantos que en Cuba no se conocen. Lo más risible es que he asumido lo que podría denominarse “doble moral lingüística”: cuando hablo con cubanos uso formas expresivas que obvio en el intercambio con los mexicanos y también al contrario.
De todos modos debo aceptar que ya forman parte de mi jerga habitual las maneras de ellos, y que muchas veces cuando escucho a algún coterráneo virgen en su hablar cubano, me siento extraño. Así me ocurrió el pasado octubre, cuando fui a vacacionar a Houston, Texas, donde me reencontré después de 30 años por lo menos con mi prima Odalys (Georgina Young). Su español es el que usó cotidianamente hasta la adolescencia y que luego de más de la mitad de su vida lidiando con el inglés, se le confunde a veces. Sin embargo, sus expresiones me traen el recuerdo de la etapa de estudiante de secundaria y pre-universitario, cuando dábamos nuevas connotaciones a palabras que en épocas anteriores habían calificado otro tipo de hechos.
Zoe, una cubana que lleva aquí una década y tiene cierta tendencia a mexicanizarse en el habla, me dice que en sus visitas a nuestro pueblo natal, le preguntan muchas veces qué quiere decir cuando se expresa sin corregir la influencia azteca en su conversación. Y temo que en un descuido me ocurra igual: con peligrosa frecuencia no “cojo”, sino “agarro”; no como “ají”, sino “chile”; no digo “¡qué bueno!”, sino “¡qué chido!”; y gracias a Dios que soy abstemio, de lo contrario en vez de estar “borracho”, estaría “pedo”.

viernes, 8 de mayo de 2009

La historia USA sobre mi mesa

Admiro la forma tan desenfadada con que los norteamericanos usan los símbolos y atributos del país, así como las sencillas maneras de difundir la historia.
Sobre la mesa de mi comedor tengo un juego de doilies que compré en una Family Dollar, con los 43 presidentes que precedieron a Barack Obama (este no aparece porque la edición de los tapetes es anterior a su llegada al poder).
Desde George Washington hasta George Walker Bush, con datos de interés como las fechas de nacimiento y muerte, el período en que gobernaron, el partido que representaron y el vicepresidente que los acompañó.
También incluye curiosidades o informaciones complementarias como que el Monumento de Washington, en la capital, consiste en un obelisco de mármol, de 169 metros de altura, levantado en honra al primer presidente de la nación.
Asimismo informa que la Casa Blanca es el hogar del presidente de turno, y su dirección es: 1600 Pennsylvania Avenue, Washington, DC; que el primer mandatario en aparecer en la televisión fue Frankiln D. Roosevelt, en 1939; y que el más alto de todos fue Abraham Lincoln, con 193 centímetros (76 pulgadas), mientras que James Madison el más bajo, con 162,5 centímetros (64 pulgadas).
Además describe que las 36 columnas del Memorial de Lincoln, representan los estados de la unión que existían en 1865, cuando murió el hombre que logró derrotar al sur esclavista y fusionarlo con el norte industrial. Allí se encuentra la famosa estatua que representa al presidente número 16 sentado en un amplio estrado.
Y, finalmente, que los bustos de Washington, Jefferson, Rooosevelt y Lincoln, en el Monte Rushmore, Dakota del Sur, fueron esculpidos por el artista Gutzon Borglum y 400 trabajadores a su servicio, entre 1927 y 1941, como homenaje a las primeros 150 años de la historia de los Estados Unidos.

sábado, 2 de mayo de 2009

Peter Loth, sobreviviente del Holocausto

(Peter Loth -izquierda- junto al pastor Leonardo Cabrera, a propósito de su visita a la Iglesia Hispana Jesucristo El Buen Pastor, de Kansas City, Missouri, el 17 de abril de 2009)

En tiempos en que todo es posible, hasta que un obispo católico niegue públicamente la veracidad del Holocausto o que un colega suyo de menor rango se presente delante de la feligresía luciendo los atributos nazis, Peter Loth predica el perdón a partir de su experiencia como sobreviviente de un campo de concentración.
La suya es una historia de dolor profundo, de desgarramiento del alma. Sin embargo, cuando la narra no busca la conmiseración del auditorio y, mucho menos, la exacerbación del odio contra quienes tanto daño hicieron al pueblo judío y, por ende, a la humanidad. Su plática es la de un hombre resurgido del destrozo para perdonar a través de Cristo a los asesinos de sus hermanos.
Loth nació prisionero en el campo de concentración de Stutthof, primero creado por los nazis fuera del territorio alemán. En una de aquellas barracas atestadas de mal nutridas personas, vio la luz y vivió los primeros años de su vida. La madre tenía tres meses de embarazo cuando fue hecha prisionera, la criatura sobrevivió gracias a su elección como conejillo de Indias.
Una fotografía de entonces lo muestra con una carga de tristeza indescriptible en su infantil rostro, y un cuerpecito endeble que da la impresión de fracturarse al menor movimiento. La imagen de la madre se siembra en la memoria: una osamenta cubierta por una piel sin el menor síntoma de vida, unos ojos hundidos en las cuencas como pies dentro de zapatos extragrandes.
La derrota del nazismo lo sorprendió en un atestado tren camino hacia Auschwitz. Pero ese no fue el fin de su sufrimiento, a partir de ahí comenzó una nueva etapa de humillación. Cuando fueron abiertas las puertas del vehículo, todos salieron en desbandada. Su madre, sin fuerzas para correr, lo encargó a una mujer polaca que encontró en una estación ferroviaria.
Con la madre adoptiva vivió en Polonia hasta entrada la adolescencia. Tiempo durante el que siguió sufriendo por ser judío, ahora a manos de los soviéticos. Y este es un detalle histórico que me habían escamoteado: los soldados comunistas odiaban a los hijos de Israel tanto como los nazis y no se cansaban de maltratarlos.
Son muchas las increíbles historias que brotan de la memoria de Loth: la obligación de estudiar en escuelas separadas y con uniformes diferentes de los demás niños, la prisión en una cárcel para menores, la reclusión en un orfanato, e, incluso, la decapitación de los chicos judíos de la que se salvó por la intervención de la madre polaca, quien hubo de pagar por años al soldado ruso con su cuerpo.
Cuando finalmente pudo reunirse con la verdadera madre, se la encontró casada con un soldado negro norteamericano, y con dos hijas mestizas. Al reencuentro concurrió con gran carga de odio, sentía que la progenitora lo había abandonado. Para colmo él hablaba polaco y ruso, mientras que la mamá alemán e inglés. Sin embargo, cuando ella le mostró su cuerpo mancillado, repleto de las huellas del campo de concentración, no pudo más que echarse en sus brazos y reconocer que el sufrimiento era común.
En los Estados Unidos experimentó la discriminación racial en Georgia, de donde era oriundo el padrastro. Los negros lo rechazaban por ser blanco, los blancos por tener una familia negra. Terminó por escapar del hogar y no volvió a saber de los suyos hasta pasados 40 años, cuando ya había conocido a Jesucristo.
Actualmente Peter Loth es pastor de Forerunner Ministries Internacional, Inc., en Florida, y se dedica a viajar por el mundo dando a conocer su historia y la manera en que Dios le dio un corazón perdonador por aquellos a los que antes odiaba. Su testimonio aparece en el libro Peace by Piece, escrito por Sandra Kellog. La dirección de la página web de su ministerio es: http://www.forerunnerministries.org/. Sobre el campo de concentración de Stutthof pueden encontrarse datos en: www.jewishgen.org/ForgottenCamps/Camps/StutthofEng.html.