viernes, 11 de diciembre de 2009

Vilches, como la Loynaz, como Quijote



Como Dulce María Loynaz, la más universal de las escritoras cubanas, mi amigo Rafael Vilches Proenza estuvo de cumpleaños este 10 de diciembre. Cuando la autora de Jardín hubiese cumplido 107, el Vilcho llegó a los 44.
Mientras el recuerdo de ella sobrevoló el planeta (por miles se cuentan los admiradores de su obra, que no pudo ser opacada a pesar del ostracismo que sufrió a lo largo de gran parte de su vida, y de la censura que la hizo ajena por mucho tiempo para las actuales generaciones), él tal vez se limitó a aceptar el íntimo agasajo de su esposa e hijos, sin bombos ni platillos.
Y es que, en jerga popular, ‘el horno no está para galleticas’ para alguien que ha tenido la disloca iniciativa de pensar en Cuba. Las recientes noticias acerca del escritor que nació en un recóndito sitio llamado Las Mil Nueve, no han sido halagüeñas.
Sus últimas fotos me impactaron por la delgadez que luce ahora, anormal para alguien cuya complexión física nada tiene que ver con lo quijotesco. Aunque con el famoso personaje de Cervantes sí tiene en común el afán por querer desenmarañar entuertos sin tener éxito casi nunca.
Quizá esa propensión suya a romper lanzas por los amigos y las causas que devienen molinos de viento, sea la que lo tiene ahora sin empleo. Desconozco los detalles de su expulsión de la UNEAC (Unión de Escritores y Artistas de Cuba) de Holguín, ciudad donde reside. Solo imagino que el suceso se haya convertido en otra ‘mancha’ en su expediente, que es decir nuevos folios engrosando el archivo que con su nombre crece en algún estante del Ministerio del Interior, ese sitio donde nuestras biografías suelen ser muy activas y pormenorizadas.
Mi amistad con Vilches ronda los 16 años, los mismos que tengo de haberme iniciado en las lides profesionales. Lo conocí apenas llegué a Bayamo, por intermedio de la poeta Zoelia Frómeta, a quien también acababa de conocer. A ella debo agradecer el buen tino de presentármelo, entonces escritor en ciernes, todavía con el fango de Vado del Yeso en la suela de los zapatos.
Desde entonces lo vi crecer como literato. En aquella época era de los primeros en leer sus textos, y su novela Ángeles desamparados pasó por mi escrutinio varias veces antes de ir a la editorial. Con sinceridad me enorgullezco de los poemas que me ha dedicado en sus libros.
Esa es la parte intelectual de una amistad profunda que perdura a pesar de la incomunicación de los tres últimos años. Nunca olvido aquel tiempo en que nos veíamos por lo menos una vez a la semana, cuando él iba a Bayamo, y a pesar de eso manteníamos una fluida correspondencia postal.
Son muchas las anécdotas que saltan de mi memoria en este momento, como la única ocasión que lo visité en la casa que habitaba en Vado del Yeso, un derruido caserón de madera cercano a la carretera central. Fue muy impactante verlo viviendo bajo un techo agujereado, que en tiempos de lluvia convertía el interior del hogar en un charco, donde los numerosos libros se salvaban tapados por plásticos. Allí vivía junto a Betsy, su primera esposa, y Verlaine, su primogénito.
Luego lo visité varias veces en la casa de los suegros, en Holguín, donde permanece hacinado en una habitación con su actual esposa Yohenia, sus dos niños menores: Bryan y Andy, y de nuevo los numerosos libros.
La verdadera biografía de Vilches no es la que creen atesorar los oscuros personajillos de la inteligencia cubana. Su auténtica historia es pública, aparece en sus libros, y está llena de dolores, desazones, frustraciones, amores, amigos, lecturas, desgarrones, locuras…
De su volumen ‘Dura silueta la luna’, publicado en 2002 por Ediciones Bayamo, y editado por otro gran amigo común: Michael H. Miranda, es el siguiente poema, dedicado a mí:

Los amigos mueren
pueden dibujar el ataúd
las lágrimas
la casa vacía
presagian el dolor y las flores
no se despiden
no hacen las maletas
nos dejan un golpe de playa y parten
no vuelven los ojos
saben de su permanencia
no estarán presentes en su despedida de duelo
son palabras previstas desde siempre
en el cuerpo abierto sobre la calle
dejan escapar todas las estrellas
sin un sólo grito
ni una palabra de arrepentimiento
Los amigos dejan todos los árboles desnudos
y un sabor en la palabra a la hora del café
con un silencio a voces que espanta
que nos pone a rotar en la cruz.

3 comentarios:

  1. Si, como diria Munnoz Molina "Hay ciudades y gente que uno solo conoce para despues perderlos, nada nos es devuelto, ni lo que tuvimos, ni lo que mereciamos".
    Saludos para Vilches, desde esta lado del mundo que tambien esta lleno de "silencios".

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  2. Este escritor puede crear imagenes y sentidos muy fuerte en la poema suya. Especialmente me gusta las cuatro últimas líneas.

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  3. El poema hermoso, el articulo brillante. Gracis Carlos / Gracias Vilches

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