viernes, 15 de mayo de 2009

¡Qué chido!

A lo largo del viaje de más de 24 horas en autobús, desde Brownsville, Texas -donde pisé por primera vez suelo norteamericano-, hasta Kansas City, Missouri -donde radico-, dos detalles llamaron poderosamente mi atención: la abundancia de iglesias de diversas denominaciones cristianas, y los múltiples carteles en español.
Lo primero me dio la seguridad de estar en una nación bendecida, en la que de una manera o de otra se honra el nombre de Dios. Lo segundo me hizo reflexionar acerca de la presencia hispana, que según dato obtenido luego es la más alta entre las minorías étnicas reunidas en este anchuroso país.
Pero el impacto fue mayor cuando comencé a relacionarme con esa comunidad hispana, que sin estar considerada muy grande, tampoco es pequeña en el medio oeste. Las diferencias en el uso del idioma común, conforme al origen nacional, a veces hace ininteligible el dialogo entre dos latinos.
Particularmente he tenido que convertirme en una especie de “políglota” del español. Las circunstancias me han llevado a convivir más con mexicanos que con cubanos, lo que implica el asimilar e integrar sus palabras y frases para no perder la comunicación. Y sobre todo estar atento, pues resulta recurrente que muchas de nuestras expresiones son ofensivas para ellos y viceversa.
Con asombro he encontrado el uso del mismo término de manera antónima. Y, por supuesto, he aprendido unos cuantos que en Cuba no se conocen. Lo más risible es que he asumido lo que podría denominarse “doble moral lingüística”: cuando hablo con cubanos uso formas expresivas que obvio en el intercambio con los mexicanos y también al contrario.
De todos modos debo aceptar que ya forman parte de mi jerga habitual las maneras de ellos, y que muchas veces cuando escucho a algún coterráneo virgen en su hablar cubano, me siento extraño. Así me ocurrió el pasado octubre, cuando fui a vacacionar a Houston, Texas, donde me reencontré después de 30 años por lo menos con mi prima Odalys (Georgina Young). Su español es el que usó cotidianamente hasta la adolescencia y que luego de más de la mitad de su vida lidiando con el inglés, se le confunde a veces. Sin embargo, sus expresiones me traen el recuerdo de la etapa de estudiante de secundaria y pre-universitario, cuando dábamos nuevas connotaciones a palabras que en épocas anteriores habían calificado otro tipo de hechos.
Zoe, una cubana que lleva aquí una década y tiene cierta tendencia a mexicanizarse en el habla, me dice que en sus visitas a nuestro pueblo natal, le preguntan muchas veces qué quiere decir cuando se expresa sin corregir la influencia azteca en su conversación. Y temo que en un descuido me ocurra igual: con peligrosa frecuencia no “cojo”, sino “agarro”; no como “ají”, sino “chile”; no digo “¡qué bueno!”, sino “¡qué chido!”; y gracias a Dios que soy abstemio, de lo contrario en vez de estar “borracho”, estaría “pedo”.

1 comentario:

  1. Chido eso, Charlie, bien chido. Celebra conmigo que ya tengo compu, así que vendré más seguido por aquí. Un abrazo.

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